Prohibido tirar la toalla

Artículos de ocasión

La calidad de vida de los países se mide por su política penitenciaria. Parece un contrasentido, pero funciona así. La desigualdad insoportable de los Estados Unidos comienza por su justicia penal, basada en el poder adquisitivo del reo. La formidable paz social de Noruega se alza sobre sus innovaciones penitenciarias. Si no habían reparado en ello, consulten las estadísticas, que tanta importancia tienen en nuestros días para aquello que conviene. En los últimos meses, en España, hemos asistido a algunos juicios de enorme trascendencia. Los crímenes se han convertido en el primer plato de los servicios informativos, justo antes del desbordado repaso meteorológico, y tienen el efecto de psicodramatizar a una sociedad. El abuso de su presencia provoca un monstruo moral, que se vira reaccionario y vengativo sin apenas dejar espacio a la capacidad de análisis. Asistimos al enjuiciamiento de seres perversos y malvados, incapaces de la menor empatía y arrepentimiento, y comenzamos a considerar esas actitudes como cotidianas y extendidas. Nos convencemos de que la dureza máxima de las penas nos protegerá mejor en el futuro, pero la ecuación no siempre resulta tan fácil. El problema es que nadie tiene ni autoridad moral ni capacidad para enfrentarse a las víctimas y sus familiares, rotos por el dolor, y por lo tanto autorizados para cualquier proclama y demanda de amparo.

Existen, como es notorio, personajes antisociales a los que conviene apartar del paisaje. Pero la pena de cárcel no cumple su función si es solo un almacenaje inhumano. Si se dotara de más medios a la reeducación, la asistencia y la evaluación de los criminales no asistiríamos cada vez más a una verdad dolorosa. Muchos presos salen de la cárcel convertidos en criminales, más peligrosos de lo que eran al entrar y carecen de ayuda en la reinserción. Nos escandaliza que reincidan, pero jamás nos enteramos si enderezan su destino. Pero si el funcionamiento fuera el inverso, quizá nos llevaríamos una sorpresa mucho menos mediática. Hay mucha gente que pasa por la cárcel y no vuelve a reincidir. Pero no sabemos nada de nuestro sistema penitenciario, es un oscuro secreto nacional salvo para los casos vip o con apoyo político detrás, cuya experiencia carcelaria no tiene nada que ver con la común. Y persistimos cada vez con más fuerza en la vana pretensión de que la población reclusa aumente hasta convertirse, como sucede en Estados Unidos, en un país dentro del país. Un país zombi, costoso y sin la menor posibilidad de redención.

En el último atentado terrorista en el Puente de Londres tuvimos un ejemplo de la complejidad del sistema. Un exconvicto de terrorismo islámico aprovechó su permiso penitenciario para matar a dos personas armado con un cuchillo y un falso cinturón de explosivos. Entre los ciudadanos heroicos que lo redujeron y desarmaron, antes de que la Policía lo matara a tiros, dicen que había un asesino que también seguía el cursillo de reinserción social del que salían ambos minutos antes. Es imposible no sentirse afectado por los casos más viles de crímenes en España. Y la dureza de la ley no se pone en cuestión. Pero ha pasado de moda la misión periodística de estudiar los antecedentes, de presentar una radiografía necesaria del origen y la vivencia de quien termina por ser alguien abominable. Y, por supuesto, nadie quiere ni oír hablar de las juntas de evaluación y la asistencia social en presidio. De hecho, se les reduce el minutaje y los recursos para terminar de dar la razón a los más obsesivos defensores del ojo por ojo y diente por diente. Hace mucho que perdimos la ingenuidad. Ya nadie elude que el mal existe. Pero, en la organización de la sociedad, la población reclusa también cuenta. Como decíamos al comienzo, allí se comienza a levantar el país que se aspira a tener. Con los ojos cerrados nunca se dibujaron los planos de una buena arquitectura. Es doloroso, es anticlimático, contraviene las órdenes que recibimos de manera implacable por parte de unos medios de comunicación absolutamente irresponsables, pero es el trabajo que nos toca hacer. Donde más duele. Sí, donde más duele. Es en el delito y en la criminalidad donde nos está prohibido tirar la toalla. Si lo hacemos, volvemos a la selva.