Suecia, convertido por los suecos en el país más feminista e igualitario del mundo a base de hábitos, cultura y ayudas económicas, un modelo que también está siendo cuestionado por ellos mismos. Por Carlos Manuel Sánchez

Suecia exporta feminismo. Su ley contra la trata y la prostitución, que penaliza al cliente y considera a la mujer una víctima, se considera modélica. Lidera la tasa de empleo femenino. En fin, su estatus de ‘superpotencia moral’ era algo asumido.

De pronto, el mito se tambalea. Es el país de la UE con más denuncias por abuso sexual y violación. Unas estadísticas quizá lastradas porque desde hace mucho más tiempo que en la mayoría de los países -y mucho antes del #MeToo– se anima a las mujeres a no callar ante una agresión ni aguantar durante años el maltrato. Y por el alcance de la ley, mucho más amplia que en otros países. El sexo sin consentimiento se considera violación, aunque no haya amenazas ni uso de la fuerza. Un escándalo de acoso ha salpicado incluso a la Academia que elige el Premio Nobel de Literatura. La diferencia salarial entre hombres y mujeres todavía es del 13 por ciento y el país ha caído del primer al quinto puesto en el ranking que mide la brecha de género del Foro Económico Mundial (España está en el 24).

Suecia, con diez millones de habitantes, ha acogido a 150.000 refugiados desde 2015. Pero las últimas elecciones generales la han dejado sumida en la parálisis -empate entre los partidos tradicionales- y en un profundo examen de conciencia, con el ascenso de la extrema derecha, que quiere imponer sus condiciones al nuevo Gobierno y culpa a los extranjeros del aumento de asaltos sexuales y, en general, de todos los males. «Pero no es un problema del hombre blanco ni del hombre de color, es un problema del hombre», puntualiza Leila Trulsen, activista de un grupo feminista. «En el fondo aletea el terror a perder la identidad. Y la identidad sueca es el generoso estado del bienestar, que aquí no se percibe como una red de seguridad, sino como un nido que todos han construido juntos y del que todos se benefician», explica la socióloga Vanessa Barker en The New Yorker. El auge del neofascismo sería una especie de reacción alérgica ante la amenaza de quedarse sin algo valioso por lo que pelearon los abuelos -y las abuelas- de los padres de hoy; y que estos daban por sentado que disfrutarían sus hijos.

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