Taquicardias, mareos, dolores de estómago, problemas cardiacos, falta e aire, insomnio y, por encima de todo, un miedo enfermizo. Pánico a la gente, al trabajo, a uno mismo… Muchos viven con estos síntomas hasta que dan con el diagnóstico adecuado: ansiedad

Técnicas para paliar la ansiedad y los traumas

El paranoico: no se fía de nadie

Su estrategia es la desconfianza. Para él, todos somos enemigos en potencia ante los que hay que permanecer vigilante. A menudo percibe como una amenaza cualquier gesto neutral o incluso amistoso. Su comportamiento suele provocar lo contrario de lo que persigue: la hostilidad de los demás.

El evasivo: evita situaciones comprometidas

Su lema es: La mejor manera de evitar peligro es no exponerse a él. Esta conducta provoca, a largo plazo, una pérdida de habilidad para resolver situaciones comprometidas, lo que aumenta el riesgo de desarrollar una fobia y de no poder hacer frente nunca más a un nivel de riesgo aceptable.

El aprensivo: somatiza el miedo

Reacciona al miedo con molestias corporales, como malestar general o dolores. Ésta es una estrategia defensiva en toda regla porque los ‘enfermos’ no suelen ser molestados socialmente. Pero el aprensivo experimenta su miedo como un malestar físico real y eso le hace preocuparse por su salud.

El anestesiado: usa las adicciones como barrera

Alcohol y tranquilizantes son estrategias muy extendidas para amortiguar el miedo, pero hay otros comportamientos, como comer o comprar de forma compulsiva, que también permiten sepultar el miedo bajo una avalancha de estímulos. La adicción al trabajo también se considera ‘anestésica’.

El aterrado: siente miedo hasta de lo cotidiano

Reacciona con pánico ante el estrés, pero también ante situaciones normales como coger el autobús. El terror a sentir miedo hace que el problema sea aún mayor. Siente que la cosa no puede seguir así, que debería afrontar la situación o que necesita ayuda para resolver sus temores.

El controlador: se comporta de un modo forzado

Intenta reducir a cero los problemas cotidianos mediante una planificación perfecta de todo lo que hace. Ese carácter controlador le limita la vida. Su escrupulosidad le hace inflexible y con una cierta tendencia a la intolerancia. Se aferra a su táctica aun cuando recibe críticas justificadas.

El explosivo: se deja llevar por el mal genio

Sus explosiones de furia ante cualquier presión son una estrategia defensiva. Esa descarga descontrolada de rabia es más fácil de sobrellevar que el miedo, pues supone una liberación de la energía acumulada. A largo plazo, esta conducta resulta muy dañina tanto para él como para los demás.