Salir del pozo

Artículos de ocasión

Estamos muy acostumbrados a juzgar los excesos de la prensa. Existe una ley no científica por la cual toda persona que aparece en la prensa considera que la información es sesgada, imperfecta y confusa. Como todos los accidentes, uno prefiere que le pasen a otro. Por eso, no deberíamos dejar pasar por alto los momentos en que la prensa se comporta con mesura, respeto y la gradación exacta entre el interés público y la natural deriva morbosa. En los últimos meses, pese a la perpetua inflación de asuntos, hubo dos sucesos que se escaparon a la tónica general. Uno tuvo que ver con el fallecimiento de un hermano del entrenador del Real Madrid y otro, con una tragedia familiar que obligó a retirarse del puesto al seleccionador nacional de fútbol. Ambos, afectados por dos asuntos personales, lograron que la prensa mantuviera una posición de respeto y discreción que hay que valorar con justicia. En ambos asuntos se actuó con respeto y la moderación que es exigible. Pese a que seguramente algún arribista mediático trató de romper la dinámica, el conjunto de las empresas periodísticas respondió con altura, la altura que es precisa cuando se tratan aspectos de la vida íntima y familiar.

Seguro que muchos, al pensar en ello, tienen ganas de gritar: «Sí, se puede». Porque es evidente que estos límites son necesarios para que la prensa recupere el prestigio social que ha perdido. Resulta facilísimo para los políticos interesados en destrozar el papel de la prensa, y lograr así que no exista un control crítico sobre su labor, que la sociedad perciba la labor informativa como un capricho sin utilidad real. Por más que los intereses mediáticos sean particulares, el resultado de su actividad es saludable para las sociedades libres. En el fondo es algo así como la Agencia Tributaria, que puede no parecerte simpática, pero cuya labor es la clave para que sostengamos los sistemas públicos de servicios y el mínimo grado de protección social que hemos alcanzado. Parece ser que la palabra ‘límites’ suena a rancia defensa de valores caducos, pero sin embargo contiene en sí misma la extensión de la libertad más sagrada. Aquella que se ejercita sin perjudicar los derechos de los demás. Sin límites, seguramente no hay sentido de lo real. Es parecido a los cuadros de los grandes pintores, el primer acierto suele consistir en la limitación del espacio, la elección del tamaño y la magistral selección de un encuadre y una posición de punto de vista.

La discusión periodística ha dado para innumerables arremetidas, entre otras cosas porque el público ha premiado de manera constante la insensatez y alguien repite la mentira de que al público se le da lo que quiere. Pero el problema de los límites es quién los fija. Y en lo que se refiere a la prensa no existe nadie con dos dedos de frente que no considere que esos límites deben ser autoimpuestos. Bastó ver el tratamiento mediático de la tragedia del niño que tras caer por un pozo se necesitó una semana para recuperar el cadáver. Las cotas de indecencia mediática que se alcanzaron bajo la excusa del interés general fueron notables. Nada exigía conexiones constantes y acoso a los familiares. Nada recomendaba saturar la parrilla de enlaces en directo, de ruedas de prensa con los responsables del rescate. La mesura dejó sitio al afán de lucro, disfrazado tras las cifras de seguimiento. Y lo peor de todo fue conservar encendida la llama grotesca del milagro, impuesta por los medios a las almas cándidas para disfrazar el engaño de bondad. Cuando los afectados pertenecen a las clases desfavorecidas, a estratos que no pueden exigir el respeto, la invasión de su intimidad en el dolor es tremenda. Ni tan siquiera los cuerpos policiales logran en ocasiones la complicidad de los informadores con un caso abierto. La transgresión es premiada. Por eso conviene, con enorme naturalidad, señalar los momentos en que se actúa con rigor y respeto. Eso también es la prensa. Sobre todo, la que quiere recuperar su crédito en un tiempo en que se la ataca desde flancos demasiado interesados. Los medios realmente libres son aquellos que conocen sus límites y no entran al juego de la basura populachera, por más que venda