Ventajas de ser el Papa

Artículos de ocasión

El momento histórico en el que se elevó a santo de la Iglesia católica a alguien a quien veíamos a menudo en la tele fue toda una decepción. Para los niños de mi generación, criados bajo la hegemonía del santoral católico, ser santo era la más secreta ambición que llevábamos en nuestro interior. Bien es cierto que nos venció la afición por lo descabellado y, cuando inventamos el ‘botellón’ en la calle, ya estábamos muy lejos de la doctrina aprendida del ejemplo de Santo Domingo Savio, pero adentro, muy adentro, seguíamos convencidos de que, cuando se nos pasara ese sarampión llamado ‘juventud’, lograríamos alcanzar el comportamiento idealizado y en consecuencia, muchos años después, la santidad. Pero al hacer santo a un señor cuyas debilidades conocíamos a la perfección, así como muchas de sus ridiculeces grotescas, se nos arruinó la ilusión. Y en eso nos hemos convertido finalmente, en la generación más desilusionada de la historia. Es más, ahora ya solo aspiramos a dejar este mundo cuando toque con una ley de regulación de la eutanasia, con eso está todo dicho del proceso mental que hemos atravesado en cincuenta años.

En consecuencia, tampoco hemos terminado de estar convencidos del todo de la infalibilidad del Papa. A partir de Juan Pablo I y la rara sucesión en cuestión de días, toda la intriga vaticana nos conmovió. Nos daba para novelas malas y teorías conspiranoicas, pero ya nunca para ejemplo de conducta. Lo que vino después corroboró esas sensaciones. Por eso, cuando el Papa Benedicto inauguró su cuenta en las redes sociales, pese a su carga teórica reaccionaria, tuvimos una sensación rara, de convencionalidad, de crisis. Y, al ver al papa Francisco conceder a Jordi Évole una entrevista, sentimos la culminación de esa extraña sospecha de que en el mundo actual ya no queda nada libre de su pequeña dosis de egotrip y vulgaridad. Los críticos televisivos corrieron, quizá demasiado, a decir que la entrevista había sido aburrida y sosa. Pero se equivocaron de lado a lado porque, en los días posteriores, el enfado de mucha gente cercana a la Iglesia demostró que la entrevista había sido de todo menos inane. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque el Papa desmontó de una manotada toda la estrategia electoral de lo que venimos llamando, sin mucho tino, ‘los partidos demócratas cristianos’ de las últimas décadas. Al desautorizar toda la faramalla antiinmigración y proclamar su espanto ante las vallas, los muros y la persecución de los inmigrantes, el Papa vino a decirles, con honestidad, a todos los partidos que apelan al voto de los cristianos que estaban traicionando de manera ilegítima los principios del Evangelio. ¿Y saben qué? Que ya era hora de que alguien lo dijera tan clarito y en voz tan alta dentro de la Iglesia.

Porque se puede ser conservador y católico, pero no se puede ser inhumano; eso contradice los principios básicos de esa moral. Muchos se enfadaron porque el Papa fuera incapaz de transformar la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad y el aborto, pero me temo que para ello aún falta una reflexión profunda. Como es normal, la Iglesia va despacio. Lo sorprendente sería que un Papa se atreviera a dinamitar esencias profundas de su mentalidad. Pero en el trato a las personas, poco a poco, tendrán que adaptarse a esa cosa tan simple llamada ‘la tolerancia’. El enfado de los líderes políticos con el Papa fue notable y hasta un amigo mío ultraconservador me vino a decir que él respetaba al Santo Padre, pero que no le hacía caso en lo político. Esa declaración lleva semanas rebotando en mi cerebro como una bolita del Flipper. La clave del asunto en lo que se refiere a la inmigración es que el Papa criticó todos los métodos salvajes de humillación al refugiado, tanto de indiferencia como de ataque. No intentar salvarlo de ahogarse, perseguir lesionarlo, levantar barreras grotescas le parece que contradice el Evangelio. Lo que no dijo es qué solución dar a esos dramas migratorios cuya dificultad para trasladar a soluciones políticas ha logrado el ascenso de populismos conservadores que siendo profundamente anticristianos se venden desde posiciones católicas. Esa es la gran ventaja del Papa, que no da soluciones, solo doctrina. El problema no es suyo, sino de tantos políticos que se dedican a hacer lo mismo: dar dogmas, pero no soluciones. No se enteran de que ellos no ostentan ese cargo.