Texto de Juan Eslava Galán

Cervantes, el ganador de la gran encuesta literaria

Descarte el lector por un momento esa imagen que tiene de un Cervantes amable, bondadoso y baqueteado por la vida, ese Cervantes otoñal que escribió el Quijote, e intente verlo como un impetuoso muchacho de veintidós años que desafía a un tal Antonio Sigura en un duelo a espada que recordaría muchos años después en su Persiles («… y le di dos cuchilladas en la cabeza muy bien dadas, con lo que le turbé de manera que no supo lo que le había acometido… la sangre le corría por la cabeza de una de las dos heridas»).

Cree el joven Cervantes que su oponente ha muerto. Apresuradamente arranca un puñado de hierba de la que crece en la calle, limpia la hoja de la espada, la envaina y huye al amparo de la noche antes de que lo sorprenda la ronda del Alcázar.

El duelo está prohibido y el homicidio se castiga con la muerte, especialmente si la riña ha ocurrido cerca del Alcázar Real, donde, por respeto al monarca, está prohibido llevar armas.

Un duelo para lavar con sangre la honra de su hermana

¿Por qué ha desafiado el joven Cervantes al tal Sigura? Probablemente, por defender el buen nombre de su hermana mayor: Andrea de Cervantes. Las mujeres de la familia del escritor no siempre gozaron de fama de honestas (de hecho, las conocían despectivamente como ‘las Cervantas’). En el tiempo del duelo, Andrea, ya madre soltera (había tenido una hija con un tal Nicolás de Ovando), era amante de un rico gentilhombre genovés, Giovanni Francesco Localedo, al que atendió como enfermera de su padre, el cirujano Rodrigo Cervantes, cuando el genovés pasó un tiempo bajo el techo familiar mientras sanaba de sus heridas (seguramente recibidas en otro duelo).

Repare el lector en que la exigente honra se lavaba entonces con sangre. Por eso las cuestiones de honor se reiteran en el teatro, el gran entretenimiento, pero también la escuela de comportamiento de los españoles. Para defensa del honor solían portar espada e incluso daga. «Con más fierros que Vizcaya», pondera Quevedo a un pícaro muy armado.

miguel de cervantes

Miguel de Cervantes en la batalla de Lepanto, Por Augusto Ferrer-Dalmau

A Cervantes le interesaba la esgrima, en su doble faceta de deporte y defensa, como prueban sus alabanzas del famoso maestro Carranza en el Quijote y en Rinconete y Cortadillo.

Cervantes huye de la justicia para que no le corten la mano

En este su primer lance de armas, Cervantes tuvo suerte. Antonio Sigura no murió, pero los jueces condenaron al agresor a cierta pena en un proceso que se ha perdido. Como el joven Cervantes no compareció, fue condenado en rebeldía, con agravantes, y la Justicia emitió una Real Provisión firmada por Felipe II: «Contra un Myguel de Çerbantes, absente, sobre razón de haber dado çiertas heridas en esta corte A Antonio Sigura, andante en esta corte, sobre lo cual El dicho Myguel de Çerbantes, por los dichos nuestros alcaldes fue condenado A que con berguença publica le fuese cortada la mano derecha y en destierro de nuestros Reynos por tiempo de diez años».

Perder la mano diestra, la que empuña la espada, y la pluma, no era asunto baladí. En vano buscaron a Cervantes los alguaciles: el muchacho había huido a Italia.

El joven Cervantes se embarcó a Italia, que entonces era la tierra más culta de la cristiandad, la más adelantada en cualquiera de las bellas artes en plena eclosión renacentista.
Cervantes se empleó durante un año en Roma como criado del cardenal Julio Acquaviva, a cuya sombra entraría en contacto con los clásicos Horacio y Virgilio, con sus descendientes italianos: Dante, Petrarca, Boccaccio… y con el novedoso género novelístico, todavía en formación.

Podía haber hecho carrera en la literatura, pero al espíritu inquieto y aventurero de Miguel lo tentó la vida de las armas. En septiembre de 1571 tomó el camino de Nápoles, acompañado por su hermano Rodrigo, para embarcar en la expedición naval de la Santa Liga (España, Estados Pontificios, Venecia, Malta y Génova) que iba a enfrentarse a los turcos.

Hemos de imaginar la emoción del joven Cervantes embarcado para participar en la más alta ocasión que vieron los siglos y esperan ver los venideros. El domingo 7 de octubre, las dos escuadras se avistaron en el golfo de Lepanto. Las fuerzas podrían considerarse equilibradas: los cristianos alineaban 207 galeras, 6 galeazas y unos 90.000 hombres entre marineros, soldados y remeros; los turcos, 221 galeras, 38 galeotes y 18 fustas. Eran, sin embargo, inferiores en artillería (750 cañones, frente a los 1215 cristianos).

Cervantes era soldado bisoño. No le correspondía formar parte de la tropa de asalto, los veteranos o «aventajados», sino de la defensiva. Aunque en el momento de la batalla padecía fiebres, por lo que yacía en un camastro bajo cubierta, solicitó un puesto de combate. Quizá temió morir ahogado si el espolón de una galera turca abría una vía de agua en su cámara, pero los admiradores de Cervantes preferimos pensar que lo hizo por patriotismo. El capitán le asignó un puesto en el esquife, la barca de a bordo que durante la batalla servía de plataforma desde la que arcabucear al enemigo en posición elevada.

Es dudoso que Cervantes manejara un arcabuz. Más bien le asignarían la labor de recargar los de los arcabuceros profesionales y la de arrojar piñas o alcancías incendiarias contra la nave enemiga. Que la posición del esquife era arriesgada lo demuestra el hecho de que en ella Cervantes recibió tres metrallazos: dos en el pecho y otro en la mano izquierda, que, una vez sanada, le quedó inútil.

Pasados los años, en 1578, cuando Cervantes era cautivo en Argel, su padre elevó al Gobierno un interesante documento, en el que leemos: «En la dicha batalla naval estaba el dicho Miguel de Cervantes con calentura, y unos amigos suyos le dijeron que, pues estaba tan malo, que se metiese debajo de la cubierta de la galera, pues no estaba sano para pelear; y el dicho Miguel de Cervantes respondió que no hacía lo que debía metiéndose so cubierta, sino que mejor era morir como buen soldado, en servicio de Dios y del Rey. Y así peleó como valiente soldado en el lugar del esquife, como su capitán le mandó. Y después de la batalla, sabido por el señor don Juan de Austria cuán bien le había servido, le acrescentó cuatro ducados más de su paga».

Cervantes cae prisionero de los corsarios

Después de Lepanto, ya ascendido a soldado aventajado, Cervantes continuó en la milicia en la compañía de Ponce de León y probablemente intervino en las conquistas de Novarino, Túnez, La Goleta y Corfú con periodos intermedios de descanso en los cuarteles de Sicilia, Cerdeña y Nápoles.

En aquel tiempo, Cervantes, que ya cumplía los 28 años, no pensaba ser escritor, sino hacer carrera en los tercios. En busca de promoción regresó a España para solicitar una patente de capitán. Provisto de cartas de recomendación de don Juan de Austria y del duque de Sessa, se embarcó para Barcelona en la galera Sol con tan mala fortuna que cayó en manos de corsarios berberiscos que lo condujeron cautivo a Argel, una base pirata bajo la protección de los sultanes otomanos.

El gran negocio de los piratas argelinos consistía en secuestrar cristianos y pedir rescates a sus familias. Las cartas de personas importantes que Cervantes llevaba consigo aconsejaron a los piratas pedir quinientos ducados, un crecido rescate que la familia tardó cinco años en reunir. En estos años de cautiverio, el carácter aventurero de Cervantes se manifestó en la organización de varios intentos de fuga, que resultaron fallidos. Su dueño, que en el fondo lo apreciaba, perdió la paciencia y pensó enviarlo a Constantinopla, de donde le hubiera sido prácticamente imposible escapar. Faltaban pocos días para su marcha cuando finalmente llegaron frailes trinitarios que traían el rescate.

Su último sueño aventurero: buscar fortuna en América

Salvado por la campana, Cervantes regresó a España y en vista de que sus empeños militares no progresaban pensó, atraído por su amor a las letras, hacerse autor de comedias. Instalado en Madrid, frecuentó cenáculos literarios e incluso amistó con Lope de Vega, el autor de moda, quince años más joven que él. La amistad terminó como el rosario de la aurora y los dos autores intercambiaron invectivas sobre sus respectivas obras.

Sintiéndose fracasado en la vida (¿acaso no se malograban todas sus empresas?), Cervantes se avino a abandonar su vida aventurera por la tranquila existencia de la aldea. Con este propósito contrajo matrimonio con Catalina de Salazar, una propietaria agrícola de Esquivias, a la que doblaba la edad. El matrimonio no fue bien. Seguramente, su espíritu aventurero se adaptaba mal tanto al matrimonio como a la monotonía de un pueblo toledano. Huyendo de ese aburrimiento, obtuvo trabajos que lo obligaban a viajar, primero como comisario de la Armada Invencible y después como recaudador. Su torpeza con las cuentas lo llevó a visitar la cárcel de Sevilla. Finalmente intentó el supremo gesto aventurero de buscar fortuna en América. ¿No era demasiado mayor para eso? Quizá lo era para soldado, pero no para funcionario, pongamos por caso recaudador en el nuevo Reino de Granada o gobernador de la provincia de Soconusco… Todos, sueños incumplidos: el funcionario que debía darle el permiso lo rechazó escribiendo al margen de su instancia: «Búsquese acá en qué se le haga merced».

Cervantes se retrajo a vivir un poco de corretajes comerciales, un poco de letras, un poco del auxilio de ‘las Cervantas’. Y en esa trabajosa vejez nació, como una sombra de su propio yo, del sustrato de su agitada vida, el inmortal Quijote.

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