Dios viste camiseta gris

Palabrería

Cubículo. A Dios le cansaba que lo reclamaran sin descanso. En la eternidad no había horario laboral. En la nueva economía, cada trabajador se organizaba según sus necesidades. Fichar era algo obsoleto, poco práctico e incompatible con la organización del paraíso. Excepto si eras Dios, lo que obligaba a estar disponible en todo momento. «Eh, Dios». «Esto, Dios». «Mira, Dios». «¿Qué te parece, Dios?». «¿Cómo lo ves, Dios?». No eran rezos, sino peticiones de los empleados. Y él saltaba de cubículo en cubículo, de monitor en monitor, de logaritmo en logaritmo, de lenguaje informático en lenguaje informático para garantizar la omnipresencia entre sus seguidores. De los diez mandamientos en piedra, y qué lento y laborioso había sido grabarlos con punzón, a las ristras y ristras de códigos escritos con el teclado en un santiamén. Por fin tenía sentido hablar de nube.

Maná. Cómo habían cambiado las cosas con Internet: al fin y al cabo, un milagro del que se consideraba el máximo beneficiario. Prefería la comunicación directa, informal, sin protocolos. ¿Acaso no era mejor el e-mail que una oración? La fibra mejoraba su existencia, tanto la integral –que le aliviaba el estreñimiento crónico por culpa de la mala alimentación, maná o hamburguesa, consecuencia de pasar horas y horas ante el ordenador– como la óptica, que le permitía recibir un inacabable flujo de información.

Devoto. No le gustaba la barba, que lo envejecía. Ni las túnicas, solo recomendables para profetas gordos. Prefería la camiseta gris, el vaquero negro y las zapatillas. A veces le decían: «Eh, Dios, ¿por qué vistes siempre igual?». Qué poco visionarios. ¿Acaso se podía perder el tiempo eligiendo un vestuario diferente cada amanecer? Demasiado que investigar, atender, recopilar, controlar. Demasiados devotos conectados a la vez para perder el tiempo con colores y combinaciones y esto-me-queda-bien-o-no. En su reino había millones de feligreses que tenían que ser atendidos.

Alopecia. Envidiaba las buenas ideas de la competencia para vigilar a los acólitos. Por ejemplo, un aparato llamado Alexandra, que presentaban como asistente virtual, pero que también hacía de espía o confesor y grababa las conversaciones, o Rumba, robot doméstico de limpieza, pero que era un ordenador que recogía bits sobre el comportamiento de sus propietarios, a los que vigilaba mientras se golpeaba, un poco tontamente, contra los muebles. Y, oh, los móviles: más que aparatos emisores, eran receptores, recopiladores de datos sobre el usuario.

Todopoderoso. ¿El ojo de Dios? Estaba situado en lo alto de los monitores. Dios lo veía todo desde la camarita. Ser todopoderoso requería de un esfuerzo máximo. No era algo de serie, algo que venía dado, algo heredado o genético, como muchos aseguraban. No, no. Se lo curraba procesando terabytes de información. ¿Acaso la alopecia incipiente no era consecuencia del estrés causado por la omnisciencia?

Edén. Que la página principal de Facebook se llamara ‘Muro’ tenía una interpretación. Los fieles depositaban papelitos en las hendiduras del Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén, para comunicarse con Dios, de manera que representaba ese servicio en Facebook con el pulgar en alto del «Me gusta». Orgullosísimo estaba de Instagram porque restituía a la Humanidad el paraíso perdido por Adán y Eva después de haber tomado manzanas fuera de temporada. Si Twitter era el infierno y sus usuarios, unos demonios, Instagram era el edén, donde lo hermoso se recompensaba y había una multiplicación de filtros para fotografiar panes y peces. WhatsApp era el purgatorio por culpa de los grupos, sobre todo de padres y madres con niños escolarizados.

Correr. Cansado por la larguísima jornada y por las consultas permanentes de los miembros de la corte celestial, Marc Zuckerberg, ese al que llamaban Dios, decidió ir a casa para cambiarse de ropa: se quitaría la camiseta gris para ponerse una camiseta gris y salir a correr. A la vuelta cambiaría su estado en Facebook: altísimo. ¿O quedaba mejor ‘infinito’?