En una de las últimas selvas intactas de África viven los gorilas de Makumba. Un remoto rincón, único en el mundo, donde los visitantes pueden observar a estos primates en libertad. Los gorilas de Dzanga Sangha conviven con una tribu milenaria en un frágil equilibrio amenazado por los furtivos. Por Fernando Goitia/Fotografías Álvaro Ybarra Zavala/Getty Images

El lomo plateado de Makumba refulge en la espesura. Con sus 200 kilos y su penetrante mirada, nadie le tose en el Área Protegida de Dzanga Sangha. Supera la treintena y entre los ocho gorilas de su manada todos tienen claro quién es el jefe.

Aquí se observó por primera vez el nacimiento de un gorila de esta subespecie. La madre se construyó un paritorio en las gruesas ramas de un árbol y dio a luz a 15 metros del suelo

Makumba significa ‘velocidad’ en baaka, la tribu pigmea con la que conviven a diario los colosales primates herbívoros de esta selva entre República Centroafricana, Camerún y el Congo. Al macho alfa lo bautizaron así los rastreadores baakas al ver lo rápido que huía de ellos cuando arrancó el programa de habituación de primates, allá por el año 1997, que ha convertido a la región en uno de los pocos lugares del planeta donde observar gorilas en libertad. Unas 400 personas se acercan cada año hasta este remoto rincón del mundo solo para vivir esa experiencia.

«Aquí tenemos muchísimos gorilas y, gracias a nuestro programa de habituación, la gente puede venir a observarlos», explica Luis Arranz, el hombre al frente del Área Protegida de Dzanga Sangha. Este biólogo canario de 62 años, exdirector de reservas naturales en Guinea Ecuatorial, el Chad y República Democrática del Congo, lleva año y medio dirigiendo esta reserva gestionada de forma compartida por WWF y el Ministerio de Aguas y Bosques de República Centroafricana. «Este proyecto con los gorilas es clave para el futuro de Dzanga Sangha, ya que nos permite potenciar el turismo y caminar hacia la sostenibilidad de nuestros proyectos de conservación e investigación». Es decir, generar ingresos para la conservación y el desarrollo socioeconómico de la zona.

Un parto de altura

Oculto entre la maleza, Makumba disfruta de un banquete de fruta sin dejar de observar, siempre alerta, a su familia. Su penetrante mirada es un aviso a navegantes. «Tolero vuestra presencia, pero que nadie se pase», viene a advertir. El sonido de unas ramas rotas rompe su concentración. Inguka e Inganda, los gemelos de 2 años que tuvo con Malui, una de las tres hembras del grupo, surgen de la espesura.

“Aún no han llegado los grandes furtivos profesionales, pero lo harán pronto. necesitamos más hombres, armas y formación para hacerles frente”, dice el español Luis Arranz, director del parque

Malui es el término baaka para denominar las ‘orejas’, particularmente protuberantes en su caso, aunque bien pudieran haberse inspirado en su nariz en forma de ‘T’, rasgo que han heredado sus cinco hijos con Makumba. En el parto del primogénito, en diciembre de 2007, fue la primera vez que se pudo observar el nacimiento de un gorila occidental de las tierras bajas, clasificación científica para esta subespecie. Malui se construyó un paritorio en las gruesas ramas de un árbol a 15 metros del suelo. Lo hizo todo sola, vigilada de cerca por el padre, que se alimentaba del fruto de un árbol vecino, y por los adultos más jóvenes, atraídos por tan infrecuente evento.

Dadas las circunstancias, no es extraño que el ministro de Turismo, llevado por la excitación, decidiera llamar al bebé Mowane, ‘regalo de Dios’. Los baakas, más conectados a la selva en sus creencias y tradiciones -adoran a Eyengui, el espíritu del bosque, omnipresente en la espesura-, lo llaman Tembo, la especie arbórea sobre la que vino al mundo.

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Tembo, uno de los gorilas que viven en el Área Protegida de Dzanga Sangha

Al igual que sus hermanos y hermanastros, Tembo ha crecido acostumbrado a los humanos. En ocasiones incluso intentan jugar con los visitantes. Situación que los guías evitan alejando a los forasteros. La experiencia consiste en observarlos, no en tocarlos y tratarlos como mascotas. Por no hablar del riesgo de transmitir enfermedades.

Alcanzar este grado de familiaridad con los gorilas no ha sido sencillo. Requirió 4 años de trabajo -los primeros turistas llegaron en 2002- y la implicación de la nación baaka. «Son los únicos que pueden seguir a los gorilas -recalca Luis Arranz-. Su papel es clave para el programa de habituación de primates».

La selva, para los baakas, es su patria; y su profundo conocimiento los hace imbatibles a la hora de localizar especies en un lugar de frondosidad apabullante y visibilidad limitada. El rastro de los gorilas es elusivo y seguir sus huellas por la densa capa de hojas muertas que cubre el suelo no está al alcance de observadores inexpertos. Los primates, además, recorren largas distancias en su frutífero peregrinar por el bosque tropical.

Cada mañana, un equipo del programa parte con el sol en busca de la manada de Makumba hasta el mediodía, cuando llega el relevo y un segundo grupo prosigue la observación. Buanga es uno de esos baakas cuya tarea es capital para localizar a los gorilas y llevar de regreso sanos y salvos a los visitantes. Hoy, el rastreador observa divertido las traviesas evoluciones de los gemelos de Makumba y de Malui. Para él, son como de la familia. Pasa largos días tras ellos y recopila datos claves para los científicos del programa de habituación.

La implicación baaka en la preservación de la selva y los gorilas es su última esperanza como pueblo amenazado. El sustento de esta tribu milenaria -apenas quedan 7000 individuos en la región- peligra. Su existencia, sus tradiciones y su identidad están ligadas de forma indisoluble a la selva, a su equilibrio con ella, pero nuevas perturbaciones alteran hoy al espíritu del bosque.

El talón de Aquiles

Además de los gorilas, leopardos, búfalos, antílopes, chimpancés y una de las mayores colonias de elefantes de selva de África -4000 ejemplares según el último censo- forman parte de la inmensa y codiciada riqueza de Dzanga Sangha, uno de los ecosistemas africanos de mayor biodiversidad. En la salina de Dzanga Bai, en el sector del parque abierto al turismo, es fácil encontrarse a cientos de paquidermos socializando a cualquier hora del día. No existe otro lugar en el mundo donde se repita este fenómeno. Un privilegio que es, por otro lado, un gran talón de Aquiles.

Leopardos, búfalos, antílopes, chimpancés y elefantes de selva comparten con los gorilas esta joya natural amenazada

«Todavía no sufrimos la caza furtiva profesionalizada, como en Gabón, Garamba, el Congo… donde se libra una verdadera guerra. Aquí el furtivismo es local, pero con todos los elefantes que tenemos, el otro llegará pronto -lamenta Arranz-. Es una carrera contrarreloj. Debemos prepararnos, pero no tenemos hombres ni armas ni formación para hacerles frente. Yo intento formar a los guardias y estar listos para cuando lleguen, de lo contrario lo pasaremos mal». Las consecuencias ya son perceptibles para los baakas, como se aprecia al acompañarlos en una de sus expediciones cinegéticas.

Anisé lidera un grupo de 20 baakas, hombres y mujeres, que se adentran en la jungla en busca de comida y plantas medicinales. Carga una red y una lanza y camina rápido. Tenues rayos de sol se cuelan entre la niebla. Reina el silencio, roto por un leve silbido suyo, que imita el canto de un pájaro. Los baakas se despliegan. Unos cuelgan redes, otros las tensan y los portadores de lanzas y ramas forman un arco. Un nuevo silbido y un orfeón de aullidos retumban en la espesura. Todos gritan y golpean sus lanzas por unos minutos. Anisé recorre entonces las trampas. Un día más, la selva no ha podido cumplir con su labor proveedora de sustento. «El bosque es nuestro -sentencia Anisé-. Yo nací aquí y mi gente vivía de lo que proveía la selva, pero cada vez es más difícil conseguir carne. Es culpa de los furtivos».

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Nadie conoce a los gorilas como los baakas, un pueblo que habita bosques tropicales del África Central, como Dzanga Sangha. Para preservar su hábitat, se implicaron en un proyecto para que los turistas observen a los primates en plena naturaleza

Ante este panorama, muchos baakas han abandonado Dzanga Sangha en busca de alternativas. La crudeza de la realidad de la República Centroafricana, sin embargo, supera con creces a la dureza de la selva. «Son considerados ciudadanos de segunda. Nadie los tiene en cuenta. Los explotan, los maltratan y son tratados como esclavos por la población bilo -cuenta Emilia Bylicka, una doctora polaca del hospital de Monasau, comunidad construida hace 40 años por la iglesia de su país para atender a los baakas que abandonan la jungla-. Están perdidos. Pasan de vivir en la selva a un país colapsado por la guerra. Es triste ver cómo se autodestruyen con el alcohol».

La estadounidense Liz Hall, una antropóloga que lleva año y medio tratando con ellos, tampoco es optimista. «Su futuro está ligado a la selva -afirma-, pero los jóvenes ya no entienden el bosque». El proyecto Endima Kali, creado por WWF para preservar las tradiciones baakas, intenta mitigar este abismo fomentando el acercamiento generacional. «Mis padres me enseñaron sus secretos y yo a mis hijos y nietos, pero hoy estos deben aprender la educación del mundo exterior para sobrevivir», dice Anisé.

Gorilas de Dzanga Sangha, el rincón de la libertad

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