Juego de cátedras

Artículos de ocasión

Hace unos años, cuando un par de amigos me contaron un rosario de anécdotas sobre accesos a cátedra en la Universidad de su ciudad y demás anécdotas de la pugna febril entre despachos, propuse a una cadena de televisión poner en pie una serie en España que, en lugar de imitar, sin medios, a las series norteamericanas, retratara el mundo interno de una facultad al modo de Juego de tronos. No hace falta irse a un Medievo imaginario para encontrar la crueldad y la impudicia, muchas veces lo tenemos más cerca. A raíz de un reciente artículo donde reclamaba la Universidad pública española como una utopía permanente para lograr la igualdad entre los ciudadanos, recibí un montón de cartas de profesores y catedráticos que se sumaban a la esperanza, pero no dejaban de recordarme el estado de mediocridad, lucha cainita, peleas por la poltrona y demás malformaciones del tejido académico en las más importantes instituciones del país. Volví a acordarme de la serie rechazada por el canal, una lástima no haber podido hincarle el diente a ese proyecto.

En la Universidad estudié Periodismo con más ánimo que brillantez. Dejé tres asignaturas colgadas para irme a Estados Unidos y jamás me arrepentí de abandonar sin el título, no creo demasiado en los papeles oficiales. Sin embargo, cada vez que alguien me pregunta, opino con sinceridad que pasar por la Universidad es una etapa de privilegio para abrir tu cabeza y aspirar a cambiar el mundo desde tu disciplina. Los últimos escándalos que han sacudido la corrupción política en España apuntan hacia titulaciones maniobreras que han premiado a altos personajes de partidos. No sólo carecían de los merecimientos, sino que además han forzado la maquinaria administrativa para obtener diplomas que colgar en su vacua personalidad. No nos engañemos, la mayoría de las carreras políticas se hacen con un trabajo esforzado desde la sede local, adquiriendo poco a poco una cierta capacidad de mando y poder dentro del partido. Cuando se alcanza la cúspide, en muchos casos hay una ausencia de preparación real que toca cubrir a toda prisa. Eso es triste, pero más aún utilizar el poder que te puede conceder la política para trepar en el escalafón universitario.

Lo que sucede con estos escándalos es que quizá encubren un mal funcionamiento generalizado. La Universidad es un secreto cerrado con llave, donde cada vez que preguntas te encuentras respuestas muy siniestras. A la validez de las personas se le opone en muchas ocasiones un enfrentamiento personal, y los departamentos son a ratos reinos de taifas. Supongo que, en la mayoría de los casos, la honestidad de alguien que se dedica a la enseñanza impone una ética propia que le hace sobrevivir, pese a que alrededor vea cosas que no le gustan. Como alumno te enteras de refilón de esas luchas de poder, porque te dedicas a ir a clase, a estudiar, a tratar de sacar tus asignaturas adelante. Pero ya detectas que algunos de los alumnos más perspicaces y que pretenden colocarse en la facultad comienzan la operación de seducción y pasteleo con quien le puede ayudar a lograr su plaza. Es algo que sucede mientras la gran mayoría centra su aspiración en encontrar trabajos fuera de lo académico, pero todos hemos conocido esa viscosa presencia a nuestro costado.

Quizá sería buena la ocasión para tratar de entender si el funcionamiento universitario es el correcto y si hay aspectos que pueden mejorarse. Lograr un acuerdo común, con plena participación de los implicados, sería un sueño. España no es país de reformas, y menos educativas, y aún menos con
consenso. Pero la idea de que el poder político se ha infiltrado en las universidades públicas un poco a la manera en que durante años ha ido degradando las televisiones y las instituciones democráticas que se les ponen a tiro es desasosegante. Frente a la oferta privada, donde el dinero resulta definitivo para establecer una jerarquía social, en la Universidad pública se precisa transparencia, ascenso por méritos, vigilancia extrema. A lo mejor después de la mancha de betún que dejan estos episodios, el panorama puede enriquecerse para devolver el orgullo a las imprescindibles instituciones educativas públicas.