El gen benefactor
PALABRERĂŤA
Espectro. Andrea habĂa nacido para ayudar. Al menos, ella pensaba eso: que en su ADN existĂa el gen benefactor –entre admiraciones azules y cĂrculos rojos: asĂ lo imaginaba–. En su opiniĂłn, lo que agrietaba el mundo era la falta de solidaridad, y ella combatĂa el dĂ©ficit general con la disponibilidad permanente. No siempre fue asĂ: hasta la adolescencia habĂa sido como la mayorĂa de los niños, una dictadora con dos leyes: ‘yo’ y ‘mĂo’. Los padres y los maestros, poseĂdos por el espectro de lo correcto, intentaron hipnotizarla con el verbo ‘compartir’, si bien la sugestiĂłn desaparecĂa cuando otro niño o niña le disputaba sus pertenencias, o ella ambicionaba las de los demás. Al crecer y desarrollarse, el dormido gen benefactor se despertĂł –segĂşn su análisis– y se moviĂł con un golpe seco y violento, chocando con los demás genes como la bola blanca dispersa las otras sobre el tapete verde.
Virginal. PensĂł en convertirse en solidaria profesional –en empleada de una ONG, por ejemplo–, algo que descartĂł con prontitud porque no querĂa separar trabajo y existencia. Vivir de la solidaridad era pervertirla y ella la amaba de una forma virginal. Se licenciĂł en Farmacia para asegurarse un empleo con horario y estabilidad econĂłmica, y para conocer la farmacopea que aliviaba dolores e incluso la que dopaba para ser usada en urgencias de infelicidad.
Abducido. Donde la virtuosa misión se manifestó con plenitud fue en el bloque de pisos, el pequeño reino de Andrea. Siempre a punto para ir a buscar el pan de cualquiera que se lo pidiera, bajar las bolsas de basura del rellano al completo –era un espectáculo verla cargar la montaña de desperdicios en el ascensor–, preparar la comida de enfermos, bañar a ancianas, leer el cuento para dormir a niños con padres abducidos por la tele por cable.
TintorerĂa. Soltera por convicciĂłn para consagrarse de pleno a la labor humanitaria, propagaba el virus por la familia, los amigos y los colegas del trabajo. Algunos dĂas parecĂa que hubiera un ejĂ©rcito clon de Andreas sirviendo a hermanas y conocidos, haciendo recados, trasladando prendas a la tintorerĂa y cargando litros de agua del supermercado. Durante un tiempo se diluyĂł la lĂnea que separaba la asistencia de la explotaciĂłn voluntaria, palabras en colisiĂłn pero que respondĂan al entregado espĂritu de la mujer.
Socorro. La comunidad fue hartándose de ella progresivamente. Al comienzo de la campaña, la relaciĂłn fue entusiasta. Bendijeron que Andrea formara parte del colectivo. Su socorro solucionaba problemas que no eran menores. Era un alivio saber que podĂan contar con alguien. Las parejas con niños pequeños pudieron salir a cenar sin pagar canguro, y tambiĂ©n los que tenĂan a su cargo a ancianos consiguieron algĂşn tiempo libre. Andrea jamás desfallecĂa: coordinaba su agenda con las de los vecinos. ColgĂł un corcho en la entrada de la finca para que sus mensajes y horarios pudieran estar a la vista de todos y fuera más sencilla la organizaciĂłn. A algunos comenzĂł a resultarles invasiva y les incomodaba que formara parte de la familia sin serlo. Agobiaba su presencia permanente en las casas y nadie podĂa gozar de la intimidad, ir en ropa interior o ir desnudos, gritar o llorar si las circunstancias lo requerĂan. Se fingĂa con ella como se disimula ante un extraño.
Neurosis. A medida que los demás la evitaban, y renunciaban a sus servicios, aumentaba la neurosis salvadora. ComenzĂł una violencia filantrĂłpica y cuando veĂa a una anciana entrar con las provisiones del sĂşper –sobre todo si no arrastraba un carrito–, le arrancaba las bolsas, las dejaba plantadas ante el ascensor y echaba a correr hacia las escaleras. En secreto habĂa llevado a copiar las llaves de algunos pisos y se colaba para preparar la comida o lavar los platos. DespuĂ©s de algunos sustos, sorprendida desparasitando un chucho y desatascando un bidĂ©, la denunciaron a la policĂa. Fue la primera de muchas denuncias que, al final, la llevaron ante una jueza. Fue condenada a recibir ayuda. Al escuchar la sentencia, rompiĂł a llorar agradecida: por primera vez alguien se iba a ocupar de ella.





