Yo, Escritor

Palabrería

Atributo. El Escritor envejecía, aceptaba eso y los crujidos a deshora, aunque aún se sabía guapo, refinado, poderoso. Matador: eso lo resumía. La melena gris (qué trabajo le daba, entre suavizantes y champús especiales), la nariz de una atractiva contundencia, la chaqueta negra de sastre, la camisa blanca abierta a la altura del esternón (sí, a veces se sentía como un cantante melódico), los pantalones vaqueros (¡siempre joven!), la delgadez trabajada por un entrenador personal y por una dieta asquerosa (sin renunciar al champán) y los zapatos duros, que dañaban, y ese dolor era la demostración física de la elegancia. Era arrogante, de acuerdo, pero eso también lo consideraba un atributo. La soberbia facilitaba estar por encima de los demás. Y siempre era mejor estar arriba que debajo.

Vanidad. Ante lo nuevo solo había dos posibilidades: desacreditarlo como un príncipe antiguo y ofendido o encabezar la agitación. Otros de su edad –que el Escritor, lejos de ocultarla, aventaba con coquetería– despreciaban las redes sociales, a diferencia de él, que se había sumergido en las aguas turbias sin oxígeno y con arpón. Lo seguían miles, y eso le ponía más que un bote industrial de Viagra. Debatía, discutía y no pocas veces atravesaba corazones con el arpón y se los comía crudos. La narrativa del yo era un hallazgo literario y no porque estuviera falto de vanidad, sino porque la había considerado tardíamente. Él era el centro de todo.

Bracero. En paralelo a la exposición en Twitter, que era como estar haciéndose radiografías de forma permanente y recibiendo las malignas radiaciones, comenzó una serie de libros autobiográficos en los que explicaba intimidades de manera brutal. El primero fue sobre su infancia en la colonia, los privilegios de un niño blanco en la plantación que poseía la familia: los campos inabarcables, la riqueza sin límite, el calor, tan corpóreo, que era un personaje más; la violencia del padre, la sumisión de la madre, la explotación de los criados y los braceros; la huida a la metrópolis tras la declaración de la independencia de aquel país.

Gimnasta. La estrategia comercial tenía que ver con la brevedad que exigían los nuevos tiempos, y los viejos, porque se trataba de textos breves publicados sin pausa, recordando la rutina de los folletines. Escribió sobre el primer sexo con una de aquellas criadas, el disimulo de la ruina familiar tras abandonar el paraíso y la ficción de seguir viviendo como ricos, la muerte alcoholizada del padre y la liberación de la madre, el encamamiento con una editora célebre y mayor para conseguir madrinazgo y publicación. Vendía miles de ejemplares y recibía millones de críticas, pero él tenía la piel del rinoceronte –y la falta de empatía de los psicópatas–. Contó los problemas para dar con ciertos cuadros del siglo XVIII con los que decorar el nuevo tríplex en el centro de la capital, sus hazañas como gimnasta sexual septuagenario con groupies veinteañeras, la influencia que ejercía sobre presidentes democráticos, la simpatía por los dictadores megalómanos, la presencia en guerras para narrarlas en artículos y libros ondeando la melena, la camisa blanca y la chaqueta a medida.

Carruaje. Arrebatado de altivez, decidió que debía escribir su muerte, que imaginó como héroe de la República, con un carruaje tirado por doce caballos negros y avenidas de personas destrozadas dándole el último adiós. Con la ayuda de algunos delincuentes bien pagados, fingió su desaparición en altamar tras caer por la borda de su yate. Cuál fue el chasco a leer las necrológicas vengativas en los periódicos, enterarse de la escasísima afluencia al sepelio, de la falta de condolencias oficiales, del despecho de las examantes en la noria de las televisiones (y las burlas sobre su mediocridad sexual), del desinterés de un público que había comprado mucho y leído poco y construido un retrato a base de información manoseada. Clasista, malcriado, inmaduro, amoral, egocéntrico, dijeron de él.

Yate. Con el yo descalabrado, subió al yate para dirigirse a altamar: al menos, esta vez, que encontraran el cuerpo.