Fue uno de los gurús de Silicon Valley, padre de la realidad virtual, asesor de Google y Microsoft… Ahora es un ‘renegado digital’, hasta el punto de pedir en su último libro que nos borremos de las redes sociales de inmediato. Por Helene Laube y Guido Mingels 

La figura voluminosa de Jaron Lanier entra en el café Leila de Berkeley, uno de sus locales favoritos. A sus 58 años, es uno de los más conocidos analistas y críticos de la economía digital y la cultura de Internet. Sus rastas, que le llegan casi hasta la cintura, cuelgan de su cabeza como los tentáculos de un pulpo. Llega tarde a la cita. Se disculpa y pide un bagel con queso fresco y piña, además de dos tazas de café.

XLSemanal. Señor Lanier, ¿no le da miedo que se hagan realidad sus predicciones? ¿Que «Facebook y Google influyan en las grandes democracias a través de la manipulación electoral»?

J.L. Sí que me preocupa. He estado hace poco en Brasil, antes de que eligieran a ese loco, y he visto con mis propios ojos cómo las redes sociales, y sobre todo WhatsApp -que pertenece a Facebook-, se han convertido en un arma política, en un ventilador de mentiras para ayudar a otro paranoico, exaltado, caprichoso, trastornado…

XL. Lo está describiendo usted con mucho tacto…

J.L. … y autoritario e imbécil a llegar al cargo más importante de un gran país. Curiosamente, los rasgos de carácter de esta nueva clase de líderes derechistas son los mismos que definen a las personas que pasan mucho tiempo en las redes sociales. Creen que siempre tienen razón, son altaneros, inseguros, ególatras, buscan la polémica. Vaya, ¿en quién estaré pensando…?

XL. En Trump.

J.L. El presidente de Estados Unidos…

XL. Facebook ha anunciado la creación de una especie de puesto de mando central, para contrarrestar posibles manipulaciones y fake news. ¿Qué opinión le merecen estos esfuerzos?

J.L. Pues la verdad es que tengo posiciones enfrentadas. Por un lado, está claro que eso no resuelve el problema, no es suficiente ni de lejos. Por otro lado, creo que siempre es positivo que las mejoras tengan lugar en forma de pequeños pasos, no de grandes rupturas. Así que creo que deberíamos reconocer que Facebook está afrontando el tema, que se está empezando a producir un cambio de mentalidad. Tengo muchos amigos en Facebook, no son mala gente.

“Facebook, Twitter, Whatsapp, Instagram… Son máquinas de manipular. Funcionan con el mismo principio”

XL. ¿Pero…?

J.L. Pero la estructura básica de Facebook está diseñada precisamente para fomentar esos contenidos, para llevar a sus usuarios a esas informaciones y conseguir que pasen el mayor tiempo posible en la plataforma. Ese es su modelo de negocio. Venden la atención y los datos de sus usuarios a empresas de publicidad y demás propagandistas. Facebook es una máquina de manipular. Y Twitter, WhatsApp, Instagram o YouTube funcionan con el mismo principio.

XL. Esa es la línea que sigue en su libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato

J.L. De todos modos, hay que decir que la comunicación digital no es para nada la única culpable de todo este lío. Verlo así sería demasiado simplista. La democracia estadounidense está distorsionada por otros muchos problemas, como el propio sistema electoral, pero esos problemas hoy se retroalimentan y provocan esa visión del mundo estúpida, monolítica y temerosa. Y no afecta solo al público, también a los que lideran el debate, Trump incluido.

XL. ¿Y eso?

J.L. A Trump, Twitter lo ha convertido en el pequeño patán irascible y alborotador que es hoy, terrible. Cuando yo lo conocí, no era así.

XL. ¿Conoce a Donald Trump personalmente?

J.L. Hace muchos años solíamos coincidir bastante en Nueva York. Yo formaba parte de un grupo que se había presentado a un concurso de arquitectura y él era uno de nuestros competidores. Algunas de sus peores características ya las tenía por aquel entonces, como su talante fullero, el narcisismo, pero estos atributos no son raros en un hombre de negocios.

XL. ¿Qué es lo nuevo entonces?

J.L. Lo nuevo es esa tendencia constante a ofender, a disparar contra todo lo que se mueve, esa falta de autocontrol. Son cosas que también se ven en otros gritones de Twitter, como Elon Musk. A lo que voy es que se trata de la misma deformación de carácter que vemos en un buen número de usuarios de las redes sociales. No digo que Facebook y las demás plataformas decidan los resultados de las elecciones, pero sí afectan negativamente al tono del discurso y, con ello, al carácter de toda la sociedad civil, lo que no es menos grave.

“En Silicon Valley, muchos creen que esto no puede seguir así. Han tenido hijos. Y no les dejan usar los productos que ellos mismos producen”

XL. Pero ¿por qué los ultraconservadores se benefician de estos fenómenos más que los progresistas?

J.L. Mire, esta mierda nos corrompe a todos. Pero visto desde una perspectiva histórica da la impresión de que sí, de que han sido siempre las fuerzas fascistas las que más han sabido sacarles partido a los nuevos medios de comunicación. Tampoco es nuevo el atractivo que inspira el arquetipo populista, ese hombre furioso que piensa que todo el mundo se equivoca y que tiene que arreglar las cosas él solo.

XL. Parece que los hombres son más receptivos a este mensaje que las mujeres.

J.L. Posiblemente. Muchos estudios sugieren que las redes sociales hacen más agresivos a los hombres jóvenes, mientras que las mujeres jóvenes se vuelven más depresivas. Las chicas son las que pasan más tiempo en las redes sociales, y el número de suicidios de adolescentes va en aumento, sobre todo en chicas. En cambio, son casi exclusivamente hombres jóvenes los que se unen a corrientes radicales y nacionalistas basadas en Internet.

XL. Silicon Valley tiene muchas esperanzas puestas en la inteligencia artificial como parte de la solución. Sostienen que los algoritmos reconocerán las fake news y limpiarán las plataformas. ¿Funcionará?

J.L. Me cuesta creerlo. Por lo general, me molesta la mistificación de ciertos conceptos tecnológicos que de repente parecen llamados a ser la solución para todo. ‘Inteligencia artificial’ es un concepto al que se le atribuyen poderes casi mágicos, ‘blockchain’ es otro. Puede que el ‘machine learning’ llegue a tener un papel destacado en el intento de eliminar contenidos indeseados, pero en última instancia los programas solo son tan buenos como los datos que se les suministren.

jaron lanier silicon

Lanier trabaja para Microsoft en la actualidad. Y lo hace como Octopus, ‘pulpo’ en inglés. En realidad son las siglas de su cargo, que él mismo adaptó para que significasen ‘pulpo’. Foto: Getty Images

XL. Me gustaría señalarle una contradicción. Por un lado, saluda usted los esfuerzos de Facebook, Google o Twitter para neutralizar la desinformación, pero también ha escrito: «Si Facebook impide ciertas formas de expresión, la plataforma se volverá más autoritaria». ¿En qué quedamos?

J.L. ¡Me declaro culpable! Me contradigo. En el fondo, lo que creo es que Facebook no puede resolver el problema, Facebook es el problema. Y si vamos a Mark Zuckerberg y le decimos: «Facebook, venga, arregla esto, bloquea a toda esta gente malvada», lo que hacemos es multiplicar su poder como policía global. Y eso no es bueno.

XL. ¿Qué sugiere usted?

J.L. Facebook o Google ya disfrutan de una concentración de poder disparatada. No deberíamos acrecentarla aún más. Estas empresas son como estados petroleros, dependientes de un recurso único y nocivo, en este caso de sus ingresos publicitarios, y por ende de la atención de los usuarios, de los clics y del tiempo de permanencia en la plataforma. Necesitan otro modelo de negocio. Sé que es complicado.

XL. Mantiene usted una vieja amistad con muchos de los grandes de Silicon Valley. ¿Qué tal le va a Mark Zuckerberg?

J.L. No lo sé, nunca tuve mucha relación con Mark.

XL. ¿Y Jack Dorsey, el jefe de Twitter, cuya plataforma se ha convertido en altavoz para Trump?

J.L. Jack es una persona sinceramente interesada en encontrar soluciones, pero todas las veces que lo intenta le acaba saliendo mal. Me cae bien Jack. No me malinterprete, creo que Twitter es una cosa horrible, pero personalmente siento una gran simpatía por la gente que hay detrás. Twitter se encuentra en una situación dramática. Dorsey no solo tiene el problema de haberse cargado el mundo con su plataforma, es que además no está ganando nada. Facebook sí está haciendo dinero con su labor destructora.

XL. Usted forma parte de la generación de fundadores de Internet. ¿Tiene cargo de conciencia?

J.L. A veces me siento responsable, sí. Cuando nació mi hija…

“Twitter está en una situación dramática. Se ha cargado el mundo; pero no ha ganado nada. Facebook, en cambio, sí hace dinero con su labor destructora”

XL. ¿Qué edad tiene?

J.L. Tiene 12 años. Cuando nació, pensé que estábamos creando un mundo mejor para su generación. Pero no tardé en darme cuenta de que muchas cosas no iban en la buena dirección. Mucha gente con poder en Silicon Valley también está viendo ya que esto no puede seguir así. ¿Y sabe cuál creo que es el motivo de este cambio?

XL. ¿Trump?

J.L. También. Pero al menos igual de importante es que las personas que tienen capacidad de decisión en el mundo digital, personas que crearon sus empresas muy jóvenes, ya han tenido hijos.

XL. ¿Qué quiere decir?

J.L. Los padres que trabajan en Google y Facebook no dejan a sus hijos usar los productos que ellos mismos desarrollan. Es grotesco. Los niños de Silicon Valley no tienen móviles y no les dejan sentarse delante de nada que tenga pantalla. Ahí están todos esos tecnopapás y tecnomamás que les dicen a sus hijos: «¡Cuidado, no lo toques, lo ha hecho mi empresa!». Creo que les está afectando un montón.

XL. ¿También está educando usted a su hija sin tecnología?

J.L. No. Tiene teléfono móvil y ordenador. Queremos que aprenda a lidiar con todas estas chorradas.

XL. ¿Le permiten usar Facebook? ¿Y WhatsApp, Twitter?

J.L. En eso seguí una estrategia educativa un tanto especial. Me la llevé unas cuantas veces a las sedes de esas empresas para que viera dónde se hacen las plataformas sociales, para que conociera a la gente que las creó. A gente como Jack Dorsey o Evan Spiegel, de Snapchat. Y un día, sin que yo le hubiera dado pie, me dijo: «Papá, creo que no quiero compartir mis secretos con esos hombres».

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