De los treinta años que cumple la revista, este cartero lleva la mitad leyendo las cartas de los lectores y tratando de encontrar entre ellas las que más puedan aportar, siempre según su cuestionable criterio, al relato del mundo en que vivimos y a los discursos que sobre él damos en construir. Son ya más de 100.000 cartas recibidas, más de 4000 publicadas, cerca de 800 premiadas. Muchas voces, muchas historias, muchas quejas, alguna esperanza. Para celebrar estos treinta años, hemos buscado entre ellas algunas de las que más nos conmovieron. Reunimos cinco de diversas generaciones, desde los más ancianos a los más jóvenes, para alimentar esa conversación siempre pendiente a la que no podemos renunciar. Cada una con sus ilusiones, que un día acaban siendo nostalgias; todas con algo que decir… y decirnos. Lorenzo Silva.

La generación del huevo perdido

Me lo recordaba el otro día un buen vecino y es cierto. Ambos, ya cumplida con creces la cuarentena, pertenecemos a una generación de padres solícitos, dedicados, cariñosos y algo permisivos, que hemos cometido el grave error de perder el mando de la televisión doméstica, que de forma irremediable ha sido conquistado, usucapido por nuestras idolatradas huestes infantiles.

Nuestra niñez fue bien diferente. El indudable amor que profesábamos a nuestros padres se hallaba impregnado de un reverencial respeto que la propia sociedad se encargaba de rubricar. Y cuando se encendía en nosotros el espíritu de la reivindicación, no era extraño escuchar de boca de nuestro progenitor, con afecto y a la vez con determinación, una sentencia definitiva, acuñada en la España de la hambruna: «Cuando seas padre, comerás huevos». La frase en cuestión, que jamás he osado repetir a mi hijo, debía sonar en nuestros oídos como un canto de esperanza hacia lo venidero. Pero es evidente que hoy sólo hemos conseguido ser representantes de la ‘generación del huevo perdido’. Papá, aún espero. ¿Sabes algo de aquellos huevos que me prometiste?

Esta carta fue publicada en XLSemanal el 20 de noviembre de 2005. Autor Carlos Baquerín Alonso (Madrid)

El joven eterno

Camino hacia los noventa y dos años y ya noto, a pesar de lo que dicen mis hijos para animarme, el aliento de la muerte en mi nuca. Mientras tanto, vivo y recuerdo, que es una forma de vivir dos veces. A la edad de uno de mis nietos perdí a mi padre y me hice adulto de golpe. A la edad de otro de mis nietos, estudiante universitario, yo tenía que tomar decisiones en un estado mayor del ejército de la República. Ahora me hablan de una memoria histórica que para mí es realidad vivida, mi propia realidad, mi propia historia.

En mi corazón apenas hay a estas alturas espacio y tiempo para la reivindicación, la revancha: sigo viviéndome y reviviéndome más allá de las leyes, las conmemoraciones, los titulares de la prensa diaria o los debates políticos. Con Neruda, confieso que he vivido. O mejor, confieso que he sobrevivido. He vivido una vida que no elegí: me vino impuesta, pero siempre le fui leal y fiel. Como el ciprés de Silos, todavía estoy aquí, respirando, dando sombra y cobijo a los pájaros que anidan en mis ramas. Noventa y dos años dan para mucho, pero parece que el tiempo se ha detenido en mis veintiún años. Soy un imperativo categórico: ¡sobrevive! ¡Vive! ¡Recuerda! Mientras llega el cumplimiento de mi vida, pienso, escribo, leo, recuerdo, rezo y vivo, como corresponde al joven que nunca he dejado de ser, al joven eterno que ya soy.

Esta carta fue publicada en XLSemanal  el 31 de diciembre de 2016. Autor: Ignacio Manuel Muñiz Sanz (Alicante)

Sueño con…

Sueño con aparecer algún día en esta revista. Con alcanzar mis metas más altas, y elevarlas aún más. Con trabajar duro hasta mi último aliento. Con aprenderlo todo. Con hacerme viejo junto con mis amigos. Con formar una familia a la que amar. Con recorrer el mundo… Pero sobre todo con hacer callar tantos malos augurios para mi generación. Y a estos, a los millones de estudiantes que este mes volvemos a clase, les digo que hagan oídos sordos a los agoreros y se insuflen de ilusión y tenacidad para trabajar duro. Porque, aunque este país se caiga a pedazos, no nos quitarán las ganas de seguir, de aprobar, de triunfar y ser felices. Y así, un día, seremos nosotros los que ocupemos esta digna portada, como la generación de la crisis, que gracias a su ilusión y trabajo consiguió llegar a donde se propuso.

Esta carta se publicó en XLSemanal el 29 de septiembre de 2013. Autor: M. G. H. (Granada)

Lo que tengo y lo que no tengo

He llamado así a esta carta porque representa el balance de mi vida. Tengo ochenta y dos años, cuatro hijos, once nietos y dos bisnietos y ahora tengo una habitación de unos doce metros cuadrados. Ya no tengo mi casa ni mis cosas queridas, pero tengo quien me arregla la habitación, me hace la comida y la cama, me toma la tensión y me pesa. Ya no tengo las risas de mis nietos, el verlos crecer, abrazarse y pelearse; eso sí, algunos vienen a verme alrededor de cada quince días; otros, cada tres o cuatro meses; y otros, nunca. Ya no hago croquetas ni huevos rellenos ni rulos de carne picada, tampoco hago punto ni crochet ni punto de cruz, porque veo menos, aún tengo pasatiempos para hacer y sudokus que entretienen algo.

No sé el tiempo que me quedará, pero tengo que acostumbrarme a esta soledad, voy a terapia ocupacional y ayudo en lo que puedo a los compañeros que se encuentran peor que yo, aunque no quiero intimar demasiado porque desaparecen con demasiada frecuencia. Dicen que la vida se alarga cada vez más y yo me pregunto. « Para qué?». Claro que, cuando estoy sola, puedo mirar las innumerables fotos de mi familia que me acompañan y algunos recuerdos de casa que me he traído. Y eso es todo. Es lo que me queda. Espero que las próximas generaciones recapaciten y vean que la familia se forma para tener un mañana (con los hijos) y pagar el crédito que le debemos a nuestros padres por el tiempo que nos regalaron al criarnos.

Esta carta fue publicada en XLSemanal  el 17 julio de 2016. Autor: Pilar Fernández Sánchez (Granada)

Huérfano en mis recuerdos

Después de toda una vida dedicada a la docencia ha llegado el día que, por motivos de edad, tengo que abandonarla. El centro está vacío, es un centro sin alma en estos momentos. Sentado en mi mesa, en un aula, con un silencio sepulcral, que casi duele, veo los pupitres vacíos y doy libertad a mi imaginación, recorro todos los años transcurridos, evoco muchos recuerdos, buenos la mayoría.

Han pasado muchas estaciones viendo su transcurso a través de los cristales de las ventanas, la luz, el sol, el tintineo de las gotas de la lluvia contra los cristales, sensación que siempre me ha encantado, el firmamento de un azul rutilante o de un gris plomizo. Oigo mi voz a través de estas cuatro paredes, a veces de forma estruendosa me llega el eco de los conceptos como. complemento directo, predicativo, los géneros literarios, la prosa, el verso, los cantares de gesta, el Romancero

Queridos alumnos, sois el alma, me habéis hecho reír, llorar, cantar; he pasado por todo tipo de sensaciones. Me he entregado a vosotros en cuerpo y alma, pero es verdad que llevo en el corazón clavada una espina, la espina de no haber dedicado más tiempo a aquellos que necesitaban mi atención. Lo siento y os pido perdón, este ha sido mi fallo. Estoy seguro de que otro vendrá y lo llevará a cabo. Pero puedo decir que he sido muy feliz ejerciendo esta maravillosa profesión que es la docencia. Se abre la puerta de la clase y mi compañera Cristel entra y me dice. «Mariano, baja de la nube». Despierto y pienso que ha sido bonito y embriagador este momento. Estos recuerdos siempre los tendré, pero me sentiré huérfano porque vosotros no estaréis.

Esta carta fue publicada en XlSemanal  el 23 julio de 2017. Autor: Mariano Aguas Jáuregui (Zaragoza)