Son mujeres de piel dura y manos castigadas por el mar. Las mariscadoras gallegas llevan siglos rastreando las playas en busca de almejas y berberechos. Gracias a ellas sobrevive el marisqueo a pie, un antiquísimo arte de pesca emparedado hoy entre el control biológico y la amenaza de los furtivos. Texto y fotos: Álvaro Ybarra Zavala

Todo gira alrededor de la marea. Llueve, truene o venga una galerna, las mariscadoras de las rías gallegas solo trabajan cuando el mar se retira y les ‘autoriza’ a rastrear las playas en busca de berberechos y almejas. Son apenas cuatro horas al día: dos antes de la bajamar, dos después. Un intervalo muy corto e irregular para ganarse la vida. Ellas lo saben, y por eso viven pendientes de la Luna y el calendario, mirando al mar, esperando la hora exacta para iniciar su carrera contra el reloj, contra la marea.

La lucha de las artesanas del mar

En la playa de Villarrube, al norte de Ferrol, la jornada empieza hoy a las 7:00, cuando un pequeño grupo se concentra en la garita de acceso al arenal. Son mariscadoras de la cofradía de Cedeira. Cada una porta un pequeño rastrillo y un barreño para depositar el marisco. En sus manos se aprecia el castigo del mar y de las horas cosechando moluscos; muchas se quejan de dolor de huesos, por la humedad, de la espalda o de la vista, torturada por el reflejo de la luz en el agua y la arena.

En Navidad la demanda se dispara, pero las cuotas no varían. Sin embargo, los furtivos siguen faenando para alimentar el mercado negro

Pilar López de Bellón, veterana de toda una vida en el mar, lidera el grupo. Antes de comenzar, informa a sus compañeras de la cuota autorizada para el día por la Consellería do Mar. Seis kilos de berberecho por barba. Con esa cantidad ganarán unos 500 euros limpios al mes. Si exceden las cuotas o faenan fuera de horario autorizado, se arriesgan a una multa o a perder la licencia, su medio de vida.

El juego sucio de los furtivos

«Dependemos de las mareas, de los días que la Xunta nos permite mariscar, de si vendemos o no… -dice Pilar-. Porque, si no vendes, no mariscas, y la demanda varía mucho a lo largo del año». En Navidad, por ejemplo, se dispara, pero las cuotas no varían. El control biológico es aquí más importante que el mercado. Aunque no para todos.

mariscadoras galicia

«El marisqueo furtivo nos hace mucho daño. No respeta las cuotas, las vedas… Cada vez se encuentra menos género en la ría y gran parte de la culpa es de los furtivos y del mercado negro», denuncia Rocío Tarreiras, presidenta de playa de la cofradía de Barallobre, en la ría de Ferrol.

Tarreiras, licenciada en Ingeniería Forestal, tiene 40 años y pertenece a la generación que ha tomado las riendas del marisqueo a pie; mujeres que rompen con el cliché -esa mirada del regionalismo costumbrista anclada en el pasado- que la sociedad atribuye al colectivo. «Junto con el furtivismo, nuestro mayor problema es el machismo. No nos toman en serio -reclama Tarreiras-. Poco a poco vamos logrando que las cosas cambien, pero queda mucho por recorrer».

Si exceden las cuotas o faenan fuera del horario autorizado, se arriesgan a ser multadas o a perder la licencia, su medio de vida

En Galicia, las mujeres son mayoría aplastante en el marisqueo a pie. De los 3797 profesionales registrados por la Xunta, 2807 son mujeres y 990, hombres. Es un sector que ha roto moldes en la lucha por la igualdad.

Así lo entienden Irene y Antonio, un matrimonio que marisca de la mano en Barallobre. No tienen hijos y, en su madurez, viven una segunda juventud. Aunque Irene desciende de una familia con tradición, nunca había trabajado en esto hasta que su marido se fue al paro. «La crisis nos brindó una gran oportunidad: el mar. Yo soy feliz aquí -afirma-. Nos ganamos el pan honradamente y, desde que trabajo en la playa, mi vida ha cambiado para bien. Es un lujo y, además, nos da para vivir dignamente».

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Mariscadoras cosechando almeja y berberechos en la ría de Noia

La cofradía de Noia, una de las más grandes de Galicia, líder indiscutible del berberecho en España y modelo de gestión sostenible, es un buen ejemplo de esta nueva convivencia entre hombres y mujeres. «El éxito de nuestro proyecto es contar con un gran equipo -revela Santiago Cruz, reelegido patrón mayor por cuarta vez, con el 80 por ciento de los votos-. De Noia sale el 70 por ciento del berberecho que se come en España; cada día sacamos 35 toneladas y otras 5 de almeja. Durante los seis meses que cosechamos facturamos una media de 14 millones de euros a repartir entre unas mil personas. La otra mitad del año nos dedicamos a labores de mantenimiento, limpia y cría en nuestra ría. Esta es la otra clave del éxito: la gestión sostenible de nuestros recursos naturales».

Una nueva generación

El ejemplo de Noia resuena entre la nueva generación de líderes mariscadores, como Rocío Tarreiras, en Barallobre, o Santiago Salgado, nuevo patrón mayor de la de Pontedeume, una de las más clásicas de Galicia. Se trata de mujeres y hombres muy preparados dispuestos a modernizar la gestión del sector. «Nuestra cofradía lleva años hipotecada en un modelo antiguo que no nos deja crecer y gestionar al máximo nuestros recursos -asegura Salgado-. Necesitamos hacerla sostenible y garantizar el futuro».

Mientras tanto, mariscadoras como Rosana -madre de dos hijos con estudios, líder social orgullosa de su profesión y con un cáncer de mama recién superado- buscan el modo de ampliar sus opciones laborales. «En este sector existe una gran inseguridad y en la vida siempre hay que ir hacia delante -explica-. Me gusta mucho el mar, mi madre fue mariscadora y mi padre percebeiro, pero yo quiero hacer más cosas. Por eso estoy preparando unas oposiciones».

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Además de compañeras, muchas de estas mujeres son amigas de infancia. Juntas acuden a las sesiones de zumba en la asociación vecinal de Villarrube o a los bailes de salón dominicales en la discoteca Zeus de Pontedeume.

Otras, como Magdalena López de Bellón, de 59 años, viven una segunda juventud gracias al mar. Tras haber dedicado su vida a criar tres hijos, se apuntó al curso de mariscadora hace una década y obtuvo la licencia. «Disfruto muchísimo de la vida. Me apasiona lo que hago -afirma-. Con mi edad, después de haber trabajado tanto toda mi vida, quiero disfrutar al máximo mientras la salud me lo permita». Ella y varias compañeras de la cofradía son adictas a las clases de zumba y pilates que se organizan en Villarrube tres veces por semana.

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