Los mensajes de odio crecen en Internet. Tanto que ciertas organizaciones sociales han decidido concienciar a los usuarios: a los que acosan y a las víctimas. Te contamos todo lo que tienes que saber para llevar a un ciberacosador ante los tribunales y para no convertirte involuntariamente en uno de ellos. Por Priscila Guilayn / Fotografía: Daniel Méndez

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Marta es una universitaria de 19 años que, durante más de 12 meses, ha sido diana en Internet de su mejor amiga. Así, al menos, la veía ella antes de que la chica se transformara en una hater y comenzara a hacerle la vida imposible.

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Envidia, despecho, enfado o maldad son algunas de las motivaciones que llevan a alguien a convertirse en un hater, una persona que se dedica a hostigar, humillar y lanzar mensajes de odio por Internet. La irreflexión es otro factor. Porque compartir sin apenas pensarlo contenidos hirientes o hacer comentarios agresivos, xenófobos, racistas o sexistas hacen de cualquiera un hater. Se trata de un fenómeno creciente que, en España, ya intentan mitigar algunas organizaciones.

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Sara G. Antúnez, abogada y especialista en ciberacoso. Enrique Serrano, ingeniero informático, miembros de StopHaters: «No damos abasto, pero no todos los comportamientos son acoso. La libertad de expresión existe y no todo se puede denunciar», afirma.

«Cualquiera puede ser un hater sin ser consciente de ello», subraya María Tejada, responsable de campañas y comunicación de Accem. Esta ONG promueve la campaña Save a hater, en la que, con un punto irónico y de humor, pide que se preste atención al colectivo para salvarlos de ese mundo de oscuridad en el que están sumidos. «Es una manera de provocar para que la gente se sienta identificada –añade–. Tenemos responsabilidades ante los mensajes que lanzamos en las redes sociales».

El acoso por internet se llama ‘stalking’ y conlleva penas de hasta dos años de cárcel. Casi todos los casos tienen componente sexual, dicen los expertos

La campaña pretende concienciar a la sociedad sobre normas básicas de convivencia que parecemos olvidar ante una pantalla.

De hecho, España hace poco vivió un caso paradigmático con el suicidio de Verónica Rubio, una empleada de Iveco de 32 años que vio cómo un antiguo vídeo sexual suyo circulaba por los grupos de WhatsApp de los trabajadores de la fábrica de camiones en Madrid. Sus compañeros empezaron a reenviar las imágenes y Verónica, casada y con dos hijos, no soportó la presión. Fue un hater quien lo envió por primera vez y también lo fueron quienes lo reenviaron.

«Las redes sociales son, cada vez más, armas de destrucción masiva», afirma Sara G. Antúnez, abogada especialista en ciberacoso y presidenta de la asociación StopHaters, creada a partir de la creciente demanda de víctimas de estos ‘odiadores’. La entidad ha ayudado a gente como Marta, la universitaria de 19 años acosada por ‘su mejor amiga’, o Álex, un futbolista de 21 años que, tras siete meses con una relación on-line, envió una foto sensual a otro chico que decía ser homosexual y deportista como él. Una semana más tarde empezaron las coacciones. «Soy gay, pero nadie lo sabía. Así que cedí a todos sus chantajes».

Pedir ayuda

StopHaters–cuenta Enrique Serrano, ingeniero informático y miembro de la asociación– ha recibido 1520 peticiones de ayuda de personas como Álex y Marta y ha resuelto 1249. «No doy abasto para responder a la cantidad de gente que me escribe cada semana para pedir ayuda porque los atacan por Internet». Gracias a ellos, por ejemplo, Marta ha recuperado parte de su tranquilidad.

«Tengo novio, amigas nuevas y mi familia me ha ayudado mucho –cuenta–. Aunque aún escribo mi nombre en Google y aparecen cosas que yo nunca autoricé».

“Hay alternativas para evitar el ataque de los haters: tener perfiles privados para restringir los contactos y para saber quiénes te siguen”, dice Ruth García del Incibe

Su historia, como la de muchas otras víctimas, empieza con alguien de su entorno, su mejor amiga, en este caso. Dejó de serlo después de pasar juntas unas vacaciones. Ambas se sintieron atraídas por el mismo chico. Al joven le gustó Marta y, aunque no se liaron, ella no se lo perdonó. Dejó de hablarle y se unió a otras amigas para hacerle la vida imposible. «Se hacían perfiles falsos con mi cara y mi nombre en las redes sociales y ponían de todo –detalla–. Incluso escribían a chicos diciéndoles barbaridades que yo quería hacer con ellos. Llegaron a subir fotos que me habían hecho sin que me diera cuenta. Acabé el instituto y pensé que aquello terminaría tras la selectividad. Pero no. Pusieron anuncios en aplicaciones de compraventa con mi número y me crearon perfiles en Tinder».

La pesadilla acabó en la Justicia. «Las denuncié, pero sigo sin saber cómo pudimos llegar a esto», cuenta la chica. La hater en cuestión, su examiga, ha sido condenada por stalking –cualquier comportamiento hostil dentro de la Red que sea persistente, continuado en el tiempo, y que, además, implique un cambio en la rutina de la víctima– a tres euros diarios de multa durante seis meses.

Cuando no se trata de un ataque sistemático, lo más conveniente es borrar el comentario e ignorarlo. El odiador busca el cuerpo a cuerpo

«El delito de stalking exige la solicitud de cese, es decir, pedir a la otra persona que abandone su comportamiento. No hace falta un diálogo, solo manifestar su negativa ante este tipo de actitud –explica la abogada Sara G. Antúnez–. Luego la excluyes y la bloqueas. Antes de borrar la publicación, es importante que se haga una captura de pantalla con una aplicación de certificación del contenido».

Stop al ciberacoso en Internet: aprende a defenderte

«Los haters suelen ser personas con pocas habilidades sociales y baja autoestima, y lo que buscan precisamente es la reacción del usuario», dice Ruth García, experta del Área de Ciudadanos y Menores del Instituto Nacional de Ciberseguridad (Incibe).

Son pruebas que ayudan a llevar a los haters ante los tribunales. Cuando la víctima es menor, los odiadores pueden ser acusados de bullying (equivalente al stalking, pero con niños) o de grooming (un adulto que se hace pasar por niño para conectar con el menor con fines sexuales). Y si es un adulto, a los delitos por el que un hater suele ser llevado ante el juez se suman los de odio y el sexting (difusión de fotos o vídeos sexuales), uno de los más comunes. «Casi todos los casos tocan, rozan o contienen temas sexuales», resalta Antúnez. El acosador de Álex, de hecho, fue condenado por sexting y stalking a 1000 euros de indemnización y ocho meses de prisión. «Por suerte logramos descubrir quién estaba detrás de la pantalla y pude denunciarle –comenta Álex–. Hoy ya no tengo miedo».

Identificar al delicuente

El hombre que acosó a Álex era un desconocido que –vino a descubrir después– nada tenía que ver con la persona que mostraba ser en la Red. «Es muy fácil ocultar una identidad y atacar a una persona –explica Enrique Serrano desde StopHaters–. Y es muy difícil averiguar quién se esconde detrás de un perfil, aunque no imposible. Hay técnicas. Se tarda, es verdad, pero cada vez menos. Contactar con las redes sociales, por ejemplo, podía llevar dos meses. Actualmente, en semanas o incluso en días se puede obtener una respuesta. El problema es que, mientras tanto, el daño ya está hecho».

“Las redes sociales son armas de destrucción masiva”

Serrano cuenta el caso de un influencer español que fue atacado por una hater que se tomó el trabajo de contactar con cada una de las compañías que lo contrataba para desacreditarlo. «Empezó a perder trabajos, hasta que una de las empresas le reveló el motivo. Les había llamado una chica para decirles que era un hombre peligroso, violador y acosador. No querían correr el riesgo de ver su marca relacionada con algo que podría perjudicar su imagen. El chico vivía de las redes sociales y de repente se quedó sin nada».

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«A veces una persona puede ser un hater sin ser consciente de ello –subraya María Tejada, responsable de comunicación de Accem, una ONG que ha lanzado una campaña contra los haters–.

Pero no solo los perfiles con miles de seguidores son vulnerables al ataque de los haters. Basta con tener una vida digital relativamente activa, generar contenidos y exponerse mínimamente para causar envidia o despecho. «Cuando alguien es atacado, muchas veces la primera reacción de la víctima es borrarse de las redes sociales, lo que, a mi manera de ver, es un error –dice Serrano–. No debes cambiar tu vida. Hay que denunciar para buscar una solución y seguir con tu vida normal. Es como si sales a la calle, te atracan y decides quedarte en casa para siempre».

“El hater intenta dar un barniz de información a lo que está diciendo, pero se apoya en datos falsos. Buscan sembrar la semilla de la duda”, comenta María Tejada de Accem

Cuando no se trata de un ataque sistemático, el Instituto Nacional de Ciberseguridad (Incibe) recomienda ignorar comentarios despectivos, molestos u ofensivos y borrarlos lo antes posible para que lo visualice el menor número posible de usuarios. Esta entidad, dependiente del Ministerio de Economía, promueve las campañas Convivencia y respeto en Internet y Alfabetización mediática contra la normalización de este tipo de comportamientos. «Los haters suelen ser personas, en general, con pocas habilidades sociales y baja autoestima, y lo que buscan precisamente es la reacción del usuario. Quieren un debate, mantener una discusión enzarzada y ser protagonistas de la conversación. Tus respuestas no cambiarán su actitud. Es mejor no atender a sus motivaciones y objetivos –explica Ruth García, experta del Área de Ciudadanos y Menores del organismo–. Hay algo que debemos tener muy presente. Basta con un solo golpe de clic para convertirnos en haters».

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