Manfred von Richthofen derribó ochenta aviones durante la Primera Guerra Mundial y se convirtió en un mito. Aristócrata, ególatra y acomplejado, recordamos sus luces y sombras a los cien años de la muerte del Barón Rojo. Por Juan Eslava Galán/ Fotos Getty Images y Cordon Press

1918. Primera guerra mundial. Desde arriba, en los cielos de Francia, la guerra era todavía un torneo entre caballeros como hacía quinientos años. El piloto alemán -conocido por Barón Rojo– que había derribado diez aparatos enemigos ingresaba en el exclusivo club de los Experten, los ases.

En su primera incursión perdió de una tacada catorce hombres. Fue ‘condenado’ a intendencia

Sin embargo, dos años antes nada hacía sospechar que Manfred von Richthofen, aquel joven junker (miembro de la antigua nobleza prusiana) que abrazaba la milicia por tradición familiar, estuviera destinado a ser el as más famoso de la guerra.

En 1915, las ametralladoras y las alambradas habían acabado con el romanticismo de la guerra. En su debut como oficial, el joven Richthofen cargó lanza en ristre contra un destacamento francés armado de fusiles de repetición y perdió de una tacada catorce hombres, lo que lo devolvió bruscamente al prosaico siglo XX.

Fighter squadron of Richthofen: (l-r) Vice Sergeant Sebastian Festner, Lieutenant Karl Emil Schafer, Lieutenant Manfred Freiherr von Richthofen, Cavalry Officer Lothar Freiherr von Richthofen, Lieutenant Kurt Wolff, in 1916. Photo: Berliner Verlag/Archiv

Con 24 años ya era jefe de escuadrilla. Comandaba a 13 pilotos. En la fotos, como esta de 1917, posaba (en el centro) desafiante y orgulloso

Richthofen se vio de pronto aparcado en un anodino almacén de intendencia, un destino humillante para un junker prusiano. Contando calcetines y cantimploras no se ganaba la Blauer Max, la más alta condecoración a la que aspiraban los jóvenes de su clase.

Capricho aristócrata

Un día pasó sobre su cabeza una escuadrilla de aviones camino del frente, de la gloria. La aviación era un arma joven y prometedora que daba sus primeros y vacilantes pasos. Muchos aviadores procedían de la aristocracia, jóvenes pudientes que antes de la guerra se habían encaprichado con aquellos cacharros y habían aprendido a volar.

El curso de aviación era breve. El piloto terminaba su aprendizaje en el aire, entre las ráfagas del enemigo. El joven Manfred voló primero como observador en el frente oriental, sobre las líneas rusas, en un avión biplaza pilotado por otro. Su cometido principal era detectar los blancos y señalárselos a la artillería.

Baron Rojo

Siguiendo la tradición familiar, ingresó en la escuela militar muy joven (a los 11 años). Su hermano Lothar también fue aviador y derribó cuarenta aviones enemigos.

Richthofen obtuvo el título de piloto en la Navidad de 1915. Lo enviaron a patrullar los cielos de Verdún en un flamante monoplano Fokker. Desde su altura, las trincheras parecían costurones de la tierra animados por un hervor de hormiguero. La infantería, el proletariado de la guerra, chapoteaba en el barro hediondo, entre ratas y cadáveres despedazados e insepultos.

En su diario se muestra como un depredador implacable que jamás se apiadaba del enemigo

El novato Von Richthofen destrozó dos aparatos al aterrizar, un comienzo nada prometedor que le valió un traslado al frente ruso, donde lo relegaron al bombardeo y ametrallamiento de la infantería enemiga, labores que desempeñó con eficacia y entusiasmo (deja prueba de ello en su diario). Con ello, Richthofen se ganó su traslado a la prestigiosa escuadrilla de Oswald Boelcke, en el frente occidental, donde cobraría justa fama por su arrojo y su infalible puntería ejercitada como cazador en los bosques familiares.

Competidor nato

Las victorias no se ganaban fácilmente en el aire. Se exigía la probanza de algún testigo. Richthofen había reclamado dos derribos que no se le anotaron. El 17 de septiembre 1916 derribó un aparato de observación británico y no se lo pensó dos veces, aterrizó cerca de su víctima y le arrancó la ametralladora como prueba irrefutable de su victoria. El alto mando debería haberlo arrestado por poner en peligro su valioso aparato, pero el pundonor del joven piloto se valoró favorablemente. A esa victoria siguieron otras dos en pocos días.

Baron Rojo

Ganó las máximas condecoraciones alemanas de la Primera Guerra Mundial

La foto de Richthofen comenzó a aparecer en las revistas ilustradas. El joven prusiano, que quizá había crecido con cierto complejo debido a su insatisfactoria estatura, posaba altivo, piernas abiertas, brazos en jarras. Su ego se hinchaba como un globo dentro de la guerrera entallada del uniforme. Aunque algunos pilotos caballerosos respetaban al enemigo herido o bisoño. Él nunca incurrió en manifestaciones de piedad. En su diario descubrimos a un depredador implacable, un adicto a la adrenalina que jamás se apiada del enemigo.

Una chulería

En 1916 tuvo un golpe de suerte. El jefe de escuadrilla Boelcke se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en el que se golpeó la cabeza mortalmente. Había olvidado atarse el cinturón de seguridad. Richthofen lo sucedió como jefe de escuadrilla. Pronto superaría los cuarenta derribos de su maestro.

Baron Rojo

Aunque el mando aconsejaba pintar los aviones con colores apagados, fáciles de camuflarse en tierra, a Richthofen -convertido ya en un piloto certero y frío que cosechaba fáciles victorias y presentado por la propaganda alemana como as indiscutible de los cielos- se le consintió la chulería de pintar su Fokker de rojo escarlata, por lo que pronto fue conocido como el Barón Rojo. El resto de la escuadrilla lo imitó, cada cual con su color favorito, y en adelante fue conocida como el Circo Volador de Richthofen.

En julio de 1917, una bala le rozó la sien. Un segundo antes de perder el conocimiento logró aterrizar detrás de sus líneas. ¡Richthofen, derribado! Conmoción nacional. Una furgoneta no bastó para cargar las cartas que recibió durante su convalecencia. Tanta atención halagaba su ego, pero la conciencia de su vulnerabilidad le hizo ver que la guerra no era un simple deporte de riesgo.

Baron Rojo Caballero del aire

En 1917, una bala le dio en la sien. Logró aterrizar antes de perder el conocimiento. fue toda una conmoción en Alemania

De vuelta a la faena declaró que, aunque fuera el as máximo, con cincuenta y siete derribos, confiaba en alcanzar pronto los cien. Boelcke había dictado unas normas que eran fielmente observadas por la escuadrilla, entre ellas jamás volar bajo sobre territorio enemigo. Richthofen olvidó esa precaución el 21 de abril de 1918 empeñado en derribar a un adversario que volaba bajo. Alcanzado en el corazón por una bala disparada desde tierra cayó cerca de Vaux-sur-Somme, detrás de las líneas aliadas. Los pilotos británicos le dispensaron un solemne funeral. «Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Descanse en paz».

Privado de su comandante, el Circo Volador fue sucesivamente dirigido por Wilhelm Reinhardt y Hermann Göring, un ambicioso aviador que llegó a ser ministro del aire del Tercer Reich y mano derecha de Hitler.

QUIÉN DERRIBÓ AL BARÓN ROJO

Baron Rojo caballero del aire

Se cree que la bala que mató a Richthofen procedía de la ametralladora del soldado australiano William John Evans o de la del sargento Popkin, que dispararon contra el avión cuando los sobrevolaba. El proyectil le atravesó el hígado, los pulmones y el corazón y le seccionó la arteria aorta y la vena cava. Tardaría unos dos minutos en morir, los suficientes para conseguir un aterrizaje de emergencia.

PARA SABER MÁS

El Barón Rojo. Manfred von Richthofen, de J. Eduardo Caamaño. Editorial Almuzara.

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