Hong Kong está viviendo una revolución vía redes sociales: sin líderes, rápida, creativa. Un modelo de revuelta completamente nuevo que ha logrado poner a China contra las cuerdas. Hablamos con algunos de sus protagonistas. Por Raphael Geiger/ Fotografía: Nicole Tung

• La historia de Hong Kong

Tenemos por ejemplo a la señora Chan. Funcionaria de 28 años, recién salida del trabajo y ahora, viernes por la tarde, incorporada a la interminable hilera de ciudadanos que plantean la misma e insolente exigencia.

Quieren ser libres.

Media ciudad, cogida de las manos, forma una cadena humana que atraviesa Hong Kong de punta a punta. La señora Chan se ha sumado a la hilera. La funcionaria lleva un cartel con una frase de Bob Marley: «Mejor morir luchando por la libertad que ser prisionero». «Tenemos que luchar», dice. Al oírlo, Ray, el hombre que está a su lado, grita. «¡Y si corre la sangre, que corra!».

Los manifestantes tienen una página web que les muestra en tiempo real dónde está la policía

¿Está la señora Chan dispuesta a luchar? «Estoy dispuesta a enfrentarme a la Policía», responde.

También tenemos el ejemplo de Álex, un maestro que está en la misma cadena humana y que cita un proverbio chino: «Hay tres tipos de personas, las que se someten, las que huyen y las que resisten».

¿Qué es lo que exigen? «Carrie Lam tiene que irse al infierno», responde Álex, refiriéndose a la jefa del Gobierno de Hong Kong. «Disculpen mi lenguaje», añade inmediatamente.

Este grupo de manifestantes se encuentra en una de las avenidas más caras mundo, no hay otra ciudad con más ricos que Hong Kong. Ni con los alquileres más altos. Tampoco un lugar donde la economía sea más libre… más libre que las personas. «¡Apoya a Hong Kong!», es uno de los gritos que recorre la cadena. «¡Libertad!».

Hong Kong, una revolución sin precedentes vía redes sociales 1

Los manifestantes se protegen de los gases lacrimógenos con máscaras antigás y gafas de bucear. Y responden lanzando adoquines. Cuando un dron policial sobrevuela, abren los paraguas.

¿Qué ha ocurrido en esta ciudad para que gente que iba todas las mañanas a la oficina se dedique a la lucha política y arriesgue sus vidas?

Casi todas las tardes se producen manifestaciones. Es así desde junio. Y no parece que esté pasando lo que los poderosos de Pekín pensaban que ocurriría. Que la gente tirara la toalla. Que volvieran a la normalidad.

Hong Kong no afloja.

Todo empezó con una ley que habría permitido al Gobierno de la antigua colonia extraditar ciudadanos a la China continental, es decir, ponerlos a disposición de un régimen dictatorial. La medida suponía un peligro real para todos los que se pronunciaran en contra del Estado chino.

El Gobierno de la ciudad ha reconocido que tardó demasiado en retirar la ley. Para cuando lo hizo, las protestas ya se habían desbordado. Y es que la gente percibe que China está aumentando su presión, que quiere absorber a Hong Kong por completo y hacerlo ya, sin esperar más. Y acabar con lo poco que queda de democracia.

En unas pocas semanas ha surgido un movimiento que renuncia a tener líderes y que, a pesar de ello, persigue sus metas con enorme eficacia. Sus protagonistas lo definen como «una revolución siglo XXI», es una revuelta llevada a cabo por millennials, por estudiantes. Y lo hacen con el arma que mejor manejan: Internet.

En la universidad hablamos con un estudiante de Diseño que dice llamarse Y. Mientras navega por las redes sociales en el iPad, nos explica que su nombre «es por why», ya que, en inglés, la letra ‘Y’ se pronuncia igual que la palabra que significa ‘por qué’. Precisamente esa es la gran pregunta: ¿por qué todo esto? «Porque el Gobierno nos trata como si no estuviéramos vivos», responde Y. Quizá este joven de 22 años sea uno de los líderes del movimiento, pero, aunque fuera cierto, nunca lo diría. También lleva el rostro tapado. Solo sus íntimos saben lo que hace con su iPad. Sus padres no tienen ni idea. Además, de un tiempo a esta parte apenas pasa por casa.

Hasta hace solo tres meses dedicaba todo su tiempo al proyecto de fin de carrera. Su idea era marcharse de Hong Kong tras licenciarse. Pero eso era antes. Antes de que su vida fuera absorbida por las protestas y viviera la violencia en directo durante una de las primeras manifestaciones. Ese día, al volver a casa, colgó en la plataforma LIHKG una carta. Entre otras cosas, decía. «Esta es la última oportunidad que tenemos de luchar». El post recibió 6000 pulgares hacia arriba.

MANIFESTARSE A RITMO DE ‘POST’

El joven activista nos explica que en LIHKG puede escribir cualquiera sin registrarse. Por ejemplo, cualquier usuario puede proponer ir al aeropuerto para bloquearlo. Todos aquellos que lo lean pueden mostrar su conformidad o disconformidad haciendo clic en el pulgar hacia arriba o en el pulgar hacia abajo. Cuando un post alcanza cierta popularidad, se da por entendido que el movimiento lo hace suyo. De esa manera, las protestas se mueven, aunque carezcan de líder.

El joven Y dice que sale poco a la calle, que él combate desde su iPad. Ha montado un grupo en Telegram para crear pancartas y vídeos reivindicativos. Son como una especie de agencia de comunicación de las protestas. Colaboran activamente unas 300 personas, pero más de 69.000 se han apuntado al grupo.

Telegram, un servicio de mensajería instantánea, ganó en Hong Kong cerca de 110.000 usuarios solo en el mes de julio. Su principal ventaja es que, a diferencia de WhatsApp, mantiene oculto el número de teléfono. Los usuarios pueden decir lo que opinan sin miedo. Como la mayoría de sus compañeros, Y no tiene ni idea de quiénes integran su grupo. Y existen cientos como el suyo.

Otra de sus herramientas es la página web hkmap.live, que muestra en tiempo real las calles por las que se mueven los policías y las manifestaciones. El grupo de manifestantes aparece representado por el emoji de un obrero, mientras que el emoji de un perro representa a una unidad de la Policía.

Llevan los carnés de identidad envueltos en papel de plata para que los agentes no localicen sus chips

De no ser por las redes sociales, es probable que el movimiento hubiera sucumbido. Personas como Y se encargan de que siga vivo. Estos chicos han crecido en la prosperidad, son los hijos del capitalista Hong Kong, pero le están demostrando al mundo que su vida no va solo de tener el último smartphone. Saben que pueden perder algo básico: la libertad.

Sábado por la tarde, unos jóvenes se han reunido delante de una boca de metro. Hay convocada una gran manifestación en los alrededores; por eso, la estación está cerrada. Los jóvenes se arremolinan junto a los cierres bajados, los golpean, un par de chicos gritan a los policías que toman posiciones al otro lado. «Bueno, pues nos vamos de compras», dice Mary.

Es difícil seguir a Mary, fluye como el agua. Esa es la táctica de los manifestantes: «¡Sé agua! Sal a la superficie, manifiéstate y desaparece». Mary oculta su rostro con un pañuelo. También lleva un casco de obrero, gafas de bucear y una máscara de gas, el uniforme de los manifestantes. Tiene 17 años.

A poca distancia del metro hay un centro comercial. Mary y sus amigos compran allí algo de papel y cinta adhesiva. Lo usarán más tarde para tapar las cámaras de videovigilancia que hay alrededor de la estación de metro.

«Vamos a ver dónde es la manifestación», dice Mary. Mientras avanzan por una avenida desértica, sus amigos golpean con palos las cámaras que están demasiado altas para taparlas con el papel. Celebran a gritos cada vez que alguno de los chicos consigue dejar una cámara fuera de circulación. Mary abre hkmap.live en su móvil para ver dónde están los emojis de los perros.

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Un grupo de manifestantes tapa una cámara de videovigilancia con un papel que acaban de comprar en unos grandes almacenes.

Su grupo se ha sumado ya a una riada de gente. Continuamente pasan a su lado chicos con vallas de obra, algo más adelante montan una barricada. Llevan los carnés de identidad envueltos en papel de aluminio, ya que tienen un chip y los manifestantes temen que la Policía pueda rastrearlos. Cuando un dron policial da vueltas sobre ellos, abren sus paraguas. Hay voluntarios que actúan como sanitarios, otros animan con el megáfono y avisan si la Policía se acerca.
Mary no quiere armar jaleo, solo estar aquí. Ser uno de muchos. «Ellos no dejan de pegarnos, de dispararnos, y nosotros no tenemos nada», dice. Sigue el desarrollo de la situación desde su móvil, «hay 30 vehículos de Policía alrededor», comenta. Los amigos discuten qué hacer. Los agentes disparan los primeros gases lacrimógenos, los manifestantes arrancan adoquines y los arrojan contra ellos. «Esto se pone peligroso», señala Mary. Ya ha hecho acto de presencia, para ella eso es lo importante.

Sus padres, nos cuenta, están muy preocupados. No entienden a su hija. Ellos nunca se han planteado cuestiones políticas. « Por qué no te centras en los estudios, Mary?», le dicen. «Y lo hago. Pero en estos momentos no puedo quedarme metida en casa».

PALABRAS EN CLAVE

El 1 de julio, algunos manifestantes asaltaron el Parlamento. Escribieron en las paredes eslóganes como «Hong Kong no es China, no todavía». Uno de ellos se subió al escritorio de un diputado y gritó: «¡Aquí ya no hay vuelta atrás!». Los muchachos se retiraron sin causar más destrozos, pero la Policía empezó a buscarlos. Tenían que salir de Hong Kong. Y rápido.

Amigos de amigos hablaron con otros amigos. Empezó a circular una expresión en clave: «bubble tea», por el típico té taiwanés. Taiwán era un sitio seguro, a solo una hora y media de vuelo. Una de aquellas llamadas llegó hasta una trabajadora social llamada Fermi.

«Tengo aquí un poco de bubble tea», le dijo el hombre al otro lado de la línea.

Fermi, de 49 años, está en el comedor de su casa. De la pared cuelga un icono, Fermi es cristiana. Dice que se avergüenza de no salir a la calle a dar la cara, pero es que ya no está para correr. Pero decidió «hacer algo». Empezó a reunir dinero entre sus amigos. Eran 10.000 dólares hongkoneses, unos 1150 euros, «es una cantidad que aquí se puede permitir casi cualquiera». Añade que, comparado con lo que se juegan los jóvenes, no supone nada.

Compran los cascos y las máscaras en la red. Su táctica es «fluir como el agua». Actuar y desaparecer

Al principio, el dinero era para comprar comida y camisetas, «se tienen que cambiar de ropa tras las manifestaciones, para despistar». Pero, cuando recibió aquella llamada telefónica, decidió ayudar a escapar a los chicos que asaltaron el Parlamento. Les pagó los billetes de avión a Taiwán.

Llaman a la puerta. Es Janet, una amiga. Viene a recaudar dinero. Janet compra cascos y máscaras de gas por Internet. Primero, en Taiwán; luego, cuando se agotaron las existencias en Taiwán, directamente en Estados Unidos. Ahora tiene montones de material en casa.

Se sienta en el sofá al lado de Fermi. Hay un sobre entre ellas. «Esta vez no es mucho», dice Fermi. Son solo 5500 dólares hongkoneses, apenas 630 euros. Janet sí ha estado en la primera fila de las manifestaciones. De hecho, sufre una infección intestinal por culpa de los gases lacrimógenos.

Hong Kong, una revolución sin precedentes vía redes sociales

Cientos de estudiantes sostienen sus móviles en alto mientras cantan ‘Do you hear people sing’, himno de protesta del musical ‘Los miserables’.

Nadie sabe cuántas Fermis y Janets hay en Hong Kong, cuánto dinero reúnen, cuánto gastan. A todas ellas las podrían acusar de ser cómplices de lo que para el Estado son actos violentos. Álex, el profesor en la cadena humana, dice que hay personas grandes y pequeñas. Es otro proverbio chino. Los hay que planifican las protestas, como Y. Los que les sirven de apoyo, como Fermi. Luego están los que se enfrentan a la Policía, como Mary.

Y adónde conduce todo esto? A elecciones libres, es lo que exigen los manifestantes. «Pero algunos -dice Y- quieren tensar la situación para que China nos invada. De esa forma el mundo vería lo que está pasando. Están dispuestos a morir por la causa».

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