¿Por qué algunas personas siguen ignorando las restricciones de la cuarentena? Ocurre en todos los barrios, entre todas las clases sociales y en personas con distintos grados de formación. Por lo visto, no hay posgrado universitario que libre a muchos del egoísmo, el negacionismo y la falta de empatía. O, directamente, de la psicopatía. Por Fernando Goitia/ Fotografía: © Silveri/plainpictures/agefotostock

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Estamos preocupados, nadie lo duda. Por eso estamos confinados en nuestras casas y no salimos a la calle salvo que sea estrictamente necesario. Lo confirma la segunda oleada de la encuesta de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas) sobre la evolución de la pandemia en España: a 8,9 de cada 10 españoles le preocupa que él o un familiar resulte contagiado por el coronavirus. Lo llamativo, sin embargo, es esa persona de cada diez que, tras superar la semana de confinamiento, sigue sin asumir que la cuestión también va con él y se salta las restricciones bajo las que todos vivimos en estos días.

Los que siguen saliendo a la calle sin causa justificada ya no tienen excusa. Les mueve, directamente, el egoísmo

«El negacionismo y el egoismo son las dos actitudes que marcan la conducta de estas personas –dice el psicólogo Guillermo Fouce, profesor de Psicología Social en la Universidad Complutense de Madrid–. Al principio del confinamiento, mucha gente justificaba el incumplimiento diciendo que se exageraba la amenaza o que esto es una conspiración, pero esa fase ya ha pasado. Los que siguen saliendo a la calle sin causa justificada ya no tienen excusa. Les mueve, directamente, el egoísmo. Piensan que el virus no va con ellos, que no les va a causar daño, y no son capaces de ponerse en el lugar de los demás y ver el bien común de evitar más contagios, muertes y el colapso del sistema sanitario».

Guillermo Fouce habla de psicopatía, «un rasgo de la personalidad que implica no ser capaz de sentir las emociones de los otros». Según explica este experto, presidente de la Fundación Psicología sin Fronteras, todos tenemos cierto rasgo de psicopatía. «Va por grados y se define por la mayor o menor resistencia o dificultad a ponerse en el lugar del otro. Y quién así actúa no lo hace sólo ahora, es un continuo en su personalidad».

Romper las normas colectivas, por ejemplo, es algo relacionado con este rasgo. Un comportamiento que se resume en la expresión «nadie me dice lo que tengo que hacer» y que, en las circunstancias actuales, sólo cabe ya combatir mediante la represión o la presión social. «La norma social aceptada de modo unánime en estos momentos es: no salgas a la calle. Y todo el mundo está informado de las consecuencias. Así que quien la ignora de manera consciente sabe perfectamente que puede contribuir a la transmisión del virus y que, además, se enfrenta a un castigo».

Tanto la multa como la presión social son mecanismos dirigidos a reconducir la cuestión, considera Fouce, que también es vocal del Colegio de la Psicología de Madrid. «Que sus actos tengan consecuencias», subraya. Los reproches desde los balcones que muchas personas indignadas dirigen a quienes no están solos en la calle, por ejemplo, forman parte de este tipo de presión. «Todas esas personas que se van a la playa, al pueblo o de fin de semana, el que intenta irse a otro país para alejarse, el que saca a pasear a un perro de peluche, el que dice que está enfermo cuando no lo está… son triquiñuelas de personas incapaces de ver más allá de su propio bienestar».

Ocurre, además en todas las edades. No son sólo los jóvenes, aunque, según las encuestas, sean estos quienes menos amenazados se sienten por la pandemia. Entre las personas denunciadas por la Policía por estar en la calle sin razón justificada abundan los adultos e, incluso, personas que, por edad, están en el colectivo de mayor riesgo. Son esas personas mayores que replican a los agentes que se les acercan que «de algo hay que morir». Saben que el fin de la vida queda cerca y asumen la fatalidad. «Dentro de que son una minoría los que se saltan el confinamiento, es un comportamiento que no atiende a grupos de edad», subraya Fouce.

La gente tiene miedo, se siente vulnerable, respuestas racionales y lógicas ante una amenaza, pero eso genera mucha ansiedad y si esta no se sabe manejar la amenaza se minimiza o se cogen atajos como negar la realidad. Para combatir esto, la unidad en los mensajes, a juicio del psicólogo, también es clave. «Se ha tardado un tiempo, pero en la fase actual, ya nadie discute sobre la dimensión del peligro. El que no quiera asumirlo es porque busca atajos que justifiquen su actitud. Se autoengaña». Es un mecanismo de autojustificación alimentado por rumores y fake news. «Buscan excusas en las noticias que niegan la gravedad o en las que hablan de una conspiración y aseguran que estamos siendo engañados. Hay gente, incluso, que apela a Dios, diciendo que Él les protege. Se sirven de estos atajos para justificar algo que previamente ya han decidido hacer: hacer lo que les dé la gana».

Dicho de otro modo: todos entendemos las advertencias de los epidemiólogos y de los políticos, son claras como el cristal; sin embargo, las emociones, los prejuicios y los miedos de cada uno filtran la comprensión de esa información para adecuarla a nuestros propósitos. Un mecanismo psicológico que, por cierto, tenderá a extenderse a medida que prosiga el estado de alarma y aumente la angustia. «La gente buscará cada vez más excusas para salir dentro de las excepciones contempladas», advierte Fouce.

Son repuestas que se extreman en lo que en psicología social se conoce como sociedades individualistas, propias de Occidente, con Estados Unidos como paradigma, en oposición a las colectivistas como las del sureste asiático, que ahora se ponen como ejemplo en el combate exitoso a la pandemia. «Unas y otras no son mejores ni peores –subraya Fouce–. Pero es cierto que las colectivistas tienden más al bien común y a lo comunitario y se hace más caso a los mensajes que anteponen el bienestar de todos. A las individualistas les cuesta más. España era una sociedad más colectivista no hace mucho tiempo, pero nos hemos vuelto más individualistas, para bien y para mal».

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