¿Quién dijo que los ancianos nos son rentables?

Artículos de ocasión

Hace tiempo que me llamó la atención el modo sutil en que los teóricos de la economía empezaron a despreciar a los ancianos. Sí, suena un poco fuerte, pero el discurso tuvo eco en los medios. Durante el último año, la manipulación ha sido evidente con el intento esforzado de enfrentar a los ancianos a las generaciones más jóvenes. ¿Cómo? Muy fácil. Explicando que se trata de un grupo demográfico que sólo contribuye a la pobreza nacional, porque son dependientes, pensionistas, abusadores del sistema de salud, una clase pasiva que impide que los jóvenes puedan disfrutar del estado del bienestar y, además, los amenaza con que cuando lleguen a viejos no van a poder disfrutar de las ventajas que ahora gozan los más mayores: pensiones, jubilaciones, Seguridad Social sostenible. Muchos pensarán que este enfrentamiento es accidental, pero no hay más que leer titulares y propuestas de pánico sobre el futuro del sistema para que se entienda entre líneas que el enemigo son los ancianos.

Ojalá que la sociedad no se deje convencer por esta afrenta moral. En otras ocasiones ha funcionado y el poder económico ha sabido inocular el miedo, la desafección y la rivalidad entre distintas capas sociales que no eran enemigas entre sí, pero pasaron a actuar como tales. En este caso, además, se trata de una mentira radical, puesto que los ancianos no sólo han sido un sostén mucho más sólido para las familias que el propio Estado, sino que en los periodos de crisis se han revelado como la salvación de tantos y tantos jóvenes con trabajos precarios o desempleados de larga duración, las dos categorías mayoritarias que la reforma laboral conservadora perpetró en España en la última década. Pero más allá de este intento de lograr que las personas rivalicen para que el poder siga en las manos de los mismos, hay una pregunta que podríamos hacernos. Es una pregunta algo cínica, pero merece respuesta. ¿De verdad son los ancianos seres improductivos? ¿Se los sostiene por caridad?

La respuesta es que no. Igual que los niños son una categoría comercial de ámbito inacabable, que producen un movimiento económico de enorme potencial, los ancianos representan una fuerza económica también. No hay más que ver lo que está ocurriendo con los negocios que crecen en torno a ellos y su nueva longevidad. Las agencias de seguros médicos, los planes de jubilación privados y las residencias de ancianos son tres vectores económicos que han despuntado en las últimas décadas. Cuando uno pregunta quiénes andan moviendo las grandes firmas de capital especulativo, no es raro que encuentre esas tres patas de las necesidades sociales como una fuente inagotable de divisas. Los ancianos son, pues, un negocio increíble. Con ellos el Estado ha experimentado aún una mayor presión para abandonarlos a su suerte que con el sistema educativo de los menores. En la formación de los niños, el sistema mixto de financiación pública y privada ha derramado grandes beneficios en empresas de carácter supuestamente educativo. Con los ancianos, con menos perspectiva de futuro, ha optado más bien por regalar el sector a empresas privadas que especulan con la supervivencia y el cuidado de los ancianos, fuera del vínculo público.

Uno pensaría que este negocio no es rentable para el Estado puesto que lo ha entregado en una privatización sin límite. La sorpresa es cuando descubre que lucra sin medida a multinacionales especializadas. A cambio, el cuidado de los ancianos se somete a la rentabilidad de esas empresas y queda en manos de profesionales en precario, provisionales y sin supervisión. Bastaría con que el Estado emprendiera una recaptación de este negocio, que tendría además una vertiente humanitaria muy recomendable, para que empezáramos a comprender que los ancianos también con sus problemas pueden ser un motor de la economía pública. Pero no, los intereses privados han logrado desviar para su beneficio todos los valores que lo público debería contener: bienestar, amparo, protección. Y, claro, el resultado es esta insultante ola de desprecio a los ancianos que nos invade, al representarlos como meros obstáculos para el equilibrio presupuestario del país. Cuánta mentira malvada hay detrás de esta lectura. Y, encima, nos la estamos creyendo.