Paul Simon, de vuelta a casa

Artículos de ocasión

Cuando un artista que ha sido importante en tu vida anuncia la retirada, se disparan los recuerdos. Me sorprendió que Paul Simon emprendiera la gira final bajo el bello título de una de sus canciones, Homeward Bound, algo así como Camino de casa. Al modo en que nos contaban que hacían los elefantes, todos emprendemos el último camino hacia la tierra que conocimos, hacia el hogar que fabricamos en la mente. Pese a que en España sus seguidores son muchos, la gira de Simon no pasó por nuestro país. Quizá empezamos a ser demasiado previsibles con nuestros festivales musicales a modo de gazpacho veraniego, donde suena de todo, pero la música es segundo plato frente a la marcha y la botella. Entre mis planes estaba acudir al concierto de Hyde Park, aunque mi alergia a las grandes masas me hacía dudar. Al final me decidí por Mánchester. Allí el Arena es uno de esos locales donde cabe mucha gente, pero tienes sensación de cercanía. Que hubiera recibido el zarpazo de un atentado islamista me obligaba a visitarlo de nuevo. La ciudad, además, contiene amigos del alma, qué más se puede pedir.

Las primeras canciones de Paul Simon las escuché siendo niño. En el tocadiscos de mis hermanos, en la habitación reservada para estudiar o escuchar música. Simon y Garfunkel acababan de separarse como se separan los artistas insatisfechos. Lejos quedaba el esplendor de sus canciones para El graduado y los conciertos masivos. Recuerdo la contraportada de un libro con las letras de Paul Simon que había escrito el maestro Agustín Sánchez Vidal, ahí daba pistas claras de que en ese dúo había un hombre con enorme talento y otro con una voz angelical. El hombre de talento, claro, tuvo la carrera más larga. En mi opinión formó una secreta alianza con otro vecino de Newark, el escritor Philip Roth, y ambos crearon una nueva literatura basada en la observación de la vida íntima, periférica, del judío blanco intelectual. Allá en mi barrio de Estrecho aquello me sonaba familiar, las reuniones de la parentela, la insatisfacción, el deseo, la alegría de vivir. Simon cantó muchos lamentos de Portnoy y yo, con catorce años, no podía sino enamorarme de las melodías de Still Crazy After All These Years, I am Rock o Me and Julio Down by the Schoolyard. Creo que hasta escribí un ensayo de ingeniosidades amorosas que en el título de un capítulo tomaba prestada su canción 50 maneras de dejar a tu amante.

Para acabar de redondear la conexión íntegra entre mis más adorados modelos, Paul Simon apareció como el artista que se lleva a la chica en Annie Hall, la obra maestra de Woody Allen. Era habitual del Saturday Night Live y no paraba quieto, probando con músicos de espirituales, jazzeros latinos, sintetizadores, hasta batirse con su Late in the Evening contra la llegada brutal de la música disco. El irremediable fracaso lo condujo a probar con ritmos africanos y dar con uno de los discos de la década, Graceland, en 1986. Era la hora de irse a la universidad y sus canciones narrativas, compuestas siempre a modo de pequeñas novelas picarescas, acompañaban el largo paseo desde mi casa hasta la Complutense. En el recorrido que llevó a cabo en su concierto de dos horas y media, con quince musicazos sobre el escenario, lo mejor fue ver de nuevo cómo su capacidad armónica jamás estuvo reñida con el disfrute, con el deseo de hacer bailar a los seguidores, poco del cantautor solemne que pudo haber seguido siendo hasta el hartazgo después de pelotazos como el Bridge Over Troubled Waters o Sounds of Silence, que cantábamos en misa con la letra cambiada. Su mejor lección: no acomodarse, perseguir siempre una rítmica nueva, carecer del pánico a decepcionar y fajarse contra el instinto de quedarte haciendo lo que te ha dado éxito. Siempre tuve una canción predilecta en René & Georgia Magritte with their dog after the war. Durante el concierto explicó que fue el pie de foto que leyó en un catálogo del pintor en casa de Joan Baez. Sus composiciones no han perdido la potencia melódica. Con 77 años lo que nos vino a anunciar es que deja de dar conciertos. También Roth un día dijo que ya no escribiría más. Lo cumplió. Todo llega en esta vida, hasta lo malo.