¿Qué distingue a los buenos de los malos gobiernos?

Algunos hechos que hoy nos parece que solo pueden ser producto del capitalismo neoliberal ocurrieron a mediados del siglo XIV en la ciudad italiana de Siena. Los frescos de Ambrogio Lorenzetti (1290-1348) titulados Alegoría y efectos del buen y del mal gobierno (1337-1339) que cubren más de siete metros de pared en la Sala de los Nueve en el Palacio Público de Siena tratan de temas actuales que vale la pena recordar. Este espacio pictórico es doblemente dual. por un lado están el buen y el mal gobierno; por otro, los efectos de ambos en la ciudad y en el campo.

La oposición entre el buen y mal gobierno corresponde a los dos modelos políticos que competían en aquellos años. el de la ciudad independiente, republicana y pacífica (el buen gobierno); y el modelo feudal, guerrero y autoritario de la Señoría (el mal gobierno). Aunque el modelo que se impuso tras la peste negra de 1348 fuera el de la Señoría, quisiera hablarles hoy del modelo más afín al nuestro. El buen gobierno, nos dice Lorenzetti, no es el que acumula virtudes u hombres sabios. El buen gobierno es ante todo una práctica que produce efectos benéficos en nuestro día a día. Para conseguirlo, resulta necesario organizar la rotación de las élites. Roma y Siena lo hicieron de manera mucho más audaz de lo que lo hacemos nosotros. Para asegurar el vaivén gubernamental, Siena impuso el régimen político de los Nueve, por el que nueve magistrados, sin salir del palacio, gobernaban entre tres y seis meses dedicándose plenamente, en este corto tiempo, a los asuntos de la ciudad.

Hemos olvidado la importancia que tuvieron ciudades independientes como Siena. hoy en día las presentamos al público solo como patrimonio cultural y artístico, pero olvidamos que fueron, ante todo, grandes laboratorios de creatividad política y cívica. Entre conspiraciones de la nobleza y revueltas del pueblo, los Nueve encargaron a Lorenzetti este conjunto de frescos para convencer a sus ciudadanos de que debían preservar su ejemplar modelo cívico frente al modelo autoritario.

Siena había repartido el poder y gobernaba con ecuanimidad. Había establecido dos contrapoderes. el podestá, un magistrado elegido entre la aristocracia, pero itinerante y forastero para garantizar la neutralidad, cuya tarea era resolver sin demora los conflictos de la ciudad; y un gobierno del pueblo encabezado por el capitano del popolo (el capitán del pueblo). Entre 1250 y 1350, las instituciones no se sucedieron, se superpusieron. Más de un tercio de los hombres tuvieron, durante ese siglo, algún tipo de responsabilidad política; fue una implicación sorprendente e inusitada. También se concibió con máxima osadía, en la segunda mitad del siglo Xlll, una legislación ‘antimagna’ que permitía excluir a los más ricos de la vida política y pública.

Preocupaba menos el nivel de fortuna que la arrogancia social. Preocupaba que los Magna los que tenían fama de grandeza despreciaran a los ciudadanos. Se estimaba que el poder social y el desdén de los ‘magnos’ era una violencia social imperdonable. Pocas legislaciones han tratado de regular con más atención el buen gobernar. Esto es la política nos dice Lorenzetti en sus lienzos. el arte de la persuasión y de la libre circulación de todas las opiniones, aunque la libertad conlleve tensiones.

Pero en 1338, diez años antes de que la peste negra asolase Siena, un hecho financiero desencadenó la crisis final. los bancos quebraron, el Gobierno decidió salvarlos y el Estado se endeudó para hacerlo. En 1355, todo se viene abajo. Estos eventos nos los cuenta Simonde de Sismondi en su Historia de las Repúblicas italianas del Medioevo (1807-1818) y el historiador Patrick Boucheron en su Ensayo sobre la fuerza política de las imágenes (2013). ¿Hemos progresado?