Esa gente que

Palabrería

Anguila. Esa gente que, al volante, cambia de dirección y no usa el intermitente y va moviéndose por los carriles de la autopista como una anguila a la que le han dado una descarga.

Parachoques. Esa gente que aparca de oído (¿o de oídas?), al toque, golpeando el parachoques del vehículo de atrás. O peor: lleva un enganche para remolques y machaca la matrícula del pobre auto estacionado. O pilota un 4×4 y la amenaza sobre el capó del otro es la del elefante a punto de sentarse en una sillita infantil.

Suciedad. Esa gente que en el tren coloca sus zapas sobre el asiento, llevando la suciedad del suelo a lugares en los que no debería estar y que, además, marca el territorio como animales salvajes, corrompiendo el espacio público.

Bollería. Esa gente que, mientras camina, quita el envoltorio de una pieza de bollería –que Dios les mantenga intacto el corazón– y lo lanza a la calle en un ejercicio de despreocupación y egoísmo, obligando a los barrenderos al castigo de Sísifo.

Ulular. Esa gente que deja al perro en el balcón y que desaparece de casa y que somete a los vecinos al ulular del chucho, a una sirena en la noche, a la banda sonora del insomnio y a un gran estrés al animal, que jamás podrá comprender por qué es castigado una y otra vez a la soledad de la cárcel al aire.

Lapa. Esa gente que en el transporte público ocupa los lugares reservados y que se pega como una lapa a la silla o banco y mira hacia otro lado (o al móvil, que es el mayor modo de desprecio y alienación) mientras aparece la persona que debería sentarse allí y a quien se le escamotea la atención debida.

Culo. Esa gente que, en un bus abarrotado, jamás levanta su culo en reposo de las plazas generales, ignorando el insufrible vaivén de la gente mayor que no encuentra dónde acomodarse.

Mochila. Esa gente que, en el trabajo, en el tren, en el autobús, deja la mochila o el bolso en medio, lo que convierte las asas o tiras en una trampa para osos.

Golf. Esa gente que mueve muebles a medianoche o de madrugada y que causa ruidos altamente molestos y de difícil identificación. ¿Bolas de golf que golpean de forma repetida contra el suelo?, ¿mudanzas a las tres de la mañana?, ¿reorganización del salón?, ¿carreras y saltos de obstáculos?

Casco. Esa gente que va con bici o patinete por las aceras y que se protege con casco, sin tener en cuenta que el peatón va con la cabeza descubierta –y el resto del cuerpo– y que las bicicletas deben circular por el carril asignado.

Correa. Esa gente que lleva al perro con la correa extensible y que deja que el lamedor se acerque a los extraños, que no tienen por qué sentir simpatía por el animalillo y, aún menos, por el dueño. Y esa gente, aún peor, que los lleva desatados, como desatados están ellos mismos al ser reprendidos por su comportamiento.

Caradura. Esa gente comodona y caradura que saca los muebles viejos a la calle y los deja tirados lejos del contenedor, sin respetar la fecha de recogida y sin llamar al ayuntamiento. Colchones, cómodas, armarios, ruinas de interior que solo con el desahucio han visto la luz. Esqueletos sobre los que familias enteras sujetaron sus vidas.

Yema. Esa gente que lanza colillas encendidas desde la ventanilla del coche, desde el balcón o desde unas yemas amarillas y nicotinosas –y esa pirueta de la brasa–. Pirómanos de bolsillo que provocan catástrofes grandes.

Nosotros. Esa gente que. Esa gente. Esa gente somos nosotros más veces de las que quisiéramos. Esa gente que.