La bondad de las armas

Palabrería

Bravuconada. Los tiroteos en los institutos sucedían cada vez con más frecuencia. A diferencia de lo que pasaba en los países nórdicos, en aquella nación, la primera del mundo, según las bravuconadas de su presidente, morir atravesado por una bala no era una excepción, sino algo que podía ocurrir en cualquier momento, durante el transcurso de una actividad inocente y cotidiana o en el propio hogar a manos de alguien con quien se compartían intimidades. En tiempos de paz, caer abatido por un arma de fuego era, además de devastador para las familias y desmoralizador para la sociedad, desconcertante por la indefensión y la inexistencia de alertas.

Boquete. Año tras año aumentaba el número de estudiantes muertos, de escuelas enlutadas, de niños, jóvenes y adultos conmocionados. Las autoridades asistían a velatorios, misas y ceremonias, que olían a pólvora y a cadáveres, sin prohibiciones ni soluciones. ¿Por qué? Porque, durante la salvaje fundación del territorio, los legisladores habían decidido que todo el mundo tenía derecho a portar armas. ¿Para defenderse o para atacar? Siendo el mismo instrumento, ¿cómo distinguían el uso? No se trataba de una disquisición filosófica, sino de un boquete en el estómago. ¿En el espíritu de la segunda enmienda estaba enriquecer de forma fabulosa a los fabricantes de revólveres y rifles, que conservaban los privilegios gracias a las cuantiosas donaciones a los políticos?

Nácar. Mister Bullet, uno de los principales empresarios del sector, mejillas de nácar y nariz de Derringer, pensaba a menudo en la segunda enmienda, en los padres fundadores, en la moral del armamento y cómo el mismo mecanismo transfería bondad en manos de unos y maldad en manos de otros (sin que quedara claro jamás quiénes eran los unos y quiénes, los otros: aunque para él no había dudas). Lo rodeaban las armas, al igual que a los comerciales de perfumes los invadían los frasquitos y a los de embutidos, muestras suficientes para el paro cardiaco. En la oficina, en el coche, en casa: decenas de pistolas y fusiles a mano. En la mesilla de noche junto a la Biblia, en la guantera sobre la documentación del vehículo como pisapapeles siniestros, en la bolsa del gimnasio enganchadas a las gomitas de los calzoncillos, y en el neceser al lado de los condones. Metía la mano en una bota olvidada y sacaba un cacharro, abría el armario de la cocina en busca de una taza y topaba con un cañón, quería agarrar un destornillador y le salía un subfusil. A veces se rascaba la espalda con una escopeta.

Masacre. El fabricante sabía que después de una matanza se multiplicaban los pedidos. Lo lógico era que sucediera al revés, que los asesinatos provocaran el rechazo, que los ciudadanos comprendieran que la posesión precedía a la muerte. Las aulas ensangrentadas despertaban el miedo y la necesidad de protegerse. Quien tenía una pistola quería un subfusil. Quien tenía un subfusil quería una ametralladora ligera. Y así hasta llegar al material pesado. Nunca acabarían con las armas porque el motivo para hacerlo era el que aceleraba las ventas: «Si los otros tienen y yo no, pueden acabar conmigo». El mismo argumento que el presidente usaba para acaparar cabezas nucleares. Mister Bullet se santiguaba tras cada masacre y oraba por las familias, pero celebraba la curva ascendente de las estadísticas.

Agujero. Cuando el asaltante entró en casa de mister Bullet, desconocía que lo aguardaba tras la puerta con un rifle de asalto. El disparo lo dejó seco. El agujero de la puerta era del tamaño de un ojo de buey. Durante el juicio fue declarado ‘no culpable’ porque, según la sentencia, actuó en defensa propia. En ese tiempo, la compañía logró los mejores resultados de su historia.