En 1808, Napoléon era el amo de Europa. Trabajaba casi 20 horas diarias y llegaba a pasar hasta tres días sin dormir. Sin duda era un guerrero, pero, sobre todo, fue un gran manipulador.

Cuatro millones de personas murieron en las guerras napoleónicas; las bajas producidas en sus batallas no se superaron hasta las guerras mundiales del siglo XX.

Napoleón Bonaparte (Ajaccio, 1769) fue políticamante ambivalente, dispuesto a servir a Dios y al diablo. Mucho antes de proclamarse emperador de Francia en 1804, destacó por su notable habilidad para influir en los hombres y hacer que actuaran según sus objetivos. Poseía una rara combinación de talento matemático y soberbia memoria. Tras incontables batallas ganadas, cometió su mayor error: intentar invadir Rusia en 1812. Perdió medio millón de hombres, y en 1814 Gran Bretaña, Prusia, Austria y Rusia invadieron Francia.

Obligado a abdicar, se exilió en la isla de Elba, pero en 1815 regresó y libró su última campaña, los Cien Días, que acabó con su derrota en Waterloo. Exiliado esta vez en la isla de Santa Elena, murió en 1821, se cree, envenenado. Sus biógrafos subrayan su gran tesón y energía, pero lo que le movía, lo que generaba su incesante actividad y ambición, era otra característica, la más común en los grandes guerreros: la vanidad.

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