Anthony Hopkins fue alcohólico y mujeriego. Pero todo eso quedó atrás. El actor británico se siente hoy «en paz», dispuesto a afrontar nuevos retos, como meterse en la piel del Papa Benedicto XVI, a sus 81 años, papel por el que ha sido nominado al Oscar a mejor actor secundario. O hablar a tumba abierta de su vida, como hace en esta entrevista íntima y reflexiva, plagada de confesiones de un gran mito del cine. Por Mick Brown / Foto: Michael Lewis

A los 81 años, sir Anthony Hopkins ha encontrado una nueva afición que sumar a sus múltiples talentos. Estrella de cine, excelente pintor y gran pianista, su nuevo pasatiempo deriva de una sugerencia que le hizo el actor Mark Wahlberg, con quien coincidió hace tres años en Transformers: el último caballero. Wahlberg le habló de Twitter, y Hopkins ahora se pasa media vida en la red social. Quien quiera saber sobre él lo tiene fácil. Seguro que está en Twitter, bailando delante de una de sus pinturas neoexpresionistas o tocando el piano con su gato en el regazo o cantando el Here it is, de Leonard Cohen.

«Claro, porque Leonard Cohen es mi preferido», dice.

Nos encontramos en la suite de un hotel en Santa Mónica, en Los Ángeles. Su asistente ha preparado todo lo necesario para la charla: una tetera con té inglés y un plato con galletas. El hombre es un animal de costumbres, y Hopkins ha dicho muchas veces que los placeres de su vida son «un gato, un piano, un libro y una taza de té».

“Me di cuenta de que estaba en caída libre, de que iba a acabar muy mal. El éxito es muy peligroso y no resuelve tus problemas”

El actor reside en Los Ángeles. Llegó en 1973 huyendo del Reino Unido y de su encasillamiento como intérprete shakesperiano. En su primer trabajo en California coincidió con Goldie Hawn. En los ochenta regresó a Gran Bretaña, ya como estrella. Pero California seguía tirando mucho. Hace 25 años volvió definitivamente a la Costa Oeste. Hoy está instalado en Malibú con su mujer, Stella Arroyave, en una casa en lo alto de un acantilado. Una propiedad que, curiosamente, perteneció a Goldie Hawn. A Hopkins le encantan esos caprichos del destino.

Ahora protagoniza una nueva película, The two popes (‘Los dos papas’), una serie de encuentros imaginarios entre Benedicto XVI, encarnado por Hopkins, y el cardenal argentino Jorge Bergoglio (Jonathan Pryce), el actual Papa Francisco. Se trata de pulsos dialécticos entre dos hombres de distinto temperamento y mentalidad: el conservador Benedicto, distante y a quien le gusta relajarse en sus suntuosas dependencias tocando Mozart al piano (pan comido para Hopkins); y el reformista Bergoglio, de ideas progresistas, más sociable, forofo del fútbol y fan de la música de ABBA. Los desacuerdos entre ambos arrojan luz sobre la Iglesia católica en un momento de crisis y de cambios.

Anthony Hopkins: "Me vence la vejez. Siento un nudo en la garganta al decirlo, pero no es que esté triste... La vida es así" 2

Hopkins es Benedicto XVI en ‘Los dos papas’, del brasileño Fernando Meirelles. Un duelo interpretativo entre él y su compatriota galés Jonathan Pryce, que hace de Francisco. A sus 81 años, Hopkins dudó si aceptar un papel que le exigía hablar en italiano y en latín.

Dirigida por el brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios), el guion es de Anthony McCarten, un escritor conocido por sus filmes basados en personajes reales: Stephen Hawking (La teoría del todo), Winston Churchill (El instante más oscuro) y Freddie Mercury (Bohemian rhapsody).

Aunque se trata de una de las mejores actuaciones de Hopkins, el actor se sintió paralizado por el miedo antes del rodaje. El guion le exigía hablar en italiano y en latín y le entraron dudas.

«Le dije a mi mujer que no podía hacerlo. Me arriesgaba a una querella, pero mi cerebro ya no daba para más. Estaba agotado, agotado por completo. No soy de esos actores que se pavonean de sus terribles neurosis y tonterías por el estilo. Soy fuerte, aguanto lo que me echen. Pero sentí que se me disparaban las alarmas. Mi recuerdo del rodaje es un tanto confuso. Mi mujer vino conmigo, nos alojaron en un bonito hotel. Me dieron ropajes de gala, diseñados por gente del propio Vaticano. Me puse la peluca y encontré que sí, que me parecía al personaje real, un poco. Y comenzamos a rodar. Resultó fácil. No me documenté mucho. Yo trabajo partiendo de cero, o casi. Creo que es la mejor forma de hacerlo. Como hacía el legendario James Cagney: te presentas por la mañana, saludas al equipo y haces lo que tienes que hacer, sin mucha intensidad. Actuar es un lujo que puedo permitirme».

Las cosas no son tan simples como cuenta. Anthony Hopkins es famoso por su obsesiva preparación del trabajo, por su costumbre de leer y releer un guion hasta memorizarlo de pe a pa.

«Lo leo muchísimas veces. Corre el rumor de que en cierta película me leí el guion 250 veces, pero exageran. Mi mujer dice que trabajo mucho. A mí no me parece trabajo. Porque me divierte. No me canso al hacerlo. Me encanta aprenderme diálogos. Ahora hay nuevos métodos, claro. Aquí en Hollywood hay quien recita los diálogos que le van apuntando por un auricular diminuto, invisible. Yo eso no puedo hacerlo, me volvería loco. Me encanta saberme a la perfección lo que digo en cada momento. Es como arrancar los adoquines de una calzada, mirar bien qué es lo que hay debajo y volver a colocar los adoquines en su sitio. Con una diferencia: ahora sabes qué se esconde detrás de cada uno».

“No soy de esos actores que se pavonean de sus neurosis y tonterías por el estilo. Yo soy fuerte, aguanto lo que me echen”

Hopkins está de buen humor, desgrana recuerdos, anécdotas, poemas incluso. Le gusta memorizar los versos de T. S. Eliot y W. H. Auden «para mantener la mente en forma».

Hijo único, creció en la pequeña ciudad portuaria de Port Talbot. Fue un mal estudiante. «Tienes una cabezota tan grande como la de Dumbo, el elefante –le dijo su abuelo un día–. Es una pena que la tengas vacía».

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Debutó en 1960, con 23 años, y un lustro después sustituyó a Laurence Olivier en el Royal National Theatre. A partir de ahí, todo fue hacia arriba. En 1968 deslumbró en la película ‘El león en invierno’ y en 1970 hizo de Dickens en una serie de la BBC (estas fotos son de la promoción) Richard Attenborough no tardaría en definirlo como “el mejor actor de su generación”

Su esposa está preparando un documental sobre su vida y hace poco fue a Gales, donde habló con uno de sus antiguos maestros.

«El hombre le dijo que fui una nulidad: un pésimo deportista, que me negaba a participar en las funciones del colegio, que tuve que repetir exámenes… Cuando mi mujer me lo contó, me quedé con la boca abierta. Parecía que hablaba de otra persona».

La interpretación lo salvó. Un anuncio del periódico lo empujó a matricularse en un instituto de teatro. Luego se marchó a Londres y entró en la prestigiosa Real Academia de Arte Dramático. Y se convirtió en miembro del National Theatre.

Reconoce que era un joven enfadado con el mundo.

«Pero todos lo hemos sido de jóvenes, ¿no cree? Me sentía descontento, resentido, cualquier cosa me irritaba. También bebía más de la cuenta. Me dieron un montón de oportunidades, pero mordía la mano que me daba de comer».

En 1973 dejó el National Theatre con un sonado portazo y se divorció de su primera mujer, la actriz Petronella Barker, con quien tenía una hija, Abigail. Decidió probar suerte en Hollywood.

“No soy una persona religiosa, pero sé que en mi vida hay algo mucho más profundo de lo que puedo comprender. ¡Dios! Llegará el día en el que todo esto acabará. Y no sabemos qué viene después. Y me parece maravilloso. ¡No lo sabemos!”

En sus primeros años, su afición a la bebida le labró fama de difícil, hasta que la dejó, en 1975. Cuenta la leyenda que una vez se despertó en Arizona sin saber cómo había aterrizado allí. ¿Qué pasó por su mente?

«No estoy seguro, es posible que la vieja sabiduría galesa tuviera algo que ver. Me di cuenta de que estaba en caída libre, de que iba a acabar muy mal. Me planteé si quería seguir dándomelas de gallito de corral, creyéndome más listo que nadie. Y es que el éxito es muy peligroso. Un poco de diversión está bien, pero el éxito no resuelve tus problemas; puedes comprarte un casoplón, pero el casoplón no va a arreglarte la cabeza; puedes comprarte un cochazo, pero el cochazo tampoco va a arreglártela. Con el tiempo aprendes a tomarte las cosas con más calma».

«Lo veo en los jóvenes actores. ‘¡Quiero esto y quiero lo otro!’, dicen. ‘¡Quiero que cambien el guion!’. Y yo pienso: ‘Pero si el guion está la mar de bien, ¿por qué hay que cambiarlo?’. Aunque, en el fondo, los entiendo; yo fui como ellos. Me entran ganas de decirles que no se pongan así, que no vale la pena. Pero sería perder el tiempo porque no van a cambiar».

Hopkins regresó a Inglaterra a finales de los noventa junto con su segunda mujer, Jennifer Lynton. En 1992 ganó el Oscar por su inolvidable papel como Hannibal Lecter en El silencio de los corderos  –basado en la nooela de Thomas Harris. Se iniciaba así su mejor época como actor, con películas como Regreso a Howard’s End, Lo que queda del día o Tierras de penumbra.

«Todo parecía ir sobre ruedas. Pero no terminaba de sentirme bien. Volví al teatro, pero tampoco me sentía satisfecho. No lograba ser feliz. No cesaba de hacerme una pregunta: ¿qué quiero en la vida?».

En 1994, Oliver Stone le hizo una oferta sorprendente: encarnar a Richard Nixon.

«Le respondí que estaba mal de la cabeza, que necesitaba a un actor norteamericano. Oliver dijo que, en cualquier caso, como iba a estar en Londres, quedáramos para almorzar. Recuerdo que, al salir de casa para citarme con él, Jennifer –mi mujer entonces– me insistió en que ni se me ocurriera aceptar el papel, que haría el ridículo. Le dije que estaba de acuerdo».

«Así que ese lunes fui hacia el hotel dando un paseo y de pronto me detuve bajo la llovizna. Me dije que podía hacer lo predecible: quedarme en Londres, aceptar los papeles típicos, evitar riesgos, trabajar para la BBC, hacer la enésima representación de ‘Tío Vania’… ¿Era lo que quería? Me dije que no. Una voz interior me decía que necesitaba aventuras. Cuando me encontré con Oliver, nada más verme me espetó: ‘Así que te ha entrado el canguelo, no te atreves con el papel’. ‘Sí, voy a aceptarlo’, respondí. Y se acabó el problema. Volví a California, comenzamos a ensayar y me dije que eso era justo lo que quería».

En el año 2000 se convirtió en ciudadano estadounidense. En un periódico sensacionalista inglés le pusieron el mote de «Lecter el Desertor».

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Primero se casó con la actriz Petronella Barker, con quien tuvo a su única hija; luego vino Jennifer Lynton, asistente de producción; y, en 2003, con Stella Arroyave, a la que conoció en la tienda de antigüedades que ella tenía en Los ángeles. Gracias a él, ella comenzó a hacer cine.

Tras divorciarse de Lynton, en 2003 se casó con Arroyave. Nacida en Colombia, 18 años menor que él, trabajaba como marchante de arte y tenía su propia tienda cuando se conocieron.

“Mi mujer es latina y no para quieta. No consigo seguirle el ritmo. ¡Y me encanta! Me he hecho amigo de todas sus amigas, latinas todas ellas. No entiendo casi nada de lo que dicen, pero me fascinan”

«La mujer de la tienda era guapísima y me saludó: ‘Yo a usted lo conozco. ¿Puedo darle un abrazo?’. Me fijé en un mueble y le dije que me gustaba. ‘Se lo regalo’, dijo. ‘De eso nada, voy a pagarlo’, contesté. Al poco tiempo me llamó para decirme que tenía otra pieza que quizá me gustara. Empezamos a salir y… Un día me planté y dejé la relación, no quería implicarme. Ya había estado casado, dos veces. El cuerpo me pedía ir a mi aire. Independencia. Con un par. Yo quería ser una especie de Clint Eastwood, un lobo solitario. Por supuesto, las cosas no pasaron así. Y fue para mejor. Mi mujer le ha dado la vuelta a mi vida. ¡Ya lo creo que sí! ¡De arriba abajo!».

«Mi mujer es mucho más rápida que yo a la hora de hacer las cosas. Es latina y no para quieta. No consigo seguirle el ritmo. ¡Y me encanta! Me he hecho amigo de todas sus amigas, casi no veo a nadie más. Mujeres latinas también; se ponen a hablar y no entiendo ni media palabra. ‘¿Qué decís?’, pregunto. ‘Eso a ti no te importa. Cierra el pico y no molestes’, me dicen». Se ríe con ganas. «Estas mujeres me fascinan, son volubles, están llenas de vida. Son como un mar. Yo, en comparación, soy una vasija de barro varada en la playa. Y me encanta».

«También es más lista que yo. He hecho cosas reprobables en la vida. He maltratado a personas. Pero ella se lo toma a risa: ‘Deja de obsesionarte por eso. Hiciste cosas que estaban mal. Bueno, ¿y qué? Todos las hemos hecho’. Me ha enseñado a no ser tan duro conmigo mismo. Ya no lo soy».

«Es lo triste de hoy. Nadie está dispuesto a perdonar. Hay tanta gente que se siente hundida, frustrada. Se sienten víctimas. ¡Qué forma de malgastar energías!».

«Antes de esta cita he pasado por algunas calles que no había pisado en años y me he puesto a pensar en mi vida. Hace casi 45 años que llegué aquí y que mi vida cambió por completo. Dejé la bebida y demás. No me las quiero dar de ejemplo, no me gusta sermonear, pero mi vida de repente era otra; ya no hacía lo de antes. Empecé a conocer a personas que estaban llenas de vida y de entusiasmo, que eran felices».

«¡Dios! Llegará el día en que todo acabará. Y no sabemos qué vendrá después. Y me parece maravilloso. ¡No lo sabemos! Miro hacia atrás y tengo claro que he tenido una vida extraordinaria. Y no creo haberla merecido. Cuando estaba en el colegio, no sabía hacer la o con un canuto. Era un desastre. Sin embargo, me convertí en actor y si tuve éxito fue por una serie de casualidades. Me decía que había llegado a lo más alto. ¡Lo había conseguido! Pero hoy me doy cuenta de que todo sucedió por una extraña fuerza interior que está más allá de mi voluntad». Sonríe y casi como conclusión añade: «Mi existencia es incomprensible».

«No soy religioso, pero sé que en mi vida hay algo mucho más profundo de lo que puedo comprender, algo a lo que me siento conectado en todo momento. Porque me siento en paz. Es un hecho. Me siento en paz, cada vez más».

La voz se le atasca al decir estas palabras. Durante un segundo parece que va a romper a llorar. Es usted un hombre muy emotivo, le digo.

«Sí que lo soy. Cuando era pequeño, me inculcaron que los niños no lloran, y durante la mayor parte de mi vida me las arreglé para esconder mis emociones. Pero ahora que soy mayor, cualquier cosa me hace llorar. Y no sé por qué. No es porque esté deprimido. Sino simplemente por…». No da con la palabra exacta, así que lo deja correr. En su lugar cita unos versos de Eliot: «Me vence la vejez. Me vence la vejez…».

«Siento un nudo en la garganta al decirlo –admite–. No porque me sienta triste. Sino porque, bueno… ¡Así es la vida!».

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