Casi hago radio

Artículos de ocasión

Hace muchos años que prefiero ir a una entrevista a la radio que a la televisión. En ocasiones se trata de la incomodidad de acceso a los estudios de tele. Algo así como la diferencia entre viajar en tren o en avión. Pero sin duda la gran variante consiste en el tiempo y la expectativa. Uno va a una entrevista con la promesa de conversar, de que te pregunten con interés real y de que tu respuesta sea correspondiente a esa curiosidad. En la televisión, cada vez más, la parafernalia devora el resto y la supuesta entrevista se transforma en otra cosa, más bien un trámite. Quedan excepciones, gracias al cielo, en que puedes aceptar la invitación sin sentirte una mariposa a la que clavan en la colección con un alfiler antes de pasar a otra cosa. En mis tiempos de estudiante de Periodismo trabajé en una radio de Aluche que no oía nadie. Para comprobarlo, en el tercer programa decidimos abrir los micrófonos a las llamadas y solo entró la de un compañero de la facultad haciéndose pasar por un oyente asiduo. Sin embargo, pese a que carecíamos de público, aquellas prácticas semanales nos excitaban y creo que aprendimos algo. Desde entonces, a lo máximo que he llegado es a participar en programas con gente a la que aprecias y respetas. Por desgracia, mi organización del tiempo me impide participar con regularidad en ningún espacio, así que me limito a ser un invitado agradecido cuando me llaman.

Sin embargo, este verano tuve una oferta. Me llamaron de una radio madrileña para proponerme un programa propio. Se trataba de la radio del Ayuntamiento de Madrid, llamada M21. Su parrilla se componía de programas muy particulares donde expertos hablaban de filosofía, cine, música, sociología y organizaban sus espacios con un sentido propio, sin fórmulas adquiridas. No era, obviamente, una radio demasiado escuchada, por algo me llamaban a mí, pero, al poder descargarse en la Red, los oyentes elegían la programación a la carta. Les dije que me lo pensaría. Me ofrecieron 125 euros por programa, lo que me pareció una cantidad ridícula, pero como yo me considero una persona ridícula supuse que era el precio de mi valía. Luego me aclararon que las tarifas eran las mismas para todos los colaboradores de esa emisora. Después de darle vueltas y de pensar durante unas semanas de qué podría hacer yo un programa de radio, se me ocurrieron diversas fórmulas.

Pero por fortuna para mí, cuando ya iba a aceptar y a proponer el programa que haría, me llegó la noticia de que el flamante nuevo alcalde de Madrid, Martínez Almeida, se había cargado la emisora. Como el equipo de Carmena la había dotado de más medios y más resonancia, a la asociación de partidos que gobierna Madrid aquello les resultaba algo que cargarse de manera irremediable. Un poco como lo que han hecho con Madrid Central, que no han podido tirarlo abajo como prometieron, pero lo han boicoteado lo suficiente para degradarlo y ahora vuelven a soterrar autopistas y regalar recursos al reinado del coche y la contaminación. Para cerrar la emisora contaron una mentira, que era que se trataba de un servicio de propaganda política. En realidad, los programas eran temáticos y, al contrario que las radios comerciales, no había tertulianismo político de actualidad, que es lo que más gusta al oyente y lo menos interesante de la radio en general.

He de reconocer que agradecí que clausuraran la radio antes de que yo pudiera participar en ella. Me imagino que si la hubieran cerrado tras hacer yo el primer programa mi sentimiento de culpa, arraigado desde niño en mi cerebro, me habría llevado a pensar que era yo el causante. Lo he sentido por aquellos que trabajaban de buena fe en la emisora. Pero los medios públicos funcionan así. Los políticos los usan y los tiran. En los más resistentes, los buenos profesionales logran dignificar su razón de existir y nos hacen sentir orgullosos de los medios públicos. Tienen mucho mérito. Yo, por suerte, me libré de hacer el ridículo. Como el chiste aquel en que un tipo presume de ser muy promiscuo en sus relaciones sexuales porque «casi lo hace los lunes, casi lo hace los martes y casi lo hace los miércoles», así me quedé yo con mi carrera radiofónica, en un ‘casi’ estruendoso.