El campo contra el mundo

Artículos de ocasión

Un amigo productor me cuenta que en su última película, por cada 150 euros ingresados en entradas, a la empresa productora le correspondieron 10 euros. Los márgenes de distribución, salas, impuestos y demás añadidos son altos en la primera franja de explotación y las ganancias llegan cuando alcanzas una cantidad notable de beneficios. Me he acordado de ese dato al ver las manifestaciones de agricultores en varios puntos de España. Los productores del campo se quejan de que los márgenes de ganancia quedan en manos de los grandes distribuidores y las superficies de venta. Por primera vez y sin que sirva de precedente, una protesta de trabajadores ha sido bien recibida por la sociedad y la prensa. Pese a algunos incidentes policiales, el debate se ha centrado sobre la realidad de un problema. No sucedía así desde tiempo atrás. Por razones un poco siniestras, cualquier reclamación laboral o sindical tendía a ser recibida con rechazo o indiferencia por parte de la ciudadanía. Este cambio es una buena noticia. Quizá estemos maduros para analizar la situación económica tras la irrupción del nuevo modelo.

Hasta ahora, la máxima evidencia del cambio tenía dos vertientes. Por un lado se hablaba con insistencia de la modernización y de un nuevo modelo de negocio al que nadie quería oponerse, entre otras cosas porque queda mal enfrentarse a lo novedoso. El progreso es necesario e inteligente. Pero ya no hay nadie que pueda encogerse de hombros ante la expansión de los repartidores a domicilio. Tanto las furgonetas como los coches privados, como las motos y las bicicletas de reparto conforman un paisaje circulatorio que delata la compra masiva a distancia por parte de los ciudadanos. En los centros urbanos comienza a verse como un paisaje natural el cierre de pequeños locales comerciales, con carteles de traspaso, fin de negocio, liquidación y muerte. Es ahí donde radica una de las tragedias del nuevo sistema. La pérdida de la cercanía convierte el comercio en territorio de intermediarios. Si fuéramos sinceros, comprenderíamos que Google, Amazon, Airbnb, Uber o Netflix son principalmente distribuidores que se han apoderado del mercado mundial y, por lo tanto, pueden incidir sobre los precios del producto, con exigencias que reproducen a los grandes supermercados de alimentación. En el origen, el productor solo puede optar entre la invisibilidad o la extorsión.

Este es sin duda el panorama que enfrenta a los agricultores con la realidad. En verdad no se manifiestan contra el Gobierno, por más que algunos han querido ver en la subida del salario mínimo una oportunidad para seguir castigando al peón. Las manifestaciones son contra el mundo. Basta con que los agricultores estudien cómo consumen sus hijos y encontrarán una respuesta a sus desvelos. La potencia que han cobrado los grandes distribuidores los hace dueños del paisaje. No hay vida fuera de ellos, salvo en pequeños arrebatos artesanales. Ahí es donde han encontrado la supervivencia los productores más pequeños, incluso negocios familiares o personales. Pero no podemos aspirar a que eso signifique el motor de un país. Es en la pequeña y media explotación agrícola donde la crisis ha llegado hace años sin que nadie encuentre una solución. Entre otras cosas porque la solución solo está en manos del regulador y del consumidor y, por el momento, ni uno ni otro quieren darse por enterados.

El regulador no quiere intervenir porque sufre una enorme presión internacional. Cada país ha desarrollado su propio liderazgo nacionalista y se empeñan en salvar lo suyo sin entender que el mundo es enorme, intrincado y entretejido. La amenaza de los Estados Unidos cada vez que un país ha querido imponer unas condiciones de liquidación de impuestos en el país donde extrae beneficios a las grandes tecnológicas y enormes distribuidoras ha sido potente. La elusión fiscal y la extracción de divisas están protegidas por la enorme musculatura política del más fuerte, que es el que gana en el duelo de proteccionismos. En la crisis, cada cual quiere ganar de manera oportunista. Y la respuesta es colectiva. Para ello, la concienciación del consumidor es básica. Se trata de que, al comprar, también se diseñe el país que te rodea. En un mismo gesto, dos soluciones. ¿Seremos capaces?