Un monstruo en el váter

Palabrería

Contraofensiva. Los ataques de los monstruos eran cada vez más comunes y devastadores. Primero fueron pequeños y locales, fácilmente controlables por un solo vehículo. Después crecieron en volumen y frecuencia, atacando infraestructuras medianas. Ahora lo hacían a lo grande, principalmente, en las poblaciones costeras, aterrando a la población y obstruyendo las principales vías. Desde hacía poco, el Ejército se había hecho cargo de la contraofensiva y, pese a que se enfrentaban al enemigo con arsenales potentes, apenas dañaban los cuerpos. Las balas penetraban en las primeras capas, que absorbían el impacto sin afectar a la estructura. Tampoco los obuses o las granadas superaban los pliegues, puesto que se hundían hasta desaparecer en una masa que parecía no tener fin. Los gigantescos seres avanzaban descontrolados dejando tras de sí el apocalipsis y un rastro húmedo.

Tímpano. El general encargado de la defensa estaba reunido en un búnker con algunos sabios en busca de ciencia y consejo. Uno planteaba el uso de proyectiles nucleares («después de haber evacuado a la población, claro», cabeceaba, dando a entender su sentimiento humanitario). Otro creía que la solución pasaba por desplazar en helicóptero, hasta la parte más alta de aquellas montañas, a un equipo de perforadores petroleros, que con sus instrumentos abrirían un pozo hasta el núcleo y por el que deslizarían la cabeza nuclear (ahí parecían estar ambos de acuerdo). Un tercero prefería los ácidos. Y un cuarto apuntaba a una trampa sónica, con consecuencias indeseadas como el derrumbamiento de los edificios y el estallido general de los tímpanos.

Biodegradable. El quinto científico propuso una idea peregrina, que los otros cuatro discutieron a gritos. Insistía: «Si los responsables de esta desgracia dicen que son biodegradables, ¿por qué no destruirlas con cañones de agua?». Los otros le soltaron de todo, hasta lo llamaron «asno», sin evidencia científica de que lo fuera, al menos, morfológicamente. El científico número uno le dio un cachete: «Si precisamente por culpa de esa creencia los engendros han multiplicado su volumen hasta descontrolarse. Los ciudadanos creyeron las mentiras de los fabricantes, que aseguraban que se deshacían en contacto con el H2O». Como era un científico, decía «H2O» o «líquido elemento», creyéndose que se diferenciaba de los legos.

Tiza. Mientras los cinco doctores se golpeaban con los borradores de tiza, alzando nubes blancas, y el general intentaba separarlos con el brazo de un esqueleto de mentira, sonó el teléfono rojo. ¡Nueva York y Shanghái habían caído! ¡Barcelona era un solar, donde solo quedaba en pie la estatua de Colón, tan fea que ni aquellos godzillas de un blanco sucio querían tocarlo! «Venga, venga, más ideas», rugió el general. ¿Lanzallamas? No, las figuras contienen demasiada agua. ¿Abuelas ninjas? «Pero ¿quién ha dicho esa majadería?». Se dio la vuelta el general y vio como huía el bedel del búnker. Llevaban 48 horas sin dormir, delirando con absurdidades. Aquel espacio inexpugnable apestaba a hombres sucios y estúpidos. ¿Cadenas gigantescas para controlarlos igual que en el pasado habían hecho con King Kong? Imposible: los monstruos no tenían ni cabeza ni extremidades.

Caudal. El sexto día, mientras el general, atiborrado de drogas, nombraba Comandante del Pueblo Libre al bedel, reventaron los lavabos del búnker y las cañerías de las paredes. Masas de toallitas comenzaron a emerger, bolas de material sintético que aumentaban de tamaño, pegadas las unas a las otras. El Comandante del Pueblo Libre, aka bedel, consiguió huir antes de ser engullido. Los científicos y el general cayeron asfixiados. La mole siguió aumentando hasta explotar el espacio blindado. Emergió hasta alcanzar una altura de cien metros y comenzó a desplazarse, magnífica, apabullante, exterminadora. Tras ella, un rastro de agua con el caudal de un río.