El rey de la casa

Palabrería

Privilegio. Él, pongamos Rafa, fue el rey de la casa. No se preguntaba por qué, ni siquiera tuvo la decencia, a lo largo de la vida, de darse cuenta de que los privilegios se le concedían en cuanto varón. Enterarse –querer enterarse– de que por haber nacido con el cromosoma Y recibía prebendas lo habría hecho, en algún momento, responsable de la excepcional circunstancia y –solo tal vez– habría sido agradecido y comportado de una forma decente.

Explotador. En absoluto el conocimiento –el ser consciente– justificaba el abuso, si bien permitía a los aprovechados abrir una pantalla tras la que ocultarse: un ‘gracias’ a tiempo evitaba protestas y rebeliones. El explotador podría seguir siéndolo con sonrisas y con algún ramo, que se marchitaba enseguida aunque no el recuerdo. El fantasma de las flores seguiría entre ellos –la víctima y el verdugo– durante mucho tiempo: el hombre repetiría a menudo que le había regalado rosas. El ramo eterno e inexistente. Pero él, pongamos Rafa, vivía los privilegios como si los hubiera heredado, sin plantearse de dónde procedía el legado y sobre cuánta sangre se erigió. Jamás se hizo la cama, jamás retiró un plato, jamás eligió la ropa de diario, que de forma mágica aparecía doblada sobre una silla para que se vistiera; jamás recogió esa ropa del suelo, jamás se compró esa misma ropa, ni siquiera la interior a la edad en la que los seres humanos tienen vergüenza y reclaman intimidad.

Dependencia. Fue malcriado por la abuela y la madre, que tampoco se planteaban por qué lo hacían, cuál era el motivo de la adoración. En las manos de ellas, la palabra ‘algodón’ alcanzaba un sentido místico. Seguían un mecanismo de siglos perfectamente engrasado por el patriarcado y sus múltiples caras, desde las crueles a las supuestamente benévolas, derivadas en paternalismo. No era solo él, pongamos Rafa, sino también el padre, con el mismo nombre. Dos hombres y dos esclavas, entregadas con una obligada voluntariedad. Él, pongamos Rafa, tardó en irse de casa –a diferencia del padre, que no se largó nunca (¿para qué?)–, pero siguió retornando los despojos a la casa paterna –¿por qué no materna?– para que los lavaran. Abuela y madre cocinaban y él trasladaba tápers que nunca devolvía limpios. Y aunque ellas no se quejaban de una forma abierta, la madre comenzaba a sugerir desagrado por la dependencia.

Comodín. Se casó, tuvo un hijo, al que llamó Rafa, y ni siquiera esa nueva condición lo hizo cambiar, aunque por primera vez comenzó con una tibia justificación emanada de la pura supervivencia. Una frase comodín que le sirvió durante algún tiempo: «Es que tú lo haces mejor», excusa para no comprar, para no cocinar, para no planchar, para no limpiar. Se atrevió con otra evasiva con idéntico resultado: «Ven aquí al sofá conmigo, cariño. ¡Ya lo harás más tarde!». La mujer, educada en la desigualdad y la permisividad, mutó con la llegada del hijo, que multiplicó las tareas e hizo más evidente la ausencia de él, pongamos Rafa. Ella le dijo que no podía cuidar a dos bebés. Él se resistió al cambio, se quejó a la madre de las exigencias de la esposa, aunque no encontró la solidaridad que esperaba: «Hijo, adáptate a los tiempos. Las mujeres somos diferentes ahora». Cuando encontró a su padre barriendo la casa, pensó en la traición.

Mimo. El cónclave masculino de los amigotes, el único sitio en el que podían hablar de tetas sin sentirse culpables, le aconsejó que modificara la postura y que cambiara la relación con las mujeres. Unos lo decían por convencimiento y los otros, por estrategia. Él, pongamos Rafa, Andrés, Ramón, José María o Pedro, no comprendió, no quiso comprender. Pensó que si lo educaron de esa manera, como rey de la casa, las culpables eran ellas. Que él no podía ser responsable de los mimos, de los cuidados, del trato preferente, que ellas y solo ellas lo habían hecho como era, así que ellas y solo ellas debían compensarlo y seguir endulzando su existencia.