Frente al miedo, la inteligencia

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

La urgencia y el miedo dirigen la reconstrucción después de la catástrofe sanitaria. Es comprensible. Hace años que identifico una tendencia muy española que consiste en despreciar la prevención. Eso sí, cuando sucede algo terrible, entonces se cae en la exageración. Ya no es que se tomen las medidas que antes debieron haberse tomado, sino que todo se exacerba y culmina en una incoherente desmesura tardía e inútil. La prevención es saludable. La exageración a destiempo es solo una variante del oportunismo. El virus ha golpeado el planeta cuando los planteamientos ecológicos comenzaban a ser una voz que se escuchaba sin sonrisas burlonas o con las orejas tapadas por los prejuicios. Sin embargo, ya en el elemento más cotidiano, las mascarillas, nadie trazó un plan de reciclado y recogida. Al día de hoy son una presencia hiriente cuando aparecen tiradas en mitad de la calle o se acumulan en colectores y demás tuberías que van a dar al mar, donde la afrenta ecológica es insostenible. Esa misma prenda nos lleva a bromear, pese a lo trágico. Andábamos discutiendo la pertinencia de pasear por la calle con velo o con burka por lo que tenía de sometimiento de la mujer, y ahora resulta que el burka ya no nos parece tan loco, sino que vamos camino de compartirlo todos en esta mezcla de pánico y surrealismo que nos golpea.

La otra tremenda presencia que se quiere invisible es la de la pobreza. Algunos estudios recientes apuntaban que España mostraba signos de una población marginada mayor que en los países de nuestro entorno. Familias en la indigencia sin que a nadie le preocuparan en el discurso público, siempre teñido de patrioterismo falso o cifras macroeconómicas que significan poco para quien lo está pasando mal. La crisis, en el primer golpe, ha aumentado en un millón las personas que han caído a la pobreza extrema en nuestro país. Se ha tomado una medida de ayuda, con la renta mínima, pero cada vez parece más creíble que tengamos que adoptar la renta básica universal o el llamado ‘salario biológico’. Con lo cual el descuadre de cuentas va a ser un problema con el que convivir. Pero más penoso es convivir con la pobreza. Tampoco al día de hoy se ha habilitado un corredor de comedores sociales que recaiga fuera del voluntariado, que se administre con criterios de ciudadanía digna. Ni tan siquiera se ha pensado en el modo de adecentar el modelo de mendicidad más habitual, el de pedir o cantar en la calle o en el metro. Al no llevar monedas por su efecto contagioso, en países más avanzados que el nuestro ya se trabaja con tarjetas recargables o códigos QR para que quienes piden puedan encontrar ese pellizco de solidaridad que en ocasiones les resuelve el día. Parece grotesco tener que afrontar estos problemas desde la modernidad tecnológica, pero así funciona el mundo actual. Hay avances que no parecen tener límites y al mismo tiempo los problemas básicos de la humanidad permanecen sin resolverse y más angustiosos que nunca.

En lo cultural hemos vivido la expansión mayoritaria de las plataformas de consumo casero. La pérdida del elemento social del arte y el entretenimiento no parece preocupar a nadie, algo que pagaremos con mayores dosis de individualismo y personas envilecidas dentro de su burbuja ajena a la calle y a los demás. Entregado todo el poder a las plataformas audiovisuales, solo interesadas en generar un público cautivo, comprobaremos lo dañino de ese modelo triunfador. La pérdida de la independencia es el mayor castigo para las profesiones artísticas. En el estado actual de cosas, todo empuja a quien no quiere someterse a una visibilidad muy reducida o a entregar de manera regalada su trabajo. Nos hemos quedado lejos de aquel sueño en el que los artistas pudieran tener su propia página y desde ahí ofrecer lo que hacen al espectador. Algunos consideramos que ese es el futuro razonable, pero los intereses mantienen al consumidor bien lejos de páginas personales y ofertas minoritarias. Conviene repensar esta forma de consumo porque va a ser clave en la recuperación. Tenemos que premiar lo que está cerca, recuperar la calle y lo que conforma el tejido social que nos rodea.