Bebe fresquita tu orina

PALABRERÍA

Magullamiento. Se ahogó al escuchar el diagnóstico: como si alguien le tapara la boca y la nariz y le retorciera las orejas. Asfixia y dolor durante un espejismo sensorial que sintió con vivacidad. Lo acompañaba su mujer, que no dejó de cogerle la mano en ningún momento y que la apretó con fuerza –como si lo retara a un pulso– cuando el médico pronunció las palabras que no deseaba escuchar. Él no se dio cuenta del magullamiento, asfixiado por las ilusiones de su mente. El especialista le explicó la estrategia para derrotar el mal: qué tenía que tomar, a qué tenía que someterse, durante cuánto tiempo.

Fármaco. Él se levantó, le dio las gracias y le dijo que no creía en la medicina convencional ni en los médicos ni en las farmacéuticas, aliados del maligno para explotar a los pobres con medicamentos innecesarios, veneno para controlar a la población y vaciar los menguados bolsillos. Y que solo se había sometido a las pruebas exploratorias en un momento de debilidad por complacer a la esposa. Dudaba –continuó– de la existencia de la enfermedad tal como la entendía la ciencia corrupta y vendida, pero estaba seguro de la codicia de las empresas que fabricaban los fármacos, distribuidos de forma masiva gracias a la complicidad de los buenos doctores. Salió de la consulta dando un portazo, se precipitó a la calle, abrió las aletas de la nariz y, cuando el aire frío quemó los pulmones, volvió a sentir que controlaba el cuerpo y, con él, su ser.

Curandero. Azorada por la violencia  del hombre, la mujer intentó convencerlo de que recapacitara y de que se sometiera a la cura que le proponían. Lo llevó hasta un bar y endulzó el café con leche con sus palabras. Él no cedió ante el sentido común («hablas como ellos») y la desautorizó reafirmándose en su fe: si él se ganaba la vida con las terapias alternativas, ¿cómo iba a ser partícipe de la dictadura farmacológica? Le explicó con acritud que su dolencia era imaginaria y que la había fabricado la mente y que había que controlar la razón para que el trastorno desapareciera. Acudió a un curandero de confianza para que le aplicara la técnica en la que él mismo era maestro, pero que no podía administrarse: la vela en la oreja. Consistía en clavar un cirio en el oído y prenderle fuego. Si no se hacía bien, el paciente corría el riesgo de achicharrarse y de la melena en llamas. El calor de la candela liberaba el cerumen y derretía los pensamientos negativos y, con ellos, el mal. Después de algunas sesiones, consiguió una otitis y algunas quemaduras en el pabellón auditivo.

Sanguijuela. Lo siguiente fue más radical: la orinoterapia, que consistía en beber la propia orina o en aplicarla sobre la piel. El terapeuta le aconsejó que meara en botes y que los fuera almacenando en la nevera como los vinos blancos porque el pipí fresco era más apetecible. Por vía oral le daba arcadas y por vía cutánea, sarpullidos. Lo dejó enseguida. Le engancharon sanguijuelas al cuerpo en un intento de liberar las toxinas: las chupasangres tampoco fueron eficaces y provocaron escenas de horror en su mujer, a la que la visión le recordaba una escena medieval con matasanos sin esperanza. De ninguna manera los imanes del biomagnetismo disolvieron la enfermedad y la cirugía psíquica –las manos penetran en el cuerpo sin dejar herida, según los hechiceros– le produjo cosquillas.

Gratuito. Desahuciado y cadavérico, con la peste colonizando los órganos vitales, escuchó el consejo de otro amigo sanador. «Te recomiendo el más antiguo de los tratamientos. Lleva más de mil años entre nosotros. Es gratuito y no necesitas a ningún intermediario para usarlo». ¿Cuál es?, preguntó el moribundo. «Rezar. Reza mucho. Porque ya no hay nada más que podamos hacer por ti»