Europa y Estados Unidos llevan décadas enfrentados a Rusia por una de las armas químicas más peligrosas y secretas de la historia: el Novichok. El reciente envenenamiento del exespía Skripal y su hija con esta sustancia en territorio británico la ha puesto en el punto de mira. Descubrimos dónde se creó la toxina que hace temblar a Occidente. Por Klaus Wiegrefe

No hay problema, dice el experto en armamento, puedo enseñarles las fotos. Andrew Weber ocupó un puesto importante en el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Rebusca en su smartphone hasta encontrar las imágenes: un reactor donde se fabricaba la sustancia mortal; extraños artilugios almacenados en un sótano y una vista general de todo el complejo, una hilera de edificios. En este lugar, los científicos soviéticos produjeron uno de los venenos más peligrosos de la Historia.

Primero sale espuma por la boca, luego llegan los vómitos, la parálisis y el corazón se detiene

El Novichok se gestó en tiempos de la Unión Soviética; y tras la caída del comunismo en 1991, Rusia siguió trabajando en el programa. Cualquiera que entre en contacto con esta sustancia muere. Primero le sale espuma por la boca, luego llegan los vómitos, la parálisis muscular; y, por último, el corazón se detiene.

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El experto en armamento de Estados Unidos Andrew Weber tuvo que ponerse un traje protector durante su visita al antiguo laboratorio soviético en la ciudad de Nukus, en Uzbekistán. Corría el año 1997. «Había productos químicos por todas partes»

Weber tuvo que ponerse un traje protector para visitar el complejo, nos cuenta. El antiguo instituto de investigación se encuentra en lo que fueron terrenos militares soviéticos en la ciudad de Nukus, en Uzbekistán. Los rusos desalojaron las instalaciones en 1992 sin informar a las autoridades uzbekas. Finalmente, estas acabaron pidiendo ayuda a Washington.

«Todo estaba cerrado, había productos químicos por todas partes», cuenta Weber. Los norteamericanos no hallaron Novichok, pero sí residuos de su elaboración, añade. Hicieron falta meses para descontaminar el sitio.

En aquellos días, la palabra rusa novichok (‘novato’, ‘recién llegado’) solo les decía algo a los expertos. Pero desde el ataque contra el agente doble Serguéi Skripal y su hija en la localidad inglesa de Salisbury, todo el mundo ha oído hablar de este veneno. Inspectores británicos encontraron restos de la toxina en la sangre de Skripal y en los lugares en los que habían estado padre e hija.

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El exagente doble Serguéi Skripal y su hija envenenados en Salisbury

Desde Occidente se acusó a Rusia de estar detrás del ataque, y más de un centenar de diplomáticos rusos fueron expulsados de Washington, Londres o Berlín. Donald Trump, Theresa May, Emmanuel Macron y Angela Merkel exigieron al presidente de Rusia, Vladímir Putin, que desvelara todos los detalles del programa del Novichok. No hay nada que desvelar, respondió Putin. El embajador ruso en Londres afirmó: «No hemos producido ni almacenado Novichok».

La opinión pública mundial ha asistido con temor a este intercambio de golpes. Pero lo que casi nadie sabe es que este conflicto tiene una larga historia detrás: Este y Oeste llevan décadas enfrentados por el Novichok.

«Los rusos siempre nos han mentido sobre el programa Novichok», dice Weber. Aun así, durante años, diplomáticos, espías y políticos en Berlín, Washington o Londres aceptaron la opaca postura de Moscú. Confiaban en que, una vez que se extendiera por Rusia la democracia, problemas como el del Novichok desaparecerían, según cuenta John Gower, antiguo contralmirante británico y experto en armas químicas.

Una nueva generación de armas

El Novichok es fruto de la carrera armamentística de los años setenta. En un primer momento fueron los norteamericanos los que tomaron la delantera en el campo del armamento químico; el bando soviético se propuso recuperar el terreno y desarrolló una nueva generación de armas químicas, mucho más potentes que las conocidas hasta entonces.

El programa del Novichok no se detuvo cuando Mijaíl Gorbachov, el reformista del Kremlin, prometió aparcar la producción de armas químicas en 1987. De hecho, poco antes del derrumbe de la Unión Soviética, Gorbachov concedió a escondidas la Orden de Lenin, la mayor distinción del régimen, a los responsables del programa.

¿Y Occidente? Observaba. Sus espías sabían de la existencia de esta terrible sustancia. Pero creían que la nueva dirección política rusa no iba a continuar con el programa. Como recuerda un antiguo agente: no se quiso «dejar en evidencia» a Gorbachov ni a su sucesor, Borís Yeltsin.

Además, en aquellos tiempos, ambos bandos negociaban un acuerdo sobre armas químicas en Ginebra que perseguía su prohibición total. Se trataba de uno de los principales compromisos en materia de desarme del siglo XX y los negociadores occidentales no querían que el Novichok fuera un escollo en estas negociaciones. Además, la Unión Soviética poseía el mayor arsenal de armas químicas del mundo, y el Novichok solo era una pequeña parte. La posibilidad de eliminar el resto del arsenal letal almacenado venció muchos reparos.

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En esas instalaciones hallaron residuos de la elaboración de Novichok. Los rusos habían abandonado el laboratorio cinco años antes. Los americanos tardaron meses en descontaminar el lugar

La situación cambió con las filtraciones de Vil Mirzajánov, un químico responsable del programa del Novichok. Molesto por la doble moral de su Gobierno, que en 1993 vendía el desarme al tiempo que fabricaba armas prohibidas, denunció la situación ante la prensa occidental. Sus palabras hicieron que Washington se tomara en serio el asunto y el Senado calificó las declaraciones de Mirzajánov como de «extremadamente intranquilizadoras». En 1994, los norteamericanos pidieron explicaciones a los rusos.

Los diplomáticos rusos no rebatieron los datos de Mirzajánov, pero sí su interpretación. Moscú solo producía pequeñas cantidades, dijeron, para hacer test. Y eso se ajustaba a la legalidad internacional.

¿Ha sido ingenuo occidente?

Los servicios de inteligencia occidentales creyeron las explica-ciones rusas. «Fuimos muy inocentes», dice hoy uno de los implicados. Weber pone como ejemplo de esa ingenuidad las instalaciones que él visitó en la ciudad uzbeka de Nukus: lo que él vio era demasiado grande para ser solo un laboratorio de pruebas.

La toxina la creó la URSS, pero Putin la ha seguido produciendo, según los británicos

Oficialmente, Estados Unidos se limitó a reprender a Yeltsin. Pero, por entonces, científicos occidentales empezaron sus propias investigaciones sobre la polémica sustancia. en los laboratorios de Porton Down (Inglaterra), en Edgewood (Estados Unidos) y en La Haya (Holanda). Hasta donde se sabe, se trataba solamente de programas de protección. pero para desarrollar un antídoto, primero hay que fabricar el Novichok.

Cuando un científico checo acusó a los norteamericanos de impulsar un programa basado en esta arma química, Estados Unidos aseguró que su país «no desarrollaría el Novichok». Así consta en sus despachos confidenciales. Aquella explica-ción fue formulada muy cuidadosamente: no se mencionaba la palabra ‘investigar’.

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Antiguo laboratorio de investigación soviético en Uzbekistán

La Convención sobre las Armas Químicas entró en vigor en 1997. Estados Unidos y otros países occidentales destinaron sumas multimillonarias para ayudar a los arruinados rusos a deshacerse de sus arsenales de armas químicas. Pudieron acceder así a instalaciones militares secretas. Sin embargo, en cuanto salía a relucir el Novichok, los rusos se volvían reticentes. «No creo que nos abrieran su programa al completo», dice Weber. El Novichok era de las pocas tecnologías punteras armamentísticas que le quedaban al Kremlin. Todo lleva a pensar que continuaron con el programa porque nadie les impidió que lo hicieran.

Sin embargo, las cosas cambiaron con el atentado de 2001 contra las Torres Gemelas en Nueva York. A partir de ese momento, la principal preocupación pasó a ser que estados gamberros pudieran hacerse con armas de destrucción masiva. Desde esta perspectiva, el hecho de que Putin fuera presidente de Rusia parecía una ventaja. Putin mimaba al aparato de seguridad ruso y lo mantenía bien financiado, lo que tranquilizaba a los occidentales que temían que alguien suministrara Novichok a espaldas del Kremlin.

Members of the emergency services in green biohazard encapsulated suits afix the tent over the bench where a man and a woman were found on March 4 in critical condition at The Maltings shopping centre in Salisbury, southern England, on March 8, 2018 after the tent became detached. British detectives on March 8 scrambled to find the source of the nerve agent used in the "brazen and reckless" attempted murder of a Russian former double-agent and his daughter. Sergei Skripal, 66, who moved to Britain in a 2010 spy swap, is unconscious in a critical but stable condition in hospital along with his daughter Yulia after they collapsed on a bench outside a shopping centre on Sunday. / AFP PHOTO / Ben STANSALL (Photo credit should read BEN STANSALL/AFP/Getty Images)

El exagente doble Serguéi Skripal -que, se cree, aún colaboraba con los ingleses- fue envenenado el 4 de marzo en Salisbury junto con su hija. Los hallaron en un banco público. El Gobierno inglés confirmó que el veneno era Novichok

Putin, por su parte, quería que a su país se lo volviera a tratar como una superpotencia. Su postura se endureció. Los diplomáticos occidentales pasaron a ver cómo se les impedía el acceso a unas instalaciones que habían tenido abiertas durante tiempo. La desconfianza fue creciendo año tras año. En abril de 2008, un diplomático británico se lamentó de que habían intentado aclarar con los rusos cuestiones sobre el Novichok, pero que todos los esfuerzos habían sido «infructuosos».

Según aseguran los servicios secretos británicos, Putin decidió «producir y almacenar pequeñas cantidades de Novichok». Y es de esas reservas de donde procedería la toxina que usaron quienes quisieron asesinar a Serguéi Skripal y su hija.

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