La neuróloga Suzanne O’Sullivan busca que las enfermedades psicosomáticas sean del todo reconocidas. Estos cuatro casos, tratados por ella, tenían disfunciones físicas provocadas por trastornos psicológicos. Por Daniel Méndez

Yvonne. El caso de la mujer ciega que en realidad veía

Cuando sus seis hijos alcanzaron la mayoría de edad, Yvonne decidió buscar trabajo. Un día, un compañero roció accidentalmente sus ojos con espray limpiacristales. Al día siguiente perdió por completo la visión. Siguieron meses de exámenes médicos, pero no encontraban ninguna anomalía. Los médicos dudaban de su historia: aunque aseguraba no ver nada, sus ojos reaccionaban involuntariamente a estímulos visuales. Aceptó ir a un psiquiatra. Unos meses más tarde recuperó la visión. La causa de la ceguera no era el espray, sino el estrés provocado por un marido controlador.

Shahina. “Doctor, ¿me esta diciendo que estoy loca?”

Todo empezó con un accidente tonto: un compañero le pisó la mano. Tras llevar el brazo en cabestrillo, recuperó la normalidad. Pero a la semana sintió unos calambres y sus dedos índice y corazón se encorvaron. Ni el fisioterapeuta ni las radiografías revelaban nada anormal. Cuando la doctora O’Sullivan la vio, todos sus dedos estaban afectados. Distonía focal, pensó: una enfermedad que contrae los músculos. Le inyectó toxina botulínica. La mejoría fue inmediata. Pero no encajaba: el bótox tarda días en surtir efecto. La causa debía de ser psicológica. “¿Cree que estoy loca?”, gritó Shanina. Protestó al hospital y nunca volvió.

Matthew. Cuando la hipocondría se ‘contagia’ en Internet

Cuando la hipocondría se ‘contagia’ en Internet. “Tengo esclerosis múltiple”, dijo Matthew, sentado en su silla de ruedas, al conocer a la doctora. Él mismo se había autodiagnosticado tras buscar en Internet sus síntomas, que comenzaron con unos pinchazos en el pie. Descartaron la diabetes o problemas vertebrales, pero su situación empeoró y perdió la fuerza en sus piernas. No fue fácil convencerlo para que visitara a un psiquiatra. Pero aceptó… y funcionó. Poco a poco, con ayuda de un fisioterapeuta, recuperó la movilidad. Los psicoterapeutas encontraron causas psicológicas relacionadas con su familia.

Camilla. En busca del trauma perdido

“¿Se da cuenta de lo humillada que me siento?”. De familia acomodada y con un trabajo exitoso, Camilla reaccionó mal cuando le dijeron que sus ataques se debían a convulsiones disociativas, es decir, de origen psicológico. “Yo no soy de esas personas”. Incluso llegó a decir que hubiera preferido un tumor cerebral. Los ataques no seguían un patrón fijo. Tardaron en comprender la causa. Pero apareció cuando el marido de Camilla reveló que, en realidad, había habido otro ataque tiempo atrás. Ese trauma había desencadenado todo.

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