Elogio del francés

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Una de las mejores decisiones de mi vida consistió en estudiar francés. No preveía entonces que el mundo cultural y artístico nos sometería a una presión colonial tan potente como la que finalmente ha impuesto el mercado anglosajón. Si lo hubiera sabido, habría reafirmado mi decisión con mejores argumentos de los que tuve entonces. Jugaba en esos días la cultura francesa todavía un papel importante en la España que aspiraba a formar parte de Europa. No era tan imposible como ahora encontrar en las radios algo de música francesa, ver en las televisiones películas de allí de directores de culto o cruzarte con libros y revistas que evidenciaban la capacidad de los franceses para querer comprender al mundo y hasta contener el mundo. Si algo me resulta lamentable de la España actual, es el descenso brutal de personas que se defienden en francés. Se trata de uno de los países más cercanos, cuyo idioma nos invita por el norte pirenaico, pero también por el sur marroquí, a compartir una cultura rica y sorprendente. Mis padres, que no poseían ninguna preparación académica, entendían que aprender idiomas era una ventana virtual, esta sí, y no tantas ventanas virtuales como se nombran hoy en día y que puede que sean virtuales, pero para nada son ventanas; como mucho, muros divisorios. Cuando les dije que quería matricularme en cursillos de francés, les pareció perfecto. La buena suerte es que en las clases de los martes y jueves mis compañeros tenían todos el doble de mis quince años, así que si salíamos a tomar algo siempre invitaban ellos.

Durante años, el francés ha sido una lengua de viaje y amistades. No se me ocurren dos mejores razones para intentar aprender. Hay que ser muy bestias para no darnos cuenta de cómo la industria norteamericana ha conseguido separar a dos países vecinos. De los tiempos en que Montaigne, Pascal o Diderot lideraban el pensamiento a aquellos en que los españoles leían la prensa francesa, escuchaban a Brassens o Jacques Brel y leían a Simone de Beauvoir o veían películas de Rohmer, hemos pasado a una dominación anglosajona asombrosa. Hace poco me senté a charlar con un grupo de profesores y me contaron un ejemplo lamentable de la situación por la que atraviesa la enseñanza de este idioma en España. Sucedió en un instituto de las afueras de Madrid, pero ha podido pasar en cualquier comunidad. Los alumnos de segundo de Bachillerato tenían que elegir entre Religión y Lengua Francesa. Como para todos ellos la nota de curso era fundamental para la suma con la de selectividad, cuando tomaron la decisión de qué asignatura cursar se inclinaron mayoritariamente por la Religión. No existía ninguna razón íntima, tan solo que conocían al profesor de Religión, una persona con problemas de salud que faltaba la mitad de curso sin ser sustituido y que cuando llegaba final de curso ponía diez a todos sus alumnos. Los chicos, obviamente, eligieron esa asignatura y despreciaron el francés. Durante el curso, sucedió lo que esperaban.

Supongo que los que escuchen este suceso caerán en una tristeza similar a la que me produjo a mí. El respeto que uno le tiene a las religiones no evita que consideremos agraviante su presencia curricular. Llegará el día, además, en que esa asignatura sea reclamada con todo derecho coherente para musulmanes y tendremos que contratar imanes en las escuelas. Con la excusa de imponer la religión como asignatura, en vez de incluirla en naturales repasos históricos, se lleva a los alumnos a callejones de oportunismo en el cálculo de sus notas finales. Sea como sea, el idioma francés es el gran perjudicado en esta escala de valores. Es cierto que vivimos en un país que ni siquiera cuida sus lenguas propias y trata de familiarizar a sus ciudadanos con ellas, sino todo lo contrario, usarlas como agravio. Raro será que podamos aspirar a mejorar nuestros conocimientos de lenguas de otros países con esa actitud metida en nuestra cabeza. Por eso hay algo de tesoro perdido cuando pienso en toda la gente que podría disfrutar de lo que el francés acerca a sus vidas. Es posible que en las geoestrategias mundiales el francés haya perdido pie, pero no todo es la vileza del pragmatismo. También existe la grandeza de hacer algo solo pour le plaisir.