Los cráneos tienen poderes mágicos. Así lo creían los konyaks, una tribu de la India que, hasta hace décadas, cortó y coleccionó las cabezas de sus enemigos. Hoy han dejado atrás aquellas prácticas y luchan por adaptarse al mundo globalizado. El fotorreportero Álvaro Ybarra Zavala viaja a sus remotas tierras, en el estado de Nagaland, para retratar el declive y las esperanzas de los últimos cortadores de cabezas. Texto: Fernando Goitia/ Fotografías: Álvaro Ybarra Zavala

Cortaron sus últimas cabezas mucho tiempo atrás, pero alrededor de sus ojos aún llevan tatuada la huella de la muerte. Decapitaban a sus enemigos porque, en sus creencias, el cráneo posee un poder mágico que preserva la fuerza vital del ser cuya vida se ha segado, proporcionando prosperidad y fertilidad a la comunidad. Cada trofeo, además, elevaba su prestigio personal. Hoy superan los 70 años, según sus cuentas, basadas en las cosechas de arroz que han vivido, y su memoria hierve azuzada por recuerdos de tiempos violentos y lejanos en los que, siendo niños, aprendieron a matar y a degollar; parte de su formación como guerreros.

Los cortadores de cabezas

Los konyaks viven en una zona fronteriza entre varios estados de la India y Birmania. Sus aldeas suelen estar elevadas

A la sombra del porche de una choza de bambú, madera y el techo de paja, varios ancianos konyaks rememoran aquellos días en la remota comunidad de Chenwetnyul, en el estado indio de Nagaland, fronterizo con Birmania. Recuerdan a sus víctimas. A la primera, sobre todo: hombres, mujeres o niños de aldeas rivales. Sujetaron al enemigo por el pelo y, con su cuchillo, le seccionaron el cuello. Competían entre sí, en busca de reconocimiento y poder. Al regresar a casa, desfilaron ante los suyos, celebraron un banquete con carne de búfalo y vino de arroz e hirvieron y limpiaron después los cráneos para colgarlos en el baan (una choza comunal) a modo de macabro tótem colectivo. Al día siguiente, sus parientes los tumbaron bocarriba en el suelo, sujetaron sus brazos y piernas y les taparon la boca con un trapo que silenciara sus gritos de dolor, algo impropio de guerreros, mientras la tatuadora de la aldea imprimía sobre sus caras, con agujas hechas de espigas de palma de ratán, una especie de máscara oscura. Acababan de entrar en la vida adulta; acababan de ingresar en el club de los cortadores de cabezas.

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El rostro de este anciano konyak está cubierto de tatuajes casi por completo, indicación de que ha matado a muchos enemigos y de que es un miembro destacado de la tribu. Los hombres recibían su primer tatuaje entre los 13 y los 15 años, tras iniciarse como cortadores de cabezas en alguna incursión. Las mujeres no se tatuaban la cara, pero a partir de los 10 años eran marcadas en piernas y brazos con figuras que identificaban su estado civil.

Hoy, aquellos muertos tan lejanos habitan sus sueños, regresan en recurrentes pesadillas, y los tatuajes pintados con tinta extraída de cedros rojos aún cubren su piel. «Gracias a Dios, los años de guerra y matanzas acabaron –rememora Chen-o Khuzuthruapa, antiguo líder de los guerreros de Chenwetnyul y hoy pastor evangélico–. Todos vivíamos con miedo a ser sorprendidos por nuestros enemigos y a perder la cabeza. Pero eso ya es pasado». Y a los ancianos konyaks no les gusta hablar en exceso del pasado.

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Las mujeres konyaks gozan de una consideración mayor que en otros grupos de la sociedad india, profundamente patriarcal y dividida en castas. En las aldeas, aún pasan la mayor parte del tiempo trabajando en el campo, tejiendo y cuidando de todo lo relativo a la casa y la familia. A finales de los años noventa, sin embargo, comenzaron a organizarse, jugando un papel clave en la prohibición del consumo de alcohol y cuestionando la estructura patriarcal. Hoy, el número de graduadas, que en 1992 no llegaba al 2 por ciento, se acerca ya al 60 por ciento.

El suyo se remonta a más de mil años atrás, cuando los konyaks –la más numerosa de las 16 tribus llamadas ‘naga’ que habitan hoy Nagaland– emigraron desde China hacia la orilla sur del río Brahmaputra. Durante siglos, estos pueblos vivieron enfrentados, aislados del resto del mundo en una inmensa región de junglas y montañas tropicales, hasta que, en el siglo XIX, los británicos entraron en contacto con ellos. Por aquel entonces, cada clan era su propia nación, sin una identidad tribal conjunta. Incluso así, a los ingleses les llevó 50 sangrientos años someterlos, aunque muchos de ellos, moradores de regiones aisladas, permanecieron ajenos a la administración imperial.

Un cráneo, según sus creencias, posee un poder mágico que preserva la fuerza vital del muerto. Por eso, al decapitar a sus enemigos, proporcionaban prosperidad y fertilidad a su comunidad

Los británicos propiciaron entonces la extensión de misioneros baptistas americanos por aquel remoto territorio como potenciales pacificadores de sus indómitas tribus. Una tarea que los religiosos culminaron ya entrado el siglo XX, con tal éxito que el estado de Nagaland es hoy una de las mayores parroquias baptistas del planeta, donde el evangelio llega ya al 98 por ciento entre los konyaks –al 90 por ciento entre todas las tribus nagas–, cuyo animismo tradicional, con su adoración de la naturaleza, ha desaparecido. La nueva religión, dijeron los baptistas, era un renacimiento, la conversión te hacía una persona nueva, y eso implicaba renunciar a las viejas costumbres. Desterradas decapitaciones y tatuajes, cada aldea está hoy presidida por una iglesia, el alcohol está prohibido, la alfabetización supera el 70 por ciento y el retumbar de los tambores ha sido reemplazado por himnos góspel americanos. «La llegada de los evangelistas cambió nuestro pueblo –reflexiona Phejin Konyak, etnógrafa experta en su propia gente–. Podemos responsabilizarlos por la pérdida de nuestra cultura e identidad, pero gracias a ellos se consiguió la unidad y la paz entre las tribus».

Durante siglos vivieron aislados, enfrentados a tribus vecinas, hasta la llegada de los británicos, en el siglo XIX. Al imperio le llevo 50 sangrientos años someterlos

Fue una paz que, aunque breve y frágil, permitió a los nagas declarar la independencia de Nagaland en 1947, cuatro días antes de que la India proclamara la suya. Pretendían evitar así el paso de la subordinación británica a la hindú y separar su identidad de la del resto de los habitantes del país recién nacido, pero la represión consiguiente, ordenada por el nuevo Gobierno de Nehru en Nueva Delhi, derivó, a partir de 1954, en una insurgencia armada que acabó por dinamitar la comunión entre los nagas.

A medida que la lucha se alargaba, las viejas rivalidades rebrotaron y la primigenia guerrilla se dividía en facciones que dedican hoy más tiempo a luchar entre sí por controlar territorio, recaudar impuestos y el derecho a representar a los suyos que a perseguir el sueño de Nagalim, el país que reuniría a los más de tres millones de nagas que viven repartidos entre Birmania y cuatro estados de la India; casi el 60 por ciento, en Nagaland.

El conflicto sigue activo 66 años después y es ya la insurgencia armada más antigua del planeta, aunque la situación actual, tras 22 años de negociaciones de paz, es mucho más tranquila que en los sesenta y, sobre todo, que en los ochenta, «cuando se dio un fuerte enfrentamiento entre las tribus konyak y chang», explica Phejin Konyak. La decapitación generalizada, abandonada décadas atrás, renació como práctica común entre ambos grupos. «Las últimas de las que tengo constancia fueron en 1990, aunque se cree que hasta 2005 hubo casos aislados por ajustes de cuentas».

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La mayoría de los últimos konyaks cortadores de cabezas superan hoy los 70 años, algunos incluso los 80. Son fácilmente reconocibles por sus rostros tatuados, sus pendientes de huesos de animales y sus gorros de guerra con cuernos de cerdo salvaje. La expansión de los cultos evangélicos por Nagaland, a lo largo del siglo pasado, llevó a la desaparición de las antiguas prácticas guerreras de los konyaks.

Los ancianos de Chenwetnyul miran ahora con resquemor hacia ese pasado violento. «Nuestra historia está marcada por el odio. No hay nada de lo que sentirme orgulloso. Me alegro de que aquella época muera con nosotros. Ya no tiene sentido luchar por algo que solo nos ha traído dolor», sentencia Pinchei Pongyalim, septuagenario nacido en tiempos previos a la ‘dominación’ evangélica. Por eso, quizá hijos y nietos de estos cortadores de cabezas comenzaron a alejarse de su propia cultura en los años sesenta.

La llegada de los evangélicos acabó con las decapitaciones y los tatuajes. Les dijeron que la nueva religión era un renacimiento que implicaba renunciar a sus tradiciones

Con el apoyo de las iglesias, fueron los jóvenes, organizados en grupos estudiantiles, quienes pusieron fin a la exhibición de cráneos en las aldeas. Los pocos que no fueron sepultados se muestran ahora en precarios museos donde los turistas que empiezan a llegar a Nagaland acceden a la historia y tradiciones konyaks.

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Hoy, el 90 por ciento de las tribus nagas son baptistas y las iglesias han sustituido en las aldeas konyak a las tradicionales baan (casas comunales donde colgaban los cráneos de sus enemigos) como edificio preeminente. Muchos de los ancianos, antiguos líderes guerreros de su comunidad, son hoy pastores evangélicos.

Estos lugares son, junto con un par de festivales folclóricos y los propios ancianos, uno de los pocos vestigios de su pasado. Las nuevas generaciones escolarizadas no quieren trabajar en el campo y dan la espalda a sus tradiciones. Los jóvenes buscan ocupación en la espesa burocracia india o en las oportunidades que ofrece la progresiva apertura de Nagaland a un mundo que descubren a través de Internet y las redes sociales. Los guías turísticos y el pequeño comercio de artesanías son actividades en alza en Mon, principal núcleo urbano del norte de Nagaland. Por sus calles embarradas, donde abundan los adictos al opio, cada vez es más habitual la presencia de extranjeros comprando collares o machetes konyaks. Al caer la tarde, en una feria instalada en el campo de fútbol, adolescentes y veinteañeros se reúnen para una noche de fiesta y bailes modernos.

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Los jóvenes konyaks ya  no se tatúan ni cortan cabezas, aunque muchos, como los de la imagen, siguen en pie de guerra en un conflicto por independizarse de la India que empezó hace 66 años.

«Mi generación tiene ambiciones distintas a la de nuestros padres –afirma Hompa, dirigente de una organización estudiantil–. Por eso, muchos viajamos a otras regiones de la India para estudiar y tener oportunidades; algo inimaginable para nuestros padres y abuelos. Ojalá que la guerra y el aislamiento terminen y que, gracias al turismo y la apertura económica, mi generación pueda construir un futuro para el pueblo konyak».

El anciano Chen-o Khuzuthruapa, medio siglo mayor que Hompa, comparte su deseo. «La violencia, las decapitaciones y los tatuajes de guerra que narran nuestras batallas no volverán –dice–. Toca mirar al futuro, que ofrece mucho más de lo que a mi generación le tocó vivir»

Futuro incierto

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Tras 66 años de conflicto armado por la independencia, en Nagaland reina una paz precaria. En una región cuya renta per cápita ronda los 1000 euros anuales y el consumo de opio es casi una epidemia, las generaciones escolarizadas afrontan un futuro incierto. Los jóvenes se debaten entre preservar su cultura ancestral, aunque ya no quieren trabajar en el campo, o abrirse a las posibilidades del mundo globalizado. Quienes pueden estudian en otros estados de la India, mientras los que se quedan aspiran a ser funcionarios, pequeños empresarios o guías, animados por el creciente flujo de turistas que llegan desde todo el planeta atraídos por el magnetismo que desprenden las tradiciones de los konyaks.

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