Queso de sobaco de Bill Gates

Palabrería

Navajazo. Cuando la facilitadora de caprichos para ricos visitó la exposición Food: bigger than the plate, en el Victoria & Albert londinense, un navajazo le partió el cerebro en dos. En tres neveritas se exponían quesos fabricados con material humano. Pensó primero que se trataba de una parodia en busca de alguna reflexión, esa clase de desafío conceptual que debería estimular el pensamiento, pero que demasiadas veces avivaba el bostezo.

Fraternal. Sin embargo, decidió creer que aquellos derivados de la leche procedían de intimidades del cocinero Heston Blumenthal; de Suggs, el cantante de Madness; o de Alex James, bajista de Blur y célebre quesero. Sobre la instalación, las fotografías en blanco y negro de esas vacas sagradas. ¿Por qué no podía ser verdad? Investigó un poco y supo sin demasiado esfuerzo que detrás del trabajo acechaba una empresa de biotecnología. El objeto de la muestra era, ciertamente, reflexionar sobre la relación de hombres y mujeres con la comida, y no se podía negar que la de aquellos tres era fraternal.

Boñiga. No se permitía tocar, y mucho menos probar, las piezas, y ella se moría de gusto por chupar a Suggs, de Madness, ídolo de juventud, cuando su reino era el ska y la diversión y que cambió, con los años, por un bolso de Vuitton y un bulldog francés. En su catálogo, al que solo se accedía por recomendación, vendían experiencias tan singulares que muchos podían pagar, pero a las que solo unos pocos podían acceder. No se trataba de cuán millonario eras, sino de cuánto lo deseabas. Por eso se le ocurrió elaborar quesos personalizados, algo que ya existía en el mercado de una forma aburrida para burgueses pretenciosos: los llevaban a muñir cabras, les enseñaban a hacer el cuajo y el prensado y, después, etiquetaban la cuña con su nombre. ¿Y se radicalizaba esa vulgaridad con olor a boñiga?

Nauseabundo. Tras encontrar un laboratorio capaz de extraer bacterias de la piel para añadirlas a la leche y a maestros queseros dispuestos a alquilar el conocimiento y las cavas para la maduración, se ofreció a un número muy reducido de asiduos. A unos se les extrajeron microbios de las axilas, depiladas o boscosas; a otros, de ese espacio secreto y poco frecuentado entre los dedos de los pies; del ombligo, depósito de sedimentación de pelusillas; y de las fosas nasales taponadas por pelos. No entendían los compradores por qué les metían bastoncillos en aquellos lugares innobles, aunque sospechaban coincidencia entre los olores de axilas y pies y algunos nauseabundos y deliciosos munsters.

Pezuña. Se corrió la voz de que se celebraban fiestas en las que los anfitriones ofrecían un canibalismo simpático basado en porciones cremosas de sí mismos. Sobre bandejas de plata, cheshire de nariz, comté de axila, stilton de pie, mozzarella de ombligo y cheddar de oreja: los cartelitos señalaban el nombre y la procedencia. Lo más importante era el prestigio del donante, como antaño habían sido los pastos, los pueblos o los afinadores. De salir a la venta, un stilton de la pezuña de Mark Zuckerberg o un comté del sobaco de Bill Gates, emprendedores, aspirantes a potentados, admiradores y acosadores podrían estar dispuestos a pagar abultadas sumas.

Comadreja. La mimadora de pudientes se asoció con algunos famosos, que cedieron bacterias
para dar identidad a parmesanos, bries y goudas. Comercializaron un camembert de pubis de procedencia secreta, de belleza famosísima de Hollywood, tal vez hombre, tal vez mujer, lo que disparó los rumores. Emmental de rabadilla de Justin Bieber. Feta de ingle de Rihanna. Gorgonzola de barbilla de Brad Pitt. El gruyère de entrecejo de Donald Trump fue un fracaso: los catadores consideraron que sabía a comadreja muerta. Tuvieron que venderlo, bajo la modalidad de dos por uno, con el roquefort de sudor de Jackie Chan.