Hace dos semanas, alguien puso un explosivo en su casa. Y es que hay pocas personas en el mundo más odiadas y con más leyenda negra que George Soros… Por Michael Steinberger

George Soros, que fundó la Open Society Foundations, es el paradigma de la especulación financiera y del poder en la sombra de los mercados, al final de su vida ha decidido dedicar el tiempo que le queda y su inmensa fortuna a luchar por la supervivencia de la democracia liberal. La misma que él, según sus críticos, ayudó a que se tambaleara.

Soros es el segundo mayor filántropo después de Bill y Melinda Gates

Es martes por la mañana, y en París llueve y hace frío. George Soros, el segundo multimillonario neoyorquino más vilipendiado del mundo -bastante más rico que el primero, dicho sea de paso-, va a pronunciar una charla en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Soros, que ganó su fortuna al frente de un hedge fund, hoy dedica todo su tiempo a la filantropía y el activismo político. Esta mañana va a brindar sus ideas para salvar la Unión Europea.

Soros, de 88 años, sube al estrado con paso decidido; es sabido que sigue jugando al tenis varias veces a la semana. En las distancias cortas hace gala de encanto y un sardónico sentido del humor, pero sus discursos resultan un poco sosos. A su modo de ver, la Unión Europea se encuentra ante «una crisis existencial» y agrega: «Es posible que estemos encaminándonos hacia otra gran crisis económica».

George Soros

Soros es hijo del abogado húngaro Tivadar Soros, uno de los mayores expertos en esperanto. Su verda-dero apellido húngaro era Schwartz, pero en 1936 lo cambiaron a Soros por el creciente antisemitismo. En esperanto, Soros significa ‘se elevará’.

Tras sus palabras, el índice Dow Jones se desploma casi 400 puntos ese día. La reacción muestra una vez más su increíble capacidad para influir en los mercados, pero también su gran frustración: sus ideas económicas son más influyentes que sus reflexiones políticas. Y, sin embargo, Soros ha hecho sus mayores apuestas en el entorno político. Tras la caída del Muro de Berlín invirtió centenares de millones de dólares en los países del antiguo bloque soviético para promover la sociedad civil y la democracia de corte liberal. El suyo fue un pequeño Plan Marshall para Europa del Este, una iniciativa privada sin precedentes.

No obstante, su causa liberal no pasa hoy por sus mejores momentos. Bajo Vladímir Putin, Rusia ha vuelto a la autocracia, y Polonia y Hungría se mueven en idéntica dirección. Con Donald Trump y el empuje de los populistas de derechas en Europa Occidental, la idea que Soros tiene de la democracia liberal se encuentra amenazada. Incluso cree que el objetivo en el que ha volcado casi todo su dinero y la última parte de su vida puede fracasar. Y hay más: se ha convertido en el chivo expiatorio predilecto de los reaccionarios del mundo entero. «Sigo defendiendo los mismos principios, gane o pierda, pero por desgracia últimamente estoy perdiendo la batalla en demasiados lugares a la vez», dice.

La noche previa a su charla en París ceno con él en su suite del hotel Bristol. Soros está sentado a la mesa con su mujer, Tamiko (Soros se ha casado tres veces y tiene cinco hijos; es su paralelismo con Trump). Lo encuentro animado y con ganas de conversar. Una tempestad se desencadena sobre París mientras debatimos sobre Rusia. Los medios estatales rusos llevan años poniéndolo verde y en 2015 Putin proscribió su organización filantrópica, la Open Society Foundations (OSF), afirmando que ponía en riesgo la seguridad nacional.

George Soros

En su país de origen, Hungría, se colocaron centenares de vallas con la imagen de Soros sonriendo y un mensaje: «Que no sea el último en reír».

París es la primera etapa de Soros en su nuevo recorrido por Europa, que va a durar un mes. Normalmente visitaría Budapest, pero esta vez no va a ser así. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán -un antiguo protegido-, ha convertido a Soros en su oponente principal. Lo acusa de inundar Hungría de musulmanes y ha llenado el país con carteles anti-Soros. Para Soros, la victoria electoral de Orbán fue «una gran decepción», pero matiza: «Cuando me fijo en quiénes son mis enemigos, me digo que seguramente no voy tan desencaminado».

18.000 millones para la causa

Soros, lejos de renunciar al desafío, ha aumentado su apuesta. El otoño pasado anunció que destinaría todos sus ahorros -18.000 millones de dólares- a nutrir las arcas de OSF. Con ese movimiento, la OSF se convertiría en la segunda mayor organización filantrópica estadounidense, después de la Bill & Melinda Gates Foundation. Hablamos de una entidad ya enorme, con 1800 empleados en 35 países y un presupuesto anual cercano a los mil millones de dólares. Costea proyectos de educación, sanidad pública e inmigración, entre otras áreas, y subvenciona organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional.

“Suelo adelantarme a los acontecimientos menos optimistas. Eso me fue muy útil en el mundo financiero y lo he llevado a la política”

El plan inicial de Soros era cerrar OSF en 2010. Pero cambió de idea: «Al darme cuenta de que tenía más dinero del que podía gastar en los años que me quedaban de vida». También pensó que, en un momento en que los valores liberales y la sociedad civil estaban en peligro en el mundo, la labor de OSF era esencial. «Me dije que tenía una misión, un propósito en la vida», dice mientras terminamos de cenar.

En 1946, cuando los comunistas estaban a punto de hacerse con el poder en Hungría, Soros huyó a Inglaterra. Estudió en la London School of Economics, en la que Karl Popper era profesor. En 1945, Popper había publicado un tratado político, La sociedad abierta y sus enemigos, donde denunciaba el totalitarismo, ya fuera fascista o marxista, y hacía una llamada a la defensa de la democracia liberal.

Las enseñanzas de Popper se convirtieron en la causa de Soros. Pero primero tenía que ganar dinero. En 1956 se marchó a Wall Street; según me cuenta, su intención era ahorrar cien mil dólares en cinco años, dejar las finanzas y dedicarse por entero a la actividad intelectual. Pero, bromea, «me pasé de frenada, y las cosas me fueron mejor de lo esperado».

En 1969, Soros creó lo que más tarde sería el Quantum Fund. Se trataba de uno de los nuevos vehículos de inversión conocidos como hedge funds, puestos al servicio de inversores institucionales e individuos adinerados que hacían uso del apalancamiento -de dinero tomado en préstamo- para apostar a lo grande invirtiendo en acciones, divisas y activos en general. Quantum tuvo un éxito descomunal; llegó a generar unos beneficios anuales del 40 por ciento. Más tarde, Soros dijo que su punto fuerte como inversor era reconocer «los momentos en los que se pierde el equilibrio». (Su hijo mayor, Robert, apuntaría después que su padre intuía que el mercado iba a entrar en ebullición cuando sufría fuertes dolores en la espalda).

‘Mesiánico’ confeso

A finales de los setenta, Soros ya era muy rico y contaba con los medios para transformar la historia. No escondía sus ambiciones, pero también sabía reírse de sí mismo. En 1991 publicó el libro Underwriting democracy (‘Cómo asegurar la democracia’), donde explicaba: «Siempre he sido un egoísta declarado, pero el simple afán de enriquecerme es un objetivo que no termina de satisfacer mi ego tan hinchado. Voy a ser completamente sincero: de niño ya albergaba unas fantasías mesiánicas desmesuradas. Tras triunfar en el plano material, me dije que ahora podía darme a mis fantasías… hasta cierto punto».

“La democracia liberal está en peligro. Pierde fuelle. La no liberal, como la de Orbán en Hungría, es más efectiva”

Decidió que su objetivo sería abrir las sociedades cerradas. En 1979 creó una organización filantrópica, la Open Society Fund, y no tardó en concentrar sus esfuerzos en Europa del Este, donde empezó a financiar a grupos disidentes. En una operación ingeniosa hizo llegar centenares de fotocopiadoras Xerox a Hungría, para facilitar la difusión de los boletines informativos de los grupos clandestinos. A finales de los ochenta proporcionó becas de estudio a decenas de estudiantes para fomentar la aparición de una generación de líderes liberaldemocráticos. Uno de los beneficiarios fue Viktor Orbán.

En paralelo, Quantum fue transformándose en un coloso que movía miles de millones de dólares. Su operación más célebre tuvo lugar en 1992, cuando apostó contra la libra esterlina. Soros se dijo que el Reino Unido estaba en recesión y que el Gobierno británico terminaría por plegarse a la devaluación de la libra. La orden que dio fue escueta: «A la yugular». El miércoles 16 de septiembre -el Miércoles Negro-, el Banco de Inglaterra tiró la toalla y dejó de seguir respaldando el valor de la libra. La divisa se hundió y Soros dejó claro que era capaz de castigar a gobiernos en un mundo donde el capital corría a sus anchas. La operación se saldó con un beneficio de 1500 millones de dólares para Quantum, y Soros, al que la prensa británica apodaba «el hombre que puso de rodillas al Banco de Inglaterra», se hizo famoso en el mundo entero.

La indigestión del ‘tío Jorgito’

Mientras eso ocurría, el imperio soviético se había venido abajo y Soros estaba poniendo mucho dinero para facilitar la transición en los antiguos regímenes comunistas. El triunfalismo occidental no conocía límites en aquella época y parecía inevitable que Rusia y otras naciones abrazaran la democracia liberal. Pero Soros no estaba tan seguro. «Soy proclive a adelantarme y ver las perspectivas menos optimistas -me dice-. Se trata de un rasgo personal que me ha sido muy útil en los mercados y he llevado al mundo político».

Durante los años noventa, Soros alternó su trabajo de todos los días con sus actividades filantrópicas, y no siempre era fácil diferenciar ambas esferas. De hecho, durante un tiempo, Quantum y OSF operaron desde la misma sede. Soros describió esta bicéfala de modo gráfico, al escribir que se sentía como «un gigantesco conducto digestivo que absorbe dinero por un extremo y lo expulsa por el otro».

La indigestión parecía inevitable… y se produjo en 1997, cuando Quantum se situó en el centro de un ataque especulativo contra el baht tailandés. La agresión era idéntica a la que emprendió contra la libra (Quantum esta vez obtuvo unos beneficios cercanos a los 750 millones de dólares). Pero se daba una diferencia fundamental: Gran Bretaña era una gran nación industrializada que no tuvo muchos problemas para superar el golpe. En cambio, las consecuencias del ataque a la moneda tailandesa fueron devastadoras y se extendieron a otras naciones asiáticas. El primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, tachó a Soros y demás como «unos especuladores sin escrúpulos». Soros se defendió públicamente de estas críticas, pero, cuando los inversores fueron a por la rupia indonesia en 1997, Quantum no estuvo entre los implicados y tampoco se unió a los hedge funds que se lanzaron a por el rublo ruso un año más tarde.

En una charla ante los alumnos y profesores de la Universidad de Moldavia en 1994, Soros describió en términos muy personales la razón por la que se convirtió en filántropo de la política. Su objetivo, dijo, era lograr que Hungría fuera «un país del que yo no querría emigrar». Para conseguirlo, inundó Hungría de dinero después de la caída del Muro de Berlín. A principios de los noventa, Soros también cultivó a un círculo de jóvenes activistas. Entre ellos se contaba Viktor Orbán, un estudiante inteligente y carismático, ardiente defensor de la democracia… o eso parecía. Además de proporcionar a Orbán una beca para estudiar en Oxford, Soros hizo donaciones a Fidesz (la Alianza de Jóvenes Demócratas), una organización estudiantil que Orbán contribuyó a crear y que está en la raíz de su posterior partido político.

George Soros enemigos

Las decisiones de Soros suscitan protestas en medio mundo.

Sin embargo, Orbán fue desplazándose hacia la derecha y fue acercándose a Putin. Cuando en Europa estalló la crisis de los refugiados, decenas de millares de refugiados llegaron a la frontera húngara. El Gobierno de Orbán instaló una valla de 150 kilómetros e hizo caso omiso a la Unión Europea, que obligaba a su país a asumir una cuota de solicitantes de asilo.

Los refugiados apelotonados frente a la frontera con Hungría contaban con la ayuda de varios grupos parcialmente financiados por OSF, y este fue el pretexto que utilizó para declararle la guerra a Soros. En el curso de un mitin en Budapest, Orbán se refirió a él como al «tío Jorgito» y dijo: «Estamos combatiendo a un enemigo que no opera a cara descubierta, sino de forma escondida; que no habla con claridad, sino que recurre a manejos e insidias; que no es nacional, sino internacional; que especula con el dinero; que carece de una patria, pero se considera el dueño del mundo».

Con el bipartidismo clásico

En Estados Unidos, Soros ha donado grandes sumas a candidatos demócratas y campañas progresistas. Financió el intento de John Kerry de acceder a la Presidencia y fue uno de los primeros en respaldar la campaña de Barack Obama en 2008. Cuando hablamos en París, Soros me dice que «Obama fue quien más me decepcionó». Al momento matiza que lo que se sintió fue infravalorado en el plano profesional. No aspiraba a ocupar un cargo en la Administración, pero sí que le hiciera consultas. Sin embargo, le vedaron el acceso a la Presidencia.

“Obama me dio con la puerta en las narices. Me telefoneó una vez. La llamada duró ocho minutos”

«Obama me dio con la puerta en las narices -abunda Soros-. Me telefoneó una vez para agradecer mi apoyo; estaba previsto que la llamada no durase más de cinco minutos, pero le hice preguntas y me puse a hablar, con lo que la llamada se prolongó a ocho». Añade que fue víctima de un rasgo de la personalidad de Obama. «Da por sentado que sus partidarios van a apoyarlo para siempre y prefiere dedicarse a seducir a sus oponentes».

Durante el ciclo electoral de 2016, Soros proporcionó más de 25 millones de dólares a Hillary Clinton y otros candidatos y causas demócratas. Nuestro hombre no descartaba el surgimiento de una figura parecida a la de Trump, pero se quedó atónito cuando esa figura resultó ser el propio Donald Trump. «Me sentí aterrado por la posibilidad de que Trump hiciera saltar el mundo por los aires en respuesta a cualquier revés a su narcisismo», explica. Pero respiró con alivio cuando el ego del presidente finalmente lo llevó a hacer las paces con Corea del Norte. «Creo que el peligro de guerra nuclear se ha reducido mucho, lo que supone un gran paso adelante». Durante su discurso en Davos este año, Soros caracterizó a Trump como «un fenómeno puramente temporal que se esfumará en 2020, si no antes». Asimismo, predice una contundente victoria electoral demócrata en las inminentes elecciones parlamentarias. «Por cada seguidor convencido de Trump, hay más de un oponente dispuesto a hacer lo que sea para borrarlo del mapa político», asegura.

El principal objetivo de Soros es el retorno al bipartidismo clásico, es decir, que los republicanos se reformen y se vuelvan más moderados. «No tengo particulares ganas de ser un demócrata», afirma. Y llega a decir que estaría dispuesto a brindar respaldo económico a figuras republicanas moderadas como Lisa Murkowski y Susan Collins, aunque al momento rectifica: «Mejor que no digas eso, puedo perjudicarlas».

Los padres del ‘filantrocapitalismo’

Aunque Soros está claramente situado a la izquierda en muchas cuestiones sociales -es partidario de la ampliación de la sanidad pública-, despierta recelos en algunos izquierdistas.

“El ‘fenómeno Trump’ acabará en 2020. Por cada uno de sus seguidores, hay más de un opositor dispuesto a lo que sea con tal de borrarlo del mapa”

Soros está a la vanguardia de lo que se llama ‘filantrocapitalismo’, o sea, la inversión social a gran escala emprendida por ultramillonarios como Bill Gates y Mark Zuckerberg. Sus críticos argumentan que sus iniciativas suponen la privatización de las políticas sociales y que, dadas las enormes ventajas fiscales que tienen las organizaciones benéficas, el sector público se queda sin recibir unos fondos que podrían ser dedicados a políticas de bienestar.

Cuando le pregunto por su ideología, Soros ríe y responde: «Mi ideología es la no ideología. Pertenezco al club de los que no son de ningún club». ¿Quizá sea de centro-izquierda?, insisto. Lo medita y dice que no está claro, porque la izquierda se ha trasladado más a la izquierda, y eso no le gusta. «Estoy en contra de la extrema izquierda -añade-. Los de la extrema izquierda harían bien en no seguirles el paso a los de la extrema derecha».

Mientras almuerzo con Soros, menciono que algunos comentaristas políticos trazan una línea invisible que une el Miércoles Negro (que provocó Soros al devaluar la libra) con el brexit. Argumentan que la crisis de 1992 reforzó a los euroescépticos del Partido Conservador británico. Pregunto a Soros qué le diría a un partidario del brexit quizá confuso por los papeles aparentemente contradictorios de mi entrevistado: el mismo hombre que protagonizó el Miércoles Negro es un firme defensor de la integración europea y ha donado más de 500.000 dólares al grupo Best for Britain, que propone la celebración de un segundo referéndum.

Su tono al responder sugiere que para él la respuesta cae por su peso: «Es la misma diferencia que se da entre mi trabajo con los mercados, donde tan solo me interesa hacer las cosas bien y ganar dinero, y mi compromiso político, mi defensa de aquellas cosas en las que creo de verdad».

Su respuesta refleja el dilema de Soros a la perfección, ya que el sector financiero y los titanes de los hedge funds como él han contribuido a empeorar la desigualdad. Además, añade que, si él no hubiera ido a por la libra británica o el baht tailandés, otros lo hubieran hecho. Lo cual es una verdad incuestionable (y, de hecho, Quantum no fue el único fondo que especuló con dichas divisas). Pero su respuesta dista de ser satisfactoria, sobre todo después del papel tan destructivo que tuvieron los bancos de inversión y hedge funds en la crisis de 2008. El sector que lo hizo billonario contribuyó de forma significativa a poner en peligro lo que el Soros filántropo ha tratado de conseguir.

George Soros y su esposa Tamiko Bolton

Tamiko Bolton, de 41 años, es su actual esposa y la tercera de su vida. Se casaron en 2011,tras romper Soros -a sus 82- con la que era su novia desde 2006, la actriz brasileña Adriana Ferreyr, de 31 años. Al parecer, él ya estaba entonces con Bolton.

La mañana del 5 de julio visito a Soros en los Hamptons, el refugio para millonarios cerca de Nueva York. Soros esta mañana no ha tenido tiempo de jugar al tenis. Ha tenido que hacer unas cuantas llamadas urgentes. Han transcurrido cinco semanas desde nuestro encuentro en París, y la Administración Trump ha impuesto nuevas sanciones comerciales a China y aranceles a los productos de Canadá y la Unión Europea. ¿Cómo se explica que los mercados y la economía en general estén resistiendo la posibilidad de que exista una guerra comercial global, la quiebra de la Alianza Atlántica y los desbarajustes políticos en Washington? Soros responde que todo eso terminará por llevar a los mercados a la baja, aunque no sabe cuándo. «He perdido la capacidad de anticiparme a los mercados -agrega con una sonrisa-. Ahora soy un simple aficionado». Me siento como si Roger Federer acabara de revelarme que ya no maneja bien la raqueta. Soros me explica que el sector financiero ha dejado de ser su prioridad y que ya no sigue las fluctuaciones de los mercados como antaño. Lo que hoy le interesa es la política.

Soros se muestra reflexivo. A su modo de ver, la democracia está en peligro porque en muchos países se ha vuelto esclerótica, incapaz de responder a las necesidades de la ciudadanía. «Está perdiendo fuelle», resume. La democracia iliberal, del tipo promovido por Orbán en Hungría, está resultando ser «más efectiva», por el momento. Los autócratas de nuevo cuño han demostrado ser habilidosos a la hora de conquistar a la sociedad civil para consolidar su poder. «Es una forma de ejercer el control menos rudimentaria que la simple liquidación de los discrepantes», indica.

Hoy, Soros tiene claro que su inspirador, Karl Popper, se equivocaba en algo fundamental. En una democracia, la política no es el intento de llegar a la verdad; lo que importa es obtener y mantener el poder, y manipular a la opinión pública para conseguirlo. «Popper era un filósofo de la ciencia, y la ciencia es el intento de averiguar la realidad de las cosas», medita Soros. Le pregunto qué pensaba Popper, fallecido en 1994, sobre su filantropía política. «Siempre me apoyó, a su manera, sin tomarse mis iniciativas en serio -responde riendo-. Creo que no le gustaría saber que hoy estoy en desacuerdo con él».

“Mi ideología es la no ideología. Pertenezco al club de los que no son de ningún club”

Soros se arrepiente de algunas de las cosas que ha dicho en el pasado. Por ejemplo, cuando habló de la necesaria «desnazificación» durante la Presidencia de Bush. «Seguramente me equivoqué», reconoce. Asegura que hoy es más cuidadoso, que evita las comparaciones con el Tercer Reich y el uso del término ‘fascismo’ para describir la situación política en Estados Unidos y Europa.

Mientras hablo con Soros, creo detectar cierta vulnerabilidad cuando hace referencia a su fortuna y las oportunidades que el dinero le ha brindado. «El dinero para mí representa libertad, y no poder», comenta. Durante mucho tiempo, el dinero le proporcionó la libertad necesaria para hacer y decir lo que le venía en gana, y para hacer caso omiso de lo que la gente pensaba y decía sobre su persona. Pero la opinión de los demás ahora empieza a pesarle. «Me preocupo más por la imagen que proyecto, porque no me gustan nada esas mentiras que corren sobre mí», indica. No le resulta fácil digerir que se ha convertido en el enemigo público número uno para tantas personas del mundo entero. «No me gusta tener tantos enemigos -dice-. Ojalá contara con más amigos».

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