La falta de atención no es solo cosa de niños: los psicólogos ya estudian cómo reacciona el cerebro a la distracción

Los psicólogos describen los continuos estímulos externos que nos distraen como una pequeña inyección de energía que activa nuestro mecanismo de la adicción. Cada aviso que suena en nuestros móviles puede suponer una oportunidad para nuestro progreso social, sexual o económico. Y el cerebro se sobreexcita. Recibimos múltiples “minigratificaciones” de ese tipo. Su efecto conjunto es muy poderoso y resulta muy complicado resistirse a él.

La mente errabunda: cómo reacciona el cerebro a la distracción

1. El córtex prefrontal es el centro de gobierno del cerebro. Analiza los estímulos exteriores y se encarga de reaccionar en consonancia. De esa manera, el cerebro puede atenuar la percepción de aquellos elementos que provoquen distracción y mantener la concentración durante periodos prolongados.

2. El sistema límbico participa en el control de los procesos conductuales e intelectuales. Pequeñas distracciones, como el aviso acústico de la llegada de un nuevo e-mail, un “Me gusta” de Facebook o de un tuit hacen que el centro de las emociones del cerebro ponga en marcha la liberación de neurotransmisores como la dopamina, la llamada “hormona de la felicidad”.

3. El efecto gratificante de la dopamina hace que la persona se distraiga con más facilidad y que el córtex prefrontal se vuelva menos activo.

Un caso concreto: el de un asesor fiscal

La psicoterapeuta alemana Anna Höcker -especializada en tratar trastornos relacionados con la concentración- cuenta el caso de un asesor fiscal de 40 años, casado y con dos hijos que llegó a su consulta. El paciente pasó años sin terminar de tramitar casos y dejando pasar los plazos, motivo por el cual acabó en los tribunales. Buscó ayuda médica cuando iba a perder el trabajo. Un caso grave. Y lo peor es que, en realidad, se pasaba el día en la oficina.

¿Cómo es posible? “Todos los días se proponía rematar un caso”, cuenta Höcker. “Pero luego pensaba que otro caso podría ser más urgente”, así que movía los expedientes y se perdía en tareas triviales.

Los psicólogos fijaron dos sesiones diarias con el asesor fiscal, en cada una de las cuales debía sentarse con los documentos sobre el escritorio. El café tenía que estar listo y el móvil, apagado. Solo entonces le permitían empezar con el trabajo propiamente dicho.

Al cabo de 20 minutos, alto. Tiempo, boli fuera… no le permitían trabajar más. Si conseguía mantener la constancia durante ese tiempo y lo empleaba de forma productiva, le iban permitiendo trabajar cada vez un poco más.

“La idea es impedir que los pacientes sigan pensando que, en caso de necesidad, son capaces de trabajar diez horas seguidas”. Porque en realidad no pueden hacerlo; de hecho, casi nadie puede.

El asesor fiscal pronto manifestó su descontento con la terapia. ¿Qué sentido tenía parar a la media hora si podía seguir trabajando? Los terapeutas habían alcanzado su meta: se había dado cuenta de lo valioso que era su tiempo de trabajo.

“El objetivo de nuestra terapia no es aumentar la eficiencia de las personas en sus empleos dice Höcker. De lo que se trata es de recuperar su calidad de vida”. Lo que indirectamente redunda en su eficacia.

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