Un periodista de ‘The Guardian’, James Bloodworth, se propuso un reto: experimentar en carne propia cómo es trabajar en los empleos peor remunerados… Por James Bloodworth

Un mes lo hizo como recogedor de pedidos en un almacén de Amazon en Inglaterra. El resultado de las condiciones laborales de Amazon es el polémico libro Hired: six months undercover in low-wage Britain (Contratado: seis meses encubierto en la Gran Bretaña de sueldos bajos), del que publicamos algunos extractos.

“Existe un eufemismo para casi todo. Al almacén lo llaman ‘centro de realización’. Tampoco hay jefes ni trabajadores: todos somos asociados. Si te despiden, te ‘liberan'”

Son las seis y cuarto de la tarde y la sirena acaba de sonar avisando que es la hora del almuerzo -seguimos llamándolo almuerzo, aunque nos lo sirvan a las seis de la tarde-: un ruido estruendoso que los altavoces llevan hasta el último rincón del almacén gélido y desangelado.

Mientras hago cola con las manos en los bolsillos a la espera de salir, un fornido guardia de seguridad hace un gesto indicándome que levante los brazos. «Vamos de una vez, campeón, no tengo toda la tarde», dice.

En la parte delantera de la cola se produce un barullo, una discusión entre uno de los guardias de seguridad y un joven rumano. El motivo: la presencia de un teléfono móvil.

trabajar en amazon, condiciones laborales precarias

“Según el podómetro que llevo en la muñeca, ando 15 kilómetros al día. Recojo 180 artículos por sesión. Nos encuadran en un ranking de mayor a menor según la rapidez…”

El guardia de seguridad: «Sabes que no está permitido entrar con el móvil. Te lo dijeron el primer día. Voy a decírtelo por enésima vez. Prohibido. Entrar. Con. El. Móvil. ¿Comprendido? Y bueno, ahora tengo que decírselo a tu superior».

En el lugar impera una atmósfera carcelaria, o eso me parece. La mayor parte de las normas tienen que ver con el hurto. El cruce entre los enormes arcos metálicos puede llevarte 15 minutos. No te pagan el tiempo que pasas esperando a que te registren los bolsillos. En el almacén está prohibido llevar prendas con capucha, también gafas de sol. «Porque igual tenemos que miraros los ojos, por si la noche anterior estuvisteis bebiendo más de la cuenta», nos avisó en tono ominoso una mujer corpulenta el primer día de trabajo. «Los ojos siempre te delatan».

Así es la vida en Amazon, una de las mayores empresas de ventas minoristas del mundo. Mi trabajo es el de recogedor de pedidos en uno de sus centros de distribución -del tamaño de diez campos de fútbol-, situado en el condado inglés de Staffordshire. En el almacén trabajan 1200 personas. La mayoría procede de Europa del Este, de Rumanía sobre todo. Los rumanos encuentran inexplicable que un inglés esté dispuesto a rebajarse haciendo un trabajo tan cutre como este.

El almuerzo tiene lugar a mitad del turno de diez horas y media. Una de las ventajas del trabajo es la comida relativamente barata y las máquinas expendedoras de café y té gratuitos. Carne picada, patatas fritas o al horno con una lata de bebida y una chocolatina Mars por 4 libras con 10 peniques [4,70 euros]. El problema es encontrar el tiempo para comer y beber. Nos dan media hora para el almuerzo, pero, cuando por fin logras llegar a la cantina y abrirte paso entre el gentío de trabajadores, tan solo te quedan 15 minutos para emprender el largo camino de regreso al almacén. Hay dos o tres encargados que siempre están esperando a que vuelvas a tu zona de trabajo y no pierden ocasión de vociferar a quien lo hace con 30 segundos de retraso. «Hoy te lo has tomado con calma a la hora de comer, ¿eh? No te pagamos para que estés sentado de palique con los colegas».

“Cada uno de nosotros lleva un dispositivo en la mano que informa de nuestros movimientos”

Cuando llevo una semana, una chica me agarra por el brazo, y me dice que quiere hacer las maletas y volver a Rumanía. «Esto es odioso; este lugar es odioso», sisea por entre sus dientes mellados.

El gigantesco almacén de Amazon es una estructura colosal, en forma de caja de zapatos, con cuatro pisos. La plantilla de Amazon también está dividida en cuatro grupos. Los hay que comprueban y desembalan los pedidos que llegan; están quienes almacenan los productos en los estantes; existe otro grupo -del que formo parte- encargado de recoger los pedidos; y al final, los empleados que embalan los artículos para su entrega. La labor de un recogedor de pedidos consiste en recorrer los pasillos seleccionando los artículos alineados en los estantes y ponerlos en unas grandes cajas de plástico amarillo, los ‘cofres’. Hay que desplazar estos cofres sustentados en unos carritos con ruedas y enviarlos hacia abajo por unas cintas transportadoras. En una jornada normal, se espera de ti que envíes unos 40 cofres por las cintas transportadoras, y cada uno de ellos está atiborrado de libros, deuvedés y artículos de todo tipo.

Cada uno de nosotros lleva un dispositivo electrónico en la mano que informa de nuestros movimientos. En un lugar desconocido del almacén, un jefe de sección a cargo de diez o doce operarios está tecleando órdenes en su ordenador. Unas instrucciones que terminan por llegar a nuestros dispositivos: «Por favor, diríjase al mostrador de recogida ahora mismo» o «Su índice está siendo más bajo durante la última hora. Por favor, vaya más rápido». Nos encuadran en un ranking según la rapidez con que recogemos los artículos de los estantes y llenamos los cofres. Por poner un ejemplo, durante la primera semana me hicieron saber que, atendiendo al índice de productividad, yo estaba en el 10 por ciento inferior.

Las paredes del almacén de Amazon están decoradas con lemas destinados a que te sientas a gusto y con fotografías de unos obreros cuyos semblantes luminosos dejan bien claro que en este trabajo todo el mundo se lo pasa en grande. Nos encanta venir al trabajo y lo echamos de menos cuando no estamos aquí, proclama la efigie en cartón a tamaño natural de una mujer.

De forma parecida, a casi todo se le asigna un eufemismo. El mero hecho de llamar ‘almacén’ a este almacén constituye una infracción. El primer día nos hicieron saber que a partir de ahora el edificio iba a recibir el nombre de ‘centro de realización’ o CR, para abreviar. Aquí no te despiden o te ponen en la calle; lo que hacen es ‘liberarte’. También han sido eliminadas las categorías como ‘jefe’ y ‘trabajador’; aquí todos somos ‘asociados’, y da igual que estés en lo más alto o seas el último mono.

Entré a trabajar en Amazon a través de una agencia de empleo, Transline. Todos los contratos son temporales. Se supone que después de 9 meses en el tajo, Amazon bien te convierte en fijo, bien se desentiende de ti. En la práctica, tienes suerte si llegas a cumplir los 9 meses. Durante el primer día nos dijeron que si nos desempeñábamos «de forma sobresaliente», era posible que Amazon nos hiciera fijos. Sin embargo, a la vez nos dijeron que «ni se nos ocurriera tomarnos este empleo como un trabajo temporal».

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«La labor de un recogedor de pedidos consiste en recorrer los pasillos seleccionando los artículos alineados en los estantes y poniéndolos en unas grandes cajas de plástico amarillo, los ‘cofres’».

Según el podómetro que llevo en la muñeca, ando 15 kilómetros al día. El máximo que he llegado a recorrer es 20; el mínimo, 11. Después de unos días, los pies empiezan a asemejarse a dos maltrechos bloques de cera repasados con un rallador para el queso. Una cosa es andar 15 kilómetros cuando tienes los pies distendidos y has estado comiendo y durmiendo bien. Hacerlo durante 4 días seguidos, con pocas horas de sueño y una dieta de platos preparados es otra cosa muy distinta. Cuando empiezan a trabajar, los jóvenes rumanos, cordiales y con la mirada viva, están tan ocupados yendo de un lado a otro que ni tienen tiempo para enjugarse el sudor de la cara. Al cabo de unos pocos días, los encuentras tendidos sobre los carritos con ruedas, tratando de disfrutar de unos minutos de sueño sin que los encargados los vean.

Hacia el final de la primera semana, estoy recogiendo unos 180 artículos por sesión. Tampoco es que mi marca sea estratosférica. La muchacha rumana que asegura «odiar» el trabajo está llegando a los 230 artículos por sesión.

Al poco rato de entrar a trabajar en este lugar descubres que el aviso «nunca hay que correr» no tiene un sentido literal. Se trata de la ilusoria prohibición de algo que resulta imprescindible si no quieres que te pongan en la calle. Estás obligado a apresurarte, y mucho, si quieres cumplir. De forma parecida, está permitido hacer pausas para beber agua, pero alejarte en busca de un surtidor implica correr el riesgo de ‘ociosidad’, otra infracción que siempre están recordándote.

“Casi todas las normas tienen que ver con el hurto. El cruce de los arcos metálicos de seguridad puede llevarte 15 minutos, que no te pagan”

Se supone que hay bonificaciones para los recogedores con mejor rendimiento, pero no conozco a nadie que las haya obtenido. Hay un encargado que cada día nos recuerda los errores cometidos por nuestro turno el día anterior. Entre tales errores se cuenta no estibar las cajas del modo oportuno tras recoger un artículo o darse a una excesiva ‘ociosidad’. Esta tan aborrecida ‘ociosidad’ incluye cosas como ir al cuarto de baño. Para los que trabajamos en la última planta, los servicios más cercanos se encuentran cuatro pisos más abajo. Tan lejos, de hecho, que un día me tropecé con una botella llena de un líquido amarillento abandonada en un estante junto a una caja con adornos navideños.

Como he mencionado, las normas de Amazon no son unas normas de verdad. Un buen ejemplo de lo que quiero decir es el tiempo asignado para los descansos. En el curso de una jornada normal, los operarios tienen derecho a un descanso de media hora y a dos paradas de diez minutos. El descanso de media hora no te lo pagan, pero los dos más breves sí que están retribuidos. Las pausas de diez minutos en realidad suman un total de quince minutos, a los que han añadido cinco (que no te abonan) para el recorrido desde los rincones más alejados del almacén hasta la cantina. En la práctica hacen falta unos siete minutos para caminar desde la parte posterior del almacén (diez campos de fútbol, hay que recordarlo) y a través de los arcos de seguridad hasta llegar al área de descanso. Si agregamos el par de minutos que necesitas para volver al mostrador de recogida al final del descanso, la ‘pausa de diez minutos’ en realidad totaliza unos seis minutos.

En ningún momento me han facilitado un contrato, por lo que no tengo idea de mis derechos o de cualquier posible beneficio que pueda corresponderme. En lo tocante a mis compañeros rumanos, en su mayoría no tienen ni la más mínima idea de los derechos de un trabajador británico. Por muy mal que los traten, consideran que un régimen de este tipo resulta normal; sencillamente, así es como funcionan las cosas en Inglaterra.

Se puede comprar en Amazon

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El polémico libro de James Bloodworth –Hired. six months undercover in low-wage Britain– se puede comprar, sí, en la propia Amazon, de momento solo en inglés (Ed. Atlantic Books Ltd.).

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