‘Natsukashii’

Artículos de ocasión

A cada rato descubrimos algo que echamos de menos de estas dos últimas décadas. Sucede por azar, como un mensaje que nos llega de modo sutil por los sentidos. De pronto, caemos en la cuenta de cosas que han desaparecido de nuestra vida en los últimos veinte años. Supongo que por este mismo algoritmo mental una mañana me invadió la sensación de pérdida de una escena antes habitual. Ya no veo a gente que se despide desde la ventanilla de los trenes. Me gustaba esa cara asomada, el cabello despeinado, los familiares y los amantes que aún caminaban cerca desde el andén, casi tendiendo la mano que no quiere separarse del ser querido que parte. Aún está en fase de pruebas el tren conocido como Hyperloop, donde viajaremos por un tubo, literalmente, pero ya hoy los trenes son tan rápidos que van herméticamente cerrados. En muchas de las estaciones modernas ya no se permite a quienes no son pasajeros con billete llegar al andén de despedida y se ha puesto tan difícil acompañar a nadie a las estaciones que uno se despide en casa, si es que se despide. A nadie se le ocurriría criticar la velocidad, la higiene y la modernidad de estos trenes modernos. Pero, ah, la gente asomada a la ventanilla, qué recuerdo más formidable. Quizá sea en esencia el problema de nuestra época: todo es más rápido, pero estamos más solos.

Nunca la esperanza de vida fue tan larga, pero nunca se oyó tantas veces pronunciar la frase: «no tengo tiempo para nada». A muchos niños se los trata ahora de un síndrome que antes padecían solo los ejecutivos sin capacidad mental para desconectar de su trabajo. Llámenlo ‘estrés’ o sencillamente la sensación de que el tiempo racional se te escapa entre los dedos sin alcanzar a hacer todo aquello que consideras que tienes que hacer. Es triste la visión de niños agobiados, colgados al buzón portátil de su móvil, donde esperan recibir a cada instante el mensaje que los saque de su vulgar existencia. Aguardan una novedad que los active. En el amor, el teléfono móvil ha significado una zancada temporal increíble. Ya no hace falta fantasear durante meses con el modo de invitar a quien te gusta al cine o a tomar algo. Basta con enchufar un mensaje de móvil y a esperar la respuesta inmediata. Pero era esa maceración la que dotaba a la relación de un sentido, porque respondía a la observación, a la madurez del sentimiento y al arrojo meditado. Hoy, sin duda, se folla más, pero se está más solo.

A la gente que decimos estas cosas en voz alta nos llaman ‘nostálgicos’. Y es una apreciación equivocada. Porque no se trata de añorar el tiempo pasado, sino de intentar mejorar el tiempo presente, que son dos empeños muy distintos. Casi diría que antagónicos. Cuando uno mira las pinturas rupestres, no compite con ellas ni afirma que hoy se dibuja mucho mejor, sino que aprecia la mágica grandeza del esfuerzo y aprende de su primaria virtud. La nostalgia es inútil. El análisis, fundamental. Puede que a lo que más miedo tiene la nueva era de resoluciones tecnológicas sea a la crítica razonada, de ahí que todos los sectores se alíen en hordas y guetos voluntarios y se activen de inmediato como linchadores que atacan a cualquiera que osa disentir de su gusto, de su pasión, de su teoría vital. Se tilda de tecnófobo a cualquiera que ponga pegas a la tecnodependencia. Pero la crítica es un fundamento esencial, imprescindible en todas las áreas. La crítica al modo de vivir contemporáneo lo único que intenta es tratar de adecuar el avance tecnológico, tan fenomenal, a nuestra felicidad. Hoy por hoy, ocurre lo contrario, nos adaptamos nosotros, contra nuestro placer, al requerimiento tecnológico. Sería conveniente engrandecer el presente con el empeño de no perder lo que no querríamos perder por nada del mundo. Los japoneses tienen una palabra, natsukashii, que designa la nostalgia feliz, aquello del pasado que siempre queremos que viaje con nosotros. Recordar desasosiega, pero no recordar es espantoso. Vivir en el pasado es idiota, pero vivir sin el pasado es grotesco.