Los reporteros

Artículos de ocasión

Los grandes sacrificados por la crisis de la prensa escrita en la última década han sido los reporteros. Pese al beneficio económico televisivo, el reporterismo en esos medios no ha sido capaz de alcanzar la profundidad y la constancia necesarias. Ahora que podría superarlo con la expansión de los teléfonos móviles, que permiten la toma de imágenes en cualquier punto de conflicto, la falta de interés de los ejecutivos que las dirigen limita mucho el acceso de los grandes periodistas. Así que, pese al infortunio de la prensa escrita, ahí siguen los reporteros puntales haciendo su trabajo, en muchos casos arriesgando sus vidas sin un adelanto económico ni la promesa de ver su trabajo publicado con relevancia. De los grandes tiempos del reporterismo salió el estadounidense Seymour Hersh, que recientemente ha publicado sus memorias. Su última gran hazaña fue desvelar las torturas y humillaciones sexuales en la cárcel de Abu Ghraib durante la invasión de Irak por parte de los Estados Unidos. Conocer detalles de cómo ese episodio llegó a sus manos resulta interesante. Porque Hersh siempre ha sido un polémico periodista que recibía filtraciones, en muchas ocasiones de altos mandos del Ejército, y las manejaba con relativo maquiavelismo. No se le puede culpar demasiado por ello.

Pero en el caso de este episodio de torturas documentadas fue fundamental apoyarse en el estado mental con el que regresaban a casa muchos veteranos de esa guerra apoyada por los intereses económicos de un grupo de familias relacionadas con el petróleo y sus secuaces políticos. Hersh tuvo conocimiento de algún soldado tratado psicológicamente y, en un giro inesperado, la madre de una veterana le llegó a confesar los trastornos brutales con que su hija había regresado de la invasión. Las condiciones bajo las que trabajaron algunos soldados, empujados a violar muchas de sus convicciones morales, los destruyeron por dentro. Aquella madre fue capaz de desentrañar el ordenador portátil de su hija y sacar las fotos que corroían su mente y terminaron por destrozar su vida. El periodista Hersh supo poner la mano, encontrar el carril, chequear todos los datos, enfrentarse con la autoridad y lograr el apoyo de un puntal periodístico como la revista The New Yorker para hacer el resto.

De alguna manera volvió a revivir su gran exclusiva de los tiempos del Vietnam. Hersh había ganado el premio Pulitzer por su empeño en desvelar una de las matanzas gratuitas que el Ejército estadounidense había causado en la aldea luego mundialmente infame de My Lai. En las memorias cuenta el enrevesado proceso para dar con el culpable de la matanza, conseguir su relato y contrastarlo con las diversas fuentes fuera y dentro del Ejército. Pero lo que más llama la atención es apreciar la complicada situación moral del periodista. Hoy en día, desde diversos estamentos de gran poder, se convoca a un rechazo global del periodismo. Se lo desacredita y se escogen algunos de los peores signos de su decadencia para ocultar aquellas labores donde sigue siendo exigente y necesario. Los magnates de la prensa no fueron durante la crisis económica los generales de oficio que hubieran sido imprescindibles. Estaban demasiado ocupados en la poza del negocio, del dinero, lejos del trabajo de verdad que nutre la empresa periodística. Pero releer el conflicto de Hersh y revisarlo a la luz de nuestros días sigue interesando.

No es fácil, cuando tu país está en guerra y mueren jóvenes soldados a diario, informar sobre las matanzas de civiles cometidas bajo tu bandera. Los patriotas falsos suelen esquivar esta cuestión, todo es cuestión de bandos. Pero la verdad es innegociable. Y a esos soldados que mueren lo único que les beneficia es la garantía de que alguien, en casa, está contando lo que pasa de cierto. Así, los que acusaron de traición en su día a Hersh por revelar esos excesos quedan hoy retratados como incapaces y aprovechados. Unos seres deleznables, como algunos jerarcas actuales, que imponen unos supuestos valores patrióticos sobre el valor supremo de la justicia y la verdad, que garantizan a la larga la supervivencia de un país. Revelar esos episodios innobles ayudó a finalizar aquella guerra injusta. Hersh salvó vidas con su reportaje. Y el periodismo escribió páginas ejemplares entre la turbiedad, el odio, la crítica oportunista y la maldad. Conviene tenerlo en cuenta.