Los drones simpáticos

Palabrería

Equidad. El Buen Presidente del Buen Gobierno pidió a la industria armamentística que fabricara bombas justas. Convocó en el Palacio del Buen Gobierno al lobby del cañón para exigir proyectiles inteligentes que solo abatieran a los malvados. Uno de los directores generales le explicó que sus productos no atendían a los asuntos morales y que, en ese sentido, se comportaban con pulcritud democrática, un proceder que el presidente comprendería y aplaudiría: mataban a todos por igual, sin discriminar, fueran buenos, malvados o regulares, niños o adultos, perros o ratas. ¿Acaso la equidad no era el principio básico? El Buen Presidente se escandalizó con la pregunta retórica, pues era compasivo y piadoso, el ejemplo de alguien al que, en su bondadosa y siempre modesta opinión, nunca debería alcanzar una bomba justa.

Espoleta. Contrariado, se dirigió a aquellos hombres –y una mujer: los riñó porque no había paridad en el sector y eso sí que era un crimen– a los que consideraba íntegros, puesto que quienes se dedicaban al armamento eran los garantes de la paz. Los países compraban armas –según el argumento con espoleta del Buen Presidente–, con la intención de no utilizarlas, solo para amedrentar, de la misma manera que el dragón barbudo mostraba las espinas faciales cuando se sentía amenazado. Si una nación invertía en renovar los arsenales, obligaba a su entorno a imitarla, puesto que ningún estratega, ministro, general o consejero podía permitir una amenaza de ese… calibre (chiste de vendedor de armas, se carcajeó el político). Así se conseguía el equilibrio: a igual número de tanques y aviones, igual espíritu de libertad. Solo con el crecimiento continuo se evitaban las guerras y se garantizaban los ingresos del Estado. Dicho esto, continuó el Buen Presidente, hemos llegado al momento del ‘por si acaso’. ¿Y qué significa el ‘por si acaso’?, cantó el coro de pistoleros.

Tolerancia. El ‘por si acaso’, aclaró, era por si alguien quebraba la armonía y comenzaba una pelea. «Nosotros somos una potencia armamentística a la antigua y tenemos que mejorar, que cambiar, que evolucionar. ¿Hacia dónde? Hacia la bondad. Tenéis que sacar al mercado armas inteligentes que solo destruyan a quien lo merezca. Por si acaso alguien entra en guerra tenemos que ayudar a la población civil, ¡a la Humanidad!». Desveló que habían firmado un contrato con una monarquía petrolera a cambio de una cifra kilométrica y que sería a ellos a los que vendería los primeros misiles de la risa y los drones simpáticos. Les dio algunas instrucciones, consejos, achuchones y pescozones llenos de sensibilidad y tolerancia.

Misericordia. Los armeros confiaban en el Buen Presidente porque durante su mandato habían ganado millones, así que le hicieron caso en la política de la misericordia. Tuvieron listo el pedido en unos meses. Durante las pruebas, el mandatario lloró de emoción y se vio a sí mismo recibiendo el Nobel de la Paz.

Mostacho. El día acordado, el Jeque y su numerosísimo séquito, un pequeño ejército de hombres con chilaba y bigote o barba, se presentaron en la explanada donde jugarían a las matanzas junto con otros hombres con uniforme, sin bigote ni barba. El Buen Presidente dirigió las maniobras. Se alzaron los drones y bombardearon los objetivos con polvos picapica. Una ligera brisa arrastró la sustancia hasta el mostacho del Jeque, que estornudó. Al Buen Presidente le hizo mucha gracia: el primer efecto de la revolución sensible. Los tanques dispararon confeti y de los fusiles salieron cartelitos de payaso: «Bang!». Se alzaron los misiles y tras estallar en el aire liberaron un castillo de fuegos artificiales, deslucidos a la luz del día. El Jeque, recuperado del ‘¡achú!’, habló a uno de sus generales sin dejar de sonreír. El Buen Presidente entendió que estaba satisfecho con lo que veía y que la compra se haría efectiva. El Jeque le comunicó al militar que comenzara a planificar la invasión de aquel país de broma.