Cambios que llegan sin llamar

Artículos de ocasión

Aún recuerdo la cara de estupor de parte del equipo técnico de una de mis películas cuando les anuncié que para el papel de un chico con parálisis cerebral pensaba buscar a un chico con parálisis cerebral. Algunos hasta se atrevieron a traerme propuestas de actores profesionales para convencerme de mi error. Pronto nos desplazamos a Almería para preparar el rodaje y organicé unas sesiones con asociaciones de discapacitados y a los pocos días apareció un chaval luminoso en una silla de ruedas. Herido en lo más profundo de su ser, mostraba una sonrisa benévola hacia nosotros. Rogelio, que así se llama, me confesó entre dientes que le gustaba la leche con cola cao y mirar las corridas de toros en la tele. Para escándalo de los que siguen considerando que un rodaje tiene que responder siempre a las tradiciones impuestas por la comodidad laboral, el chico se incorporó a la película con la ayuda de sus padres, encantados con la experiencia. Al terminar sus días de trabajo, breves, siempre concentrados, intentando someternos nosotros a sus exigencias y no al revés, el aplauso de todo el equipo fue emocionante. Varios lloraban y se abrazaban a este nuevo profesional del cine.

Algún tiempo después, en un episodio de una serie de televisión que tenía además la dificultad de tratarse de una comedia, con el ritmo preciso que eso implica, incorporamos a una joven con síndrome de Down para interpretar a una joven con síndrome de Down. Natalia resultó ser la actriz más imprevisible del rodaje, pero también su autenticidad contagiaba a todos. Incorporó el talento para prolongar su personaje más lejos de lo que cualquier guionista podría imaginar. En este caso fue ella la que al terminar el rodaje nos leyó una carta a los del equipo, agradeciendo nuestra ayuda, pero sobre todo incidiendo en su disponibilidad para trabajar en nuevos proyectos cuando fuese requerida. He ahí la profesionalidad que tantas veces se les niega. No hay nada mejor en nuestro oficio que dar pequeños pasos de experimentación que recuperen la búsqueda que fue el cine en su origen, una búsqueda de sentido, de expresión, pero también de imbricación mutua en la representación de la sociedad.

Me sorprendió, cuando paseaba por algunos festivales y galas obligado por la promoción de mi película, encontrar que casi siempre en el palmarés se reconocía la labor de algún actor conocido por su papel de discapacitado. En general, salvo contadas excepciones, cada vez que veo esos esfuerzos actorales encuentro algo ridículo. En varias ocasiones he sentido incluso rubor. Me recuerda, por qué no mencionarlo, a los tiempos en que en el teatro se impedía la presencia de mujeres, así que los hombres actores se disfrazaban para interpretar el papel de ellas. Luego, cuando apareció el cine, eran los negros los que no debían salir, así que se tiznaba la cara de estrellas blancas para interpretarlos. Y así durante años hemos tenido a esforzados intérpretes tratando de simular acentos, de oscurecerse el rostro, de poner caritas con tal de parecer lo que no pueden ser. Parece llegado el tiempo en que los papeles de discapacitados los hagan discapacitados, y todo lo que no sea así nos remita a una cierta vagancia profesional.

Por eso me he alegrado tanto del éxito popular de Campeones, la película de Javier Fesser. El riesgo de que los actores que interpretan a los chicos con discapacidad del equipo de baloncesto fueran chicos con discapacidad ha sido compensado con creces. Es más fácil enseñarlos a ellos a actuar que viceversa. Y bajo esa autenticidad los espectadores reconocen una presencia cercana. En un mundo en el que nos hemos acostumbrado a que en el cine no tengan presencia casi nada más que pistoleros y narcotraficantes, niños sobresexualizados que corren intrépidas aventuras y mostrencos con superpoderes resulta muy reconfortante ver a gente real retratada en la pantalla. Los mecanismos de aceptación y respeto necesitan siempre un periodo de visualización. Cuando se cumple, llega la normalidad que antes parecía imposible. Ese es el superpoder del cine. Claro que para ello hay que asumir riesgos, saber de lo que se habla y tener la aspiración de retratar lo sutil que te rodea en lugar de reincidir sobre lo ya masticado antes.