Gertrude Bell, arqueóloga y espía británica, creía en ‘construir naciones’  y trazó con lápiz y regla las fronteras  de Irak pensando en el interés británico. Un Gobierno estable que no pudo trazar sobre la arena del desierto.Por J.F/Fotos: Cordon Press

Durante la Primera Guerra Mundial, Gertrude Bell trabajó para la Inteligencia británica. Medió con los líderes árabes para que estos se levantasen contra los turcos (enemigos de los ingleses) y así acabar con el Imperio otomano. A cambio, los británicos les prometieron un estado árabe independiente, pero de la promesa no quedó nada. Un acuerdo secreto anglofrancés hizo que los restos del Imperio otomano se los repartieran entre ambas potencias.

Gertrude Bell: ¿cómo se hizo el reparto de Irak? 2

Bell pertenecía a una de las familias más ricas de Inglaterra, pero escapó a las imposiciones de la sociedad victoriana.

Al final de la guerra, Bell -defensora de la teoría de la ‘construcción de naciones’- recibió el encargo de configurar los límites del nuevo Irak, bajo dominio británico. Durante días se encerró en su despacho rodeada de mapas y documentos, trazando con lápiz y regla las fronteras que han perdurado hasta hoy.

Bell creía en ‘construir naciones’ y trazó con lápiz y regla las fronteras de Irak pensando en el interés británico

Bell quería «unir a todos bajo a una misma bandera», pero asegurándose de responder a los intereses británicos. Para ello, Irak debía abarcar las zonas ricas en petróleo del Kurdistán, las fértiles tierras bañadas por los ríos Tigris y Éufrates y garantizar la salida al golfo Pérsico (de gran interés para la India). Para ello incluyó en las lindes la región norteña de Mosul, de mayoría kurda; la zona central de Bagdad, de mayoría suní; y al sur, Basora, de mayoría chií; regiones donde también había y hay minorías de yazidíes y de cristianos. Este «equilibrio impuesto» de etnias, entre las cuales se privilegió a los suníes, y la decisión de impedir un estado del Kurdistán independiente, por el hecho de ser una zona rica en petróleo pero sin considerar a la población kurda (que nada tenía que ver con los árabes), siguen hoy pesando sobre la memoria de Bell. Y sobre la geopolítica internacional actual.

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(De iz. a dcha.) Samuel, Gertrude Bell, y T.E. Lawrence, en abril 1921.

Y es que, pese a la pasión que mostraba por Oriente, en Bell primaba el espíritu imperialista y no dudaba en asegurar que «el árabe era como un niño muy viejo» que no podía gobernarse solo. Fue su amigo Lawrence de Arabia quien acabó convenciéndola de defender para los iraquíes un Gobierno árabe. En la Conferencia de El Cairo, convocada en 1921 por el nuevo secretario de Colonias, Winston Churchill, Lawrence y Bell harán todo lo posible para que el príncipe Faisal sea aceptado como primer rey de la nueva monarquía iraquí (pese a ser un emir hachemita que no había pisado nunca Irak). Faisal I fue entronizado en 1921 y llevó al país a su independencia total de Inglaterra en 1932. El estado ‘creado’ por Bell no gozó de estabilidad. Golpes de Estado, una ofensiva nazi, la toma de poder del Partido Baas -suní- en 1968 y el ascenso dentro de él de Sadam Huseín hasta ser presidente en 1979. Se aferrará al puesto hasta su derrocamiento, en 2003. Su caída tampoco trajo el ansiado Gobierno estable, unificado y en paz que soñó Gertrude Bell, pero que no supo trazar sobre la arena del desierto.

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