Entre ‘unanimiedades’

Artículos de ocasión

A todos nos sorprendió la torpeza de los líderes conservadores en España ante la manifestación en favor de los derechos de la mujer y su igualdad salarial. Al enfrentarse a un movimiento así, no hacían más que desvelar su falta de conexión con las realidades sociales. Hace demasiado tiempo que el partido en el Gobierno desagua esta legislatura pobretona y renqueante sin acertar a dar con la tecla que active un mínimo progreso. La prueba más evidente de su torpeza es que el día de la huelga aparecieron con los lacitos pertinentes y trataron de subirse a la ola ganadora, pero como los surfistas torpes lo hicieron tarde y mal. Entre la alfombrada reivindicación feminista se han manejado muchos argumentos, casi todos ellos válidos. El más evidente habla de una brecha salarial que no se puede seguir ignorando, que quizá no tiene tanto que ver con los salarios como con el acceso a ciertos puestos y la progresión laboral de las mujeres en un entorno hostil. La sangrienta reforma laboral dejó en la cuneta a muchas mujeres y, aún peor, condenó a España a una protección de la maternidad tan nula que ya somos el país con peor perspectiva de envejecimiento.

Hace poco leí una entrevista en El País con la escritora Virginie Despentes. Observé una ostensible contradicción. Por un lado aseguraba que en un mundo dirigido por mujeres no existiría tanta violencia ni guerras por el hecho de que: «Cuando eres el cuerpo que fabrica humanos, la idea de matarlos por millones no te parece tan urgente». Pero dos respuestas más tarde afirmaba: «Lo que me sorprende es el deseo fanático que veo a mi alrededor de tener niños. Incluso entre las lesbianas… Es todo propaganda. Mi único consejo a los jóvenes es que no tengáis hijos, somos muchos». Resulta que lo mismo que hace distinta y mejora la feminidad es precisamente aquello a lo que hay que renunciar. Estoy de acuerdo en que traer hijos al mundo te hace menos propenso al asesinato, por más que no sea una verdad científica. También en que la propaganda empuja a tener hijos y familia. Pero lo mejor es no dictar lo que los demás deben hacer con su vida íntima. Esa es la incoherencia en la que vivimos, hablamos de derechos individuales, pero estimulamos los dogmas sociales.

Sin embargo, en esos días estaba en Colombia y conocí a una mujer que me confirmaba alguna de las ideas que siempre han rondado en mi cabeza. Ella contaba como unos años atrás sus padres fueron secuestrados por la guerrilla, apartados de su familia durante medio año y finalmente asesinados de manera cruel. Sin embargo, como hija de las víctimas se reconocía absolutamente partidaria del proceso de paz que en su país aspiraba a terminar con este enfrentamiento. Por supuesto que era incapaz de perdonar a los asesinos de sus padres, pero convenía en que para el futuro del país lo mejor era tratar de enterrar ese conflicto y ofrecer un mañana más prometedor para los que vienen detrás.

Esa generosidad y esa visión de conjunto no es fácil cuando has sido sacudido por el dolor y el sinsentido del asesinato. Me recordó a algo que formó parte de mi infancia de una manera sutil, pero persistente. Mi madre había perdido a su padre, asesinado en la Guerra Civil, y sin embargo jamás permitió que el rencor y el deseo de venganza se trasladaran a la generación siguiente. Ejerció un magistral modelo de comportamiento, jamás desde la prédica ni la superioridad moral, sino desde la complejidad y la visión de conjunto. Y creo que, al igual que esas dos mujeres que hoy pongo como ejemplo, otras muchas han mantenido la constancia en un deseo de hermandad y convivencia que en demasiadas ocasiones los hombres han lapidado, humillado y traicionado. Entre las muchas declaraciones altisonantes, los oportunismos políticos y comerciales, hay una evocación de la mujer mucho más profunda y rica. Ojalá que antes de las ‘unanimiedades’ tan de moda se imponga el valor femenino, y su igualdad real nos traiga un poco más de generosidad y rigor moral a este desamparado mundo destrozado por tantas virilidades siniestras.