El recadero en bici

PALABRERÍA

Calambre. Se ahogaba con la bicicleta: ya no estaba en forma. La respiración era la de un tubo de escape de un viejo Dyane 6. El corazón latía como en el primer enamoramiento, con un descontrol que aterraba. Había sido un deportista aplicado y ahora lo que más se acercaba a un balón era la tripa. Las varices le recorrían las pantorrillas con el dibujo del delta del Nilo. Sintió un dolor en ese punto en el que el Nilo se abría en ramales. ¿Un calambre? Dejó de pedalear y pateó el asfalto con fuerza para disipar el agarrotamiento. ¡Joder! ¡Puta bici! ¿A qué idiota de su edad, y con su estado físico, se le ocurría emplearse de recadero?

Maillot. Tampoco había acertado con el vestuario: las mallas y el maillot le apretaban partes sensibles hasta insensibilizarlas. Le daba la impresión de que todos lo miraban, aunque no recibían ninguna atención, ni sorpresiva ni compasiva. Antes de salir de casa, se había examinado en el espejo y ese lienzo cruel le había devuelto la imagen de un cincuentón grueso con piernas finas metidas en un embutido de licra.

Chichonera. El casco era obligatorio: le recordaba las chichoneras de los bebés antiguos que había visto en fotografías primitivas. Le gustaban las gafas de sol panorámicas y las zapatillas, blancas como la cola de un zorro nival. Y la bicicleta, de última generación, fabricada con la misma fibra de carbono que utilizaban en el sector aeronáutico y para los coches deportivos, más ligera que un sello y más cara que el edificio de Correos.

Desguace. Cuando llegó a la planta baja en la que se reunían los repartidores para recoger la gigantesca mochila cuadrada donde meter los pedidos, el choque entre vehículos fue cruel. Bicis que eran hierros de desguace en contraste con el hermoso animal. También eran notorias las diferencias entre él y los ciclistas, saludables y fuertes, despreocupados por el vestuario, con ese mohín condescendiente de los jóvenes hacia los mayores desubicados. Él los miró con desprecio porque había gastado mucho dinero en el uniforme y la máquina. Le entregaron el bolsón. El resto llegaría por el aire, directamente al smartphone.

Consolador. La jornada estaba siendo de locos: la app no hacía más que meter prisa. Iba de un lado a otro cumpliendo recados ridículos. Un hombre lo mandó a comprar un juguete erótico y pasó vergüenza pidiendo un consolador de gran tamaño en un sex shop. Otro individuo había hecho un encargo muy preciso para una ferretería: la llave allen más pequeña del mercado (la guardó en el calcetín temeroso de extraviarla en la inmensidad de la mochila, sin estar seguro de si era la miniatura pedida o existía otra microscópica). Una mujer envió un ramo de flores a otra, que no lo aceptó, por lo que tuvo que ir a dárselo a la primera en un tripe viaje: floristería / mujer 1 (cabreo) / mujer 2 (cabreo). Todo tipo de comida a deshora, de la mexicana para desayunar al caprichoso donut de postre, con énfasis en la saludable, recipientes de plásticos con vegetales tan raros que hasta un elefante habría vomitado.

Velocípedo. La circulación por la ciudad era imposible: lo peor eran los carriles bicis, atragantados con bicitaxis, rebaños de turistas con bicicletas de alquiler, tándems y hasta monociclos, monopatines y patinadores. Llegar a tiempo con los encargos era una odisea: más de una vez estuvo tentado de coger un taxi, pero el temor a dejar el velocípedo encadenado a una farola y al regresar solo encontrar la farola lo disuadió.

Velocidad. Contento de acabar el día, roto por dentro y por fuera, dejó la bicicleta en el garaje y acarició el Porche, hecho con la misma piel. Mañana reuniría al equipo directivo para darse importancia: él, dueño de la empresa de repartidores, había compartido sudor y padecimiento con los mensajeros. Experiencia imprescindible, les diría, para comprender la esencia del negocio: servicio y velocidad. Les ocultaría que estuvo a punto de ser atropellado varias veces, que el dolor de piernas y espalda era insoportable y que, incapaz de terminar el trabajo, había subcontratado a recaderos para que los paquetes llegaran con prontitud al destino.