Apaga la luz / Queremos dormir

Palabrería

Incomodidad. La primera aberración fue encender las luces de Navidad cuando los ciudadanos aún se sentían con el cuerpo libre gracias a las mangas cortas. Con el otoño recién inaugurado, y diciembre en la lejanía, ver representados en el aire –cruzando las calles– a renos y papanoeles y cajas de regalos y ángeles y abetos y otras decenas de elementos asociados a esos días de paz –y puñales por la espalda– era de una gran incomodidad estacional.

Oratoria. El alcalde sostenía que los hilos lumínicos atraían a los forasteros hasta los comercios como… ¿Como qué? No se le ocurría nada. ¿Como el bolso abierto al ladrón? ¿Como la mierda reciente a las moscas? ¿Como el perro a las pulgas? ¿Como el dinero público al político corrupto? Ningún ejemplo era bueno. ¡Maldita oratoria! Lo suyo no eran las palabras, sino los hechos, la acción. Había decidido que la ciudad que gobernaba –¡su ciudad!– sería la mejor alumbrada del mundo. ¡El único punto que podría verse desde la Estación Espacial Europea! Imaginaos, se dirigía a los concejales de su partido con el énfasis de los iluminados, que los astronautas pudieran señalar nuestra casa y soltaran: «¡Yo quiero ir ahí!».

Hoguera. Año a año había aumentado la cantidad y la variedad de las luces, había construido figuras contorneadas por miles y miles de leds, había hecho del centro una hoguera permanente. Nunca las apagaban. Si hacía sol, el alcalde quería competir con el astro. Si diluviaba, el alcalde decía que servían de faro para los náufragos. Si el viento era más de puñetazo que de caricia, el alcalde decía que las figuras adquirían movimiento y vida. El alcalde se enorgullecía de su política de claridad, aunque la ciudad estaba en la tiniebla financiera por el desaforado consumo eléctrico.

Periferia. Ancianos y ancianas se acostumbraron a salir a la calle con gafas de sol y, los más sensibles, de soldador. Quien tenía uno de esos rayos navideños frente a las ventanas estaba obligado a resistir con las persianas bajadas. Los especialistas atendían un gran número de lesiones oculares de quienes habían mirado directamente al fulgor. Las aves se desorientaban y los aviones descubrían las pistas de aterrizaje de un aeropuerto. Las farmacias se hartaban de vender pastillas contra el insomnio. Las plantas se reproducían locamente bajo aquellos focos y las personas se apagaban por la exposición permanente al resplandor. La natalidad se desplomaba y el sexo solo era un recuerdo en penumbras fulminadas. Los criminales habían desplazado la actividad del centro irradiado a la periferia a oscuras. Las clases sociales se diferenciaban por la cantidad de leds que les correspondían. Las empresas con cabinas de rayos UVA quebraban porque las pieles ennegrecían por la exposición continuada. Los turistas más aprensivos se acercaban como si se tratara de Chernóbil, temerosos de la radiación. Los ecologistas habían sido desterrados y moraban en las sombras de las afueras. Congelados en una Navidad que duraba todo el año, los ciudadanos estaban obligados a vivir en la felicidad obligada, lo que desarrollaba rictus que querían aproximarse a las sonrisas.

Ocaso. Las plantas eléctricas que rodeaban la ciudad comenzaron a sufrir sabotajes y aparecieron octavillas firmadas por el grupo Apaga la Luz/Queremos Dormir, en realidad dos organizaciones reagrupadas, una resistencia de ecologistas. Los ataques fueron persistentes y, al fin, consiguieron el deseado apagón. Por primera vez en meses se hizo la oscuridad. Y el silencio. La gente fue regresando a sus casas sin prisa, gozando de la negrura, abrigados por la noche. Unos decidieron dormir después de meses sin ocaso. Otros, volver a encontrar la intimidad y el cuerpo desnudo. Se vio vagar al alcalde con una linterna en una mano y el móvil con la luz en la otra, cantando con la garganta rota canciones navideñas y dando vivas a los Reyes.