Historias de colegios

Artículos de ocasión

A comienzos de año me llegó la noticia de la muerte de Dámaso, que fue el profesor de cuarto de primaria en el pequeño colegio de Las Naciones en Madrid. Muchos alumnos a lo largo de los años habían pasado por su clase siempre en ese curso definitivo en esa edad definitiva de los nueve a los diez años. Solía establecer alrededor de la mitología griega una forma de enseñanza cercana, rigurosa y enormemente enriquecedora. Daba gusto ver nacer el entusiasmo de los niños por leer, por asombrarse ante la capacidad inventiva de las mentes creativas, por resolver las pasiones humanas desde el conocimiento y la sensibilidad. Escucharlos presentar cuadros en el Museo del Prado, completar sus cuadernos o devorar las páginas de los libros que el profesor ponía en sus manos creo que resumía el sueño que todos los padres construyen para sus hijos cuando los depositan en eso que llamamos ‘escuela’. Tantas veces la escolarización se limita a la terca destrucción de la capacidad creativa de los niños para someterlos a las necesidades materiales de la sociedad, que encontrar profesores así es casi un milagro. Dámaso dejaba en sus alumnos un recuerdo imborrable, pero lograba algo aún más heroico, que consistía en devolver a la sociedad gente mejor para un mañana que todos soñábamos mejor.

Su muerte, que habría sido una más de las noticias tristes que nos deja el paso de los años, se ha venido a sumar azarosamente a la noticia del cierre del colegio. En un chalet remozado con gracia para contener un curso único por edad hasta los doce años, dos generaciones de una misma familia levantaron un centro educativo que basaba su enseñanza en los valores humanos y la cercanía. Los chicos se levantaban por la mañana con una sonrisa feliz, deseosos de entrar en clase. Por desgracia, era un colegio privado y su modelo no estaba a disposición de cualquier niño en cada barrio, sino de tan solo unos pocos privilegiados. Mientras la educación se convierta, como la sanidad y el cuidado de los ancianos, en un negocio sin escrúpulos, no habrá solución. La directora del colegio no ha podido, después de batallar, vencer la resistencia de los propietarios del chalet. Pese a las reformas que dieron aulas nuevas, un gimnasio y un patio decente, el edificio ha sido vendido a una congregación religiosa francesa, con lo que toca cerrar las puertas y que los padres trasladen a los niños que ahora cursan estudios allí hacia otros centros.

Es habitual que veamos pervertirse los mejores rincones de nuestra ciudad por la potencia del dinero y la especulación inmobiliaria. En Madrid no hay barrio que tenga personalidad y gracia que no haya sido arrasado de manera impune por la falta absoluta de talento y planificación urbana. Quizá los edificios no afecten de manera tan emocional como el cierre de un colegio, pero todas las víctimas pertenecen a una misma batalla, que vamos perdiendo por goleada. El mundo se convierte poco a poco en un lugar inhóspito, donde la gente encuentra dificultades para agarrarse a algo que le haga sentirse orgulloso de su ciudad, de su entorno, de su modo de vivir. En los últimos tiempos escucho muchos discursos atolondrados sobre el ecologismo. Pero el equilibrio ecológico de la sociedad consiste en la incómoda pregunta de qué sucede cuando una sociedad progresa económicamente. ¿Quieren saber la respuesta? Pues sencillamente que, si seguimos haciendo las cosas como las estamos haciendo, aumenta el desamparo y las personas tienden a desenamorarse del proyecto colectivo de ciudad, de sociedad, de futuro. Los colegios ejemplifican la más alta institución de un país. No encuentro otro sector con mayor relevancia sobre lo que llamamos ‘futuro’, que tenga mayor influencia en la sociedad y que la transforme y la propulse. Vamos mal si hay que lamentar estas bajas tan sensibles a costa de la absurda sumisión al dinero. La muerte de un profesor como Dámaso es algo inevitable biológicamente. Pero la muerte de un buen colegio como Las Naciones podría evitarse. Ojalá el Estado pudiera, sin zancadillas, dar mayores recursos para que la educación pública se apodere de un sector ahora especulativo y cuyas iniciativas privadas más defendibles perecen ante el instinto abrasivo de hacer dinero a costa de lo que más necesitamos.