La primavera del productor

Palabrería

Primate. Después de la violencia del invierno y de la oscuridad prematura, la primavera se insinuaba. El aire comenzaba a oler a renacimiento. El productor de cine salió de la casita de madera, agradeció el sol y se estiró entre gruñidos como un gran primate. A veces escuchaba a los monos a lo lejos, incapaz de distinguir a un chimpancé de un mandril o de un gorila de costa. ¿Qué especie sería la que aullaba? Cada vez que los gritos cortaban la noche, un escalofrío le rodeaba la columna vertebral como una guirnalda el árbol de Navidad.


Violador. Sacó la silla plegable y la colocó en medio del jardín. Aún hacía frío, así que se cubrió con el bonito abrigo con cuello de piel de nutria con el que había acudido a los estrenos importantes. Por falta de mantenimiento, el pelaje había dejado de brillar y las rozaduras afeaban la tela de la prenda, apagada hasta la ceniza. ¿Qué pensarían las nutrias, también en el vecindario, de que sus congéneres muertos y despellejados formaran parte de su, antaño, exquisito vestuario? Qué le importaba a él la opinión de unas ratas gigantes si desde hacía más de un año su nombre, escrito en el pasado con neones, era sinónimo de violador.


Dodecafónica. La casita necesitaba reparaciones: el aspecto externo era hermoso, más una escenografía que otra cosa, tal como habían decidido los responsables del complejo. A diferencia, el interior era una ruina, con goteras que a veces le obsequiaban con un concierto de música dodecafónica cuando colocaba platos y cazos para recoger la lluvia. Sin embargo, la esperanzada mañana parecía indicar que lo peor había pasado y que la primavera y el verano, con sus particularidades y efímeros tremendismos, serían una tregua antes del regreso de las tempestades. Estaba seguro de que aún viviría mucho tiempo en aquel lugar, así que insistiría a los responsables para que arreglaran el techo y, a poder ser, que instalaran calefacción general. Sabía que en otros refugios, donde habitaban seres frágiles y con poca protección, las viviendas estaban equipadas con calor. Él tenía que conformarse con un par de calefactores eléctricos.


Sumisión. Antes de que se levantara, le dejaban la prensa y las revistas de Hollywood. Resignado, sabedor de lo que contenían, comenzó a leer. Un año no había sido tiempo suficiente para que lo olvidaran. A diario aparecía una nueva actriz que lo acusaba de abusos. ¡No recordaba a la mitad de ellas! Pero no podía negarlo: había tenido sexo con decenas y decenas de mujeres, aunque, en su opinión, era consentido. ¿Acaso no era un intercambio de favores? Ellas le daban placer; él, trabajo. Los maliciosos escribían que se trataba de relaciones desiguales, que él se aprovechaba del poder, que en sus manos estaba el destino profesional de unas y otras, que las amenazaba con la ruina de las carreras. ¡Hipócritas! ¿Cuántos de esos periodistas habrían hecho lo mismo que él si, con solo chasquear los dedos, hubiera aparecido la más hermosa y joven actriz del momento? Además, todos los hombres de su mundo hacían lo mismo: sacar jugo a la vida. Actores, directores y productores, una comunidad de machos que heredaron Hollywood y que trasladarían sus valores a la siguiente generación: la codicia y la sumisión de las mujeres.


Foso. Cuando vio que los primeros visitantes se aproximaban al foso, del que era imposible salir, se arregló el pelo y sonrió, seguro de que le harían fotos. Era una pareja de ancianos, que se acercó al cartelito para leer qué especie era: un depredador, un productor de cine cuyo hábitat eran los estudios. Prohibía que le echaran comida y whisky y advertía de que era muy peligroso. No le prestaron atención y siguieron su camino. El productor se preguntó cómo estarían esos actores y directores a los que había financiado durante años, si ocuparían unos recintos similares en aquel zoo. Como un gran felino, se estiró a tomar el sol.