Toca despertar

Artículos de ocasión

Gobernar no es soñar, es despertar. Pongamos un ejemplo. Las autoridades italianas, cuando se encontraron con los trescientos cadáveres de emigrantes muertos en las costas de Lampedusa, corrieron a otorgarles a todos los papeles y darles cristiana sepultura. Meses después, ganaban votos quienes prometieran mano dura con los extranjeros. En las últimas elecciones, el gran vencedor fue Mateo Salvini, que accedió al cargo de ministro del Interior y, desde allí, aplicó las duras medidas contra la llegada de inmigrantes. El dato más reciente habla de que, al impedir las recogidas de náufragos, hemos pasado de tres muertes diarias en altamar a ocho fallecidos por día en esas rutas migratorias arriesgadas en el Mediterráneo. Las muertes no parecen pasar factura electoral; en cambio, las llegadas y los rescates sí. Esto complica mucho el futuro. Más cerca de nosotros, Pedro Sánchez, nada más hacerse con el cargo de presidente en España, corrió a auxiliar al buque solidario al que los italianos negaban puerto, pese a transportar más de seiscientos náufragos. Ante los barcos futuros en similar situación, el Gobierno español ha preferido buscar soluciones menos aparentes, para sacudirse la presión de llegadas y la crítica feroz de sus rivales políticos, siempre atentos a ganar votos por ese flanco débil. Y, así, en esa contradicción nos movemos desde décadas atrás.

Sería estúpido no darse cuenta de que el fenómeno migratorio oferta un recurso muy nutritivo a los partidos reaccionarios. Pese a que las llegadas de inmigrantes han disminuido en los últimos años, la presión mediática ha convertido el asunto en capital electoral. Uno ya no sabe cuántas veces tendrá que darse de bruces contra esa realidad cualquier líder que carezca de un plan fiable para encarar el problema. En las últimas semanas, las elecciones en Quebec o Suecia demuestran que los partidos reaccionarios avanzan a lomos del discurso antiinmigración. Así que la receta para ganar elecciones está clara. Lo tomas o lo dejas. Mentirse a sí mismos no conduce a nada y la socialdemocracia es derrotada por sus rivales de manera contundente. Cuando te arrebatan electores con la seducción de la mano dura contra la inmigración, no queda más remedio que trabajar en serio sobre el asunto, dejarse de posturitas y atender al miedo generalizado con recetas eficaces. El resto es un suicidio electoral tras otro.

En los altos niveles de decisión europea, las máximas apuestas tienen que ver con dinero. Dotar de fondos a los países de acogida y, sobre todo, primar a los lugares fronterizos, Turquía y Marruecos, para que utilicen los millones de euros en disuadir, bloquear y retener los mayores grupos de emigración que se arraciman en sus costas. Salvo contadas excepciones, apenas hay planes que propongan medidas en los países de origen. No parece haber nada que frene el flujo de escape en países pobres, gobernados por corruptos. Los jóvenes, que deberían contribuir a levantar su patria, son reconvertidos en exiliados seducidos por un paraíso de confort irreal al que todos aspiran. Quizá valores vitales algo distintos ayudarían a comprender que el dinero no lo es todo. Pero no hay atisbo de que un cambio psicológico de tanta hondura vaya a suceder. La posibilidad de mejora en la condición económica sigue siendo el ideal perseguido en cada rincón del mundo. Ha sido así durante siglos y no va a cambiar por mucha discusión bienintencionada.

Quizá los países europeos tendrían que tomarse en serio fundar escuelas, centros de formación y áreas de negocios en las regiones con más movimiento migratorio. Afrontar una concesión de papeles legal con cuotas anuales a partir del estudio de cada caso, promover microcréditos personales y dictaminar un procedimiento general de obligado cumplimiento en las fronteras y accesos. No se trata tanto de vender dureza ni barreras, sino organización y orden. Recuperar el terreno perdido frente a China en obras de infraestructura en las regiones más pobres del mundo y optar por dotar de fondos a la gente más que a los gobiernos, verdadero bolsillo sin fondo del problema. Las mafias de traslado de emigrantes se están forrando a costa del dolor y el trauma, mientras Europa alimenta el gusano de la xenofobia en su interior. Todo está podrido, así que es necesario un tratamiento en origen serio, costoso y de futuro. Toca despertar.